“El Xalapa del ayer” / Por Edgar Landa Hernández

observo demasiado, cada detalle, todo lo que pasa a mi alrededor. Me lleno de lo poco o mucho de los cambios que revisten la fisonomía no sólo de las personas u objetos sino también de mi ciudad que tanto quiero. Ha cambiado tanto, más cambios de los que yo he sufrido.

Nací en medio del chipi chipi y la neblina que envolvía en aquel entonces a la ciudad. En una época donde el frío era el pan de cada día, pero se compensaba con la calidez de su gente.

Pocas calles, la mayoría sin pavimentar, tal como la calle en la cual viví y ahí sigue, ahora la ciudad ha cambiado con la modernidad que da el paso de los años, llena de una carpeta hidráulica que en nada asemeja a las antiguas calles llenas de un lodazal cuando las aguas inundaban la tierra, una tierra ávida de recuerdos y remembranzas que se fueron y que solo han quedado en la memoria de aquellos que tuvimos la dicha de pertenecer ahí, nuestra raíz.

Ha cambiado tanto, Pasó de ser una simple provincia a toda una cosmopolita ciudad llena de ruidos y ajetreos que desquician a más de uno. Algunas de sus arquitecturas se conservan, otras más, se han visto distorsionadas por gente que desconoce la historia.

Mientras esto observo un ser diminuto se arrastra por la calle de lucio pidiendo una moneda para subsistir, sus rodillas callosas le sirven para deslizarse sobre las frías banquetas a un costado del mercado Jáuregui. Y me cuestiono, ¿Cuál sería su pecado para nacer así?, sin poder permanecer erguido, ¿Qué hizo mal para que la vida lo castigara así de esta manera?
Doy una vuelta por la calle Enríquez, Lucio ahora está siendo remodelada, su antiguo concreto feneció, ya no existe. Un breve suspiro ahoga mis recuerdos, tal pareciera que aun veo en la esquina de Leandro valle y Enríquez una casa comercial llamada casa Ollivier, la cual se distinguió por tener lo último de la moda, pero a grandes precios, no cualquiera compraba ahí.

Ahora se encuentra un negocio de comida rápida. Enfrente se ubicaba una relojería que se nombraba casa Cantú, como recuerdo su publicidad, en donde de una camioneta combi se bajaba un tipo vestido de diablo, era la insignia de la relojería, era el diablo cantú.
Tantas remembranzas, y vuelve la sonrisa a mi rostro, sobre la calle de lucio estaba la llamada “casa de los leones” y junto a ella una mercería llamada el nuevo Japón, deportes güicho.

Tantos negocios que hicieron historia y que ahora solo son un recuerdo. Y Continúo mi recorrido mientras el viento helado hace acto de presencia, el tiempo se ha ido más no mis ganas de seguirme llenando del paisaje que dicta mi ruta…
Edgar Landa Hernández…

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