La Jornada: Mar de historias

CURSOS DE VERANO


Como siempre que llega al negocio Celia entra en la oficina donde trabaja su hijo Federico, lo besa y después, entre saludos, se dirige a su mesa. Le gusta porque durante años la compartió con su esposo José Antonio –ya fallecido– y también porque desde allí puede ver todos los movimientos en el restaurante y el desempeño de sus empleados. Los estima. La respetan. La atienden. La mantienen informada y, aunque ella no esté directamente encargada del negocio, piden su autorización para cualquier cambio.

Desde hace nueve años es Federico quien se encarga de que el establecimiento funcione. Si su madre quisiera podría tomarse un buen descanso: lo merece después de tantos años de trabajo. Siempre que él aborda el tema doña Celia le dice que, si de verdad la conoce, no vuelva a mencionar el asunto. Él mejor que nadie sabe cuánto disfruta del trajín del restaurante, la amistad con algunos de sus clientes y la compañía de sus empleados.

La mayoría son mujeres, algunas muy jóvenes. Conoce sus necesidades, sus reacciones. A veces, aunque no quiera, también sus historias porque, sin proponérselo, escucha sus conversaciones. Esta mañana oye la que sostienen Rebeca y Mónica:

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Origen: La Jornada: Mar de historias

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