LA ABUELA ANTONIA (Cuento) / Autor: Raúl Silva


Ya tenía borrada en mi memoria la imagen de mi abuela, recordaba muchas cosas de ella pero no me acordaba de su cara. El tiempo había pasado hasta hacerme adulto y no había manera de tener siquiera una fotografía en que apoyarme para recordarla físicamente, porque en su época era poco común andarse retratando y menos mi abuela Tona que era un poco renuente para esas cosas. 
Ah, pero anoche, ¡qué suerte tuve! No cabe duda que la mente es prodigiosa y conserva archivado todo. Soñé a mi abuela Tona (como solíamos decirle todo mundo), la vi tal cuál, sentada en su silla chaparra que era su “trono”, cerca del fogón de barro, desde donde dirigía, ordenaba, a todos en las tareas que habrían de ejecutar hasta los peones de mi abuelo. Vestía de negro y sus largas trenzas se aceptaban al llevarlas al frente. Era la ama, un tanto mandona, enérgica desde su trono.
Era una pequeña silla pintada con diminutas flores de mil colores y forrada de tule. Su regia figura de siempre era la de una soberana. Le estaba dando una orden a su eterna compañera Carlota alta flaca como una vara de membrillo, con un molote de cabello sobre su cabeza detenido con horquillas de acero, que la hacían ver más alta y con sus vestidos de medio luto.
—Carlota, límpiale las rodillas a éste muchacho chivato (yo) y dale un taco de nata y un chocolate en agua.
— Ejmmm (asintió Carlota, que parecía que nunca hablaba)
La flaca larguirucha me lavó las rodillas y también vi muy cerca su cara que había olvidado. 
Me dio el taco de nata y estaba enfriando con dos pocillos el chocolate haciendo un hilo con el líquido de un recipiente al otro. La abuela dio otra orden a Carlota:
—¡Atízale al fogón! 
—Ejmmm. Rumió la flaca. 
Carlota tomó unos leños verdes resinosos y los metió al fuego y el contacto de la resina con el fuego, hizo que toda la amplia cocina se llenara de un chisporroteo como fuegos artificiales a tal grado, que me pareció una deslumbrante y asombrosa cosmogonía.
Fue tal mi entusiasmo de ver la cocina como un castillo de feria pueblerina que mi emoción de desbordó al punto de perder mi sueño sin poderlo recobrar y me incorporé a la orilla de mi cama un poco desilusionado por lo corto que fue, pero con la alegría desbordardante de haber visto por fin, el rostro de la Abuela Antonia que tanto había deseado recordar.

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Publicado por

Revista Los escribas

Noticias, Cultura y Sociedad

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