ESPERANDO A LOS REYES / Por: Maricarmen Delfín Delgado

Se acerca la noche mágica, donde ronda la emoción y la incertidumbre pues no sabemos si nuestras peticiones serán cumplidas, si seremos merecedores de los regalos que aparecerán bajo la cama, al pie del árbol navideño, sobre la chimenea o simplemente junto a la puerta. Tenemos que dormir temprano para dar oportunidad a que Melchor, Gaspar y Baltasar de descargar de sus bolsas los juguetes solicitados en la misiva que días antes escribimos con la esperanza de que llegara a sus manos.

Días de ilusiones enmarcados con el clima de invierno, envueltos en neblina, chipi chipi y frío, cobijados por los abrazos de los padres y sobre todo de los abuelos que cariñosos alientan la idea de la llegada de los tres personajes que todo el año han estado pendientes de la conducta de los pequeños, para dictaminar que tan bien se portaron y de ello dependerá si premian o no a sus solicitantes. Pareciera que en algunos casos no observaron detenidamente ya que no recibimos lo esperado aunque nuestra conducta haya sido digna de una o varias estrellitas en la frente, ni modo, será para el próximo año.

Sin embargo, otros niños no viven esta gama de sensaciones, no tienen la oportunidad de pedir, de ilusionarse, de vivir la emoción de la noche del 5 de enero, pues a sus “reyes magos” no les alcanza su ingreso para cumplir con la tradición que ha impuesto la religión católica para recordar el momento en que al Niño Jesús lo visitaron los poderosos personajes portadores de valiosos regalos. Algunos infantes tal vez ignoren la historia que da sustento a la festividad del día 6, ya sea por otras creencias o por extrema pobreza.

Haciendo un viaje al pasado, recordemos los juguetes que nos llegaban en las alforjas que colgaban del lomo de un elefante, un caballo y un camello, del olor a plástico nuevo que emanaba del cabello de rubias muñecas con cuerpos voluminosos y normales, del color de las trenzas de estambre bien peinadas sobre la cabeza de las muñecas de tela, del tintinear de las cazuelitas de barro engarzadas en un cordel simulando un racimo, de la blancura de los trasteros de madera que a veces distaban de la perfección pero servían para acomodar sobre ellos nuestro juego de té, del rebotar de la enorme pelota de hule con rayas de colores intensos y del aroma de los dulces y chocolates encerrados vistosamente en la bolsa de celofán.

Los juguetes que hoy llegan a los chicos son producto de la tecnología moderna, del modelo de vida de países globalizados, con un sinfín de funciones que los hacen sofisticados impidiendo la interacción, sólo se oprime el botón del control remoto y ¡listo!, el juguete se mueve sin mayor esfuerzo y se vuelve autónomo; no es necesario que el niño se esfuerce mentalmente para hacerlo funcionar.

El patrón de la delgadez extrema acompañada del glamour y la perfección es impuesto a las pequeñas como modelo de vida a través de unas muñecas que nos

corresponden a nuestra idiosincrasia. No todos los juguetes son inapropiados, sólo debemos analizar en qué van a beneficiar o qué aportan de positivo a nuestros hijos, que las cantidades tan altas que pagamos por ellos tengan un provecho para convertirse de un gasto a una inversión.

La historia de los Reyes Magos se describe en el Evangelio de San Mateo donde menciona que al nacimiento de Jesús llegaron a buscarlo desde Oriente unos magos que siguieron una estrella como guía para encontrar su destino. No dice que sean reyes ni sus nombres, tampoco cuantos eran y si uno era negro, rubio o pelirojo; todo esto se considera producto de la interpretación en cada traducción pues fue escrita en el año 70 d. C. en arameo; o de la imaginación literaria. En la época en que nació Jesucristo los astrólogos o adivinos que practicaban algún tipo de magia eran conocidos como magusaioi, de ahí tal vez la confusión en el momento de traducción. También los sacerdotes que profesaban el mazdeismo (la religión de Zaratustra) se conocían como “magos”.

En este mismo evangelio se mencionan los tres regalos de los magos de oriente al Rey de los Judíos, relacionándose el número de éstos con el de los objetos entregados (oro, incienso y mirra), aun así, en algunos escritos del siglo V se sigue haciendo referencia a cuatro visitantes. Para arreglar una incongruencia en el tiempo de viaje, San Agustín determinó que los reyes viajaron en dromedarios que son más rápidos que los camellos, nunca se mencionaron elefantes o caballos.

El historiador italiano Franco Cardini, en su libro Los tres reyes magos, define a estos personajes como una tradición teológica e iconográfica occidental, representación de tres continentes y tres razas humanas: europeo, asiático y africano, colocado este último personaje en la historia a partir de los siglos XII y XIII. Como la representación de la Trinidad: Dios como divinidad, como alma y como cuerpo; son también símbolo del tiempo: pasado (anciano), presente (edad madura) y futuro (joven). Los tres regalos son representación el poder político (oro), la divinidad (incienso) y la resurrección (mirra).

Explica Cardini, que en 1306 el pintor florentino Giotto di Bondone incorpora la estrella fugaz que guio a los viajeros conocida como de Belén, pero en realidad, lo que dibujó en el cuadro La adoración a los Reyes Magos fue el cometa Halley que apareció en el cielo de Europa en aquel año.

Para los mexicanos la noche del 5 de enero y amanecer del día 6, es una fiesta motivada por esta antigua tradición, aderezada con la emoción por la espera y la llegada de los personajes que premiarán el esfuerzo de chicos y grandes por ser bienportados y merecedores de algún regalo. Esta espera, casi siempre, es gratamente compensada.

Imagen:
Friso en la iglesia de San Apolinar Nuovo en Rávena, Italia, data de mediados del siglo VI.

mcarmendelfin@hotmail.co

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