“Carta a mi hija” / Por: Edgar Landa Hernández

¿Cuándo creciste que no me di cuenta?
El tiempo confabula e hilvana la historia que el destino tiene pre destinado. Vivencias que se entretejen y recobran importancia conforme transcurre el tiempo.

Tiempo, palabra corta, pero que en ocasiones se transforma en segmentos inigualables que quedan al margen de lo que no se olvida, de lo que permanece y se vuelve inseparable en un corazón que rebosa alegría.

Todo cambia y se transforma, transmuta, se reconecta con la equidad de un universo benévolo que da cuenta de tu historia, mi historia. Retroceder remembranzas, pasajes inigualables que juntos recorrimos a lo largo de tu niñez, de tu adolescencia y ahora de tu juventud.

Tomar tu pequeña manita cuando apenas si podías dar tus primeros pasos me convertía en el héroe en el cual recaía la responsabilidad de ser padre por primera vez.

Sonreías y te aferrabas a la mía con la astucia y sobre todo con la seguridad que no te dejaría caer. Ha pasado el tiempo, y sin embargo me vuelvo a cuestionar ¿Cuándo creciste que no me di cuenta? ¿Cuándo fue que aquella diminuta mano se soltó de la mía y empezó a dar los primeros pasos?

Aún en tu etapa de transición de niña a adolescente continuábamos a la espera de los cambios notorios y sobre todo atestiguamos juntos esas características propias de tu género. Facetas en las que he aprendido, he corroborado que has ido descubriendo poco a poco la más bella obra teatral que es ¡tu vida!

¿Cuándo fue que creciste y no me di cuenta?
Historias muchas, que junto con tu hermana, a la par han creado un universo excelso alrededor de la mía, fulgurantes anécdotas que avasallan el ser en una épica epopeya digna de escribirse y sobre todo de quedar en los entretelones del tiempo, nuestro tiempo.

Y sobre todo en mi corazón. Hoy es hora de soltar tu mano, y que la tome quien está hoy a tu lado, de él, quién cuando habla de ti su mirada cambia y su sonrisa fluye en la vertiente le los mares de satisfacción que brinda el amor. Amor, fuerza inequívoca de quien merece y cree más allá de los milagros.

Hoy agradezco y sobre todo me alegro de que experimentes en carne propia este bello sentimiento. Hoy toma la mano que te corresponde y sé que no te soltará.

Solo me resta decirte “Dios te bendiga siempre mi nena”…

atte.

Tu papi! que hoy se queda con su mano vacía, pero con su corazón contento…

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