Reflexión sobre “La llama doble” de Octavio PAZ / Por Alberto Calderón P.

Cuando hablamos de cualquier color nos remontamos a las imágenes y recuerdos, en este caso mencionare el rojo que de inmediato me traslada a un efecto particular, al reflejo de un instante, lo relaciono con el calor, la luz, el fuego, el amor, un lugar, una insinuación psíquica como el erotismo y porque no también a una sensación física ligada el sexo.

 Los sentidos nos comunican con el mundo y, simultáneamente nos encierran en nosotros mismos: las emociones son subjetivas e indecibles. El pensamiento y el lenguaje son puentes pero, precisamente por serlo, no suprimen la distancia entre nosotros y la realidad exterior.

Octavio Paz fue recogiendo las notas sobre este tema a lo largo de los años, concretamente desde 1965 y las cristalizó a la edad de ochenta años, corría el año de 1993, cuando quedó encendida La llama doble.

Reflexiona de modo lúcido sobre la evolución de dichos conceptos a lo largo de la historia de la humanidad y de las letras, desde los orígenes del pensamiento sobre el amor, cómo ha sido vivido y pensado en distintas culturas, la íntima conexión entre sexo, erotismo y amor, la relación entre el amor y las distintas religiones, o entre amor y amistad, las obras literarias y filosóficas que analizan la pasión amorosa, la naturaleza paradójica y misteriosa del sentimiento.  Porque sin lugar a dudas la historia del amor es también la historia de la literatura.

El amor es un compuesto indefinible de alma y cuerpo; entre ellos, a la manera de un abanico, se despliegan una serie de sentimientos y emociones que van de la sexualidad más directa a la veneración, de la ternura al erotismo. Muchos de esos sentimientos se presentan de forma negativa y como ejemplo se puede mencionar que en el amor hay rivalidad, despecho, miedo, celos y finalmente odio. Ya lo mencionaba Catulo: el odio es indistinguible del amor. Esos afectos y esos resentimientos, simpatías y antipatías, se mezclan en todas las relaciones amorosas y combinan un elixir especial, distinto en cada caso, cambia de intensidad, aroma y sabor según cambia el tiempo, las circunstancias y los humores. Da vida y muerte: Puede transformarse en pasión, aborrecimiento, ternura y obsesión.

El autor hace un compendio de mitos, historia, ficción y cotidianidad para explicar la fabulosa llama que a todos nos toca alguna que otra vez con cualquiera de sus múltiples brillos.

Eros y Psique, Venus, Tristán e Isolda, Romeo y Julieta, Dafnis y Cloe, Krisna y Radha, don Juan, los místicos… se pasean por las páginas de La llama doble desvelando todos sus secretos y los más variados matices en un recorrido de la mano de Octavio Paz como seguro guía, dándonos luz con esa llama doble.

Platón concebía las ideas como esencia del amor y el cuerpo como reflejo de lo real, él condenaba el amor físico porque consideraba que la contemplación era el más alto nivel de amor y que el “amor carnal era un pecado contra el espíritu”. De otro lado las creencias cristianas sugieren que el amor es sacrificio y por ese mismo amor Jesús se encarna y muere en la cruz para demostrarnos que nos ama. No obstante otras culturas como la hindú y la budista miran el amor reflejado en el cuerpo que es un camino de iniciación. Al final de la “experiencia erótica los budistas consideran que el ser y la nada son idénticos; y para los hinduistas, el tantrismo, la copulación es un proceso en el que se pasa por varias etapas para llegar a lo erótico y consumar una y otra vez “la creación y destrucción de los mundos”.

En su quehacer poético Paz aborda de forma recurrente el canto al amor y a la mujer, no solo como elementos inspiradores de la escritura sino que va más lejos al abordarlo como un medio para terminar con la soledad y encontrar la verdadera comunicación, al hallar el reconocimiento propio en el otro.

Para el novel mexicano el amor acaricia la eternidad, esa dicha perdurable que finamente resulta ser efímera, ya que el amor es tiempo y “está condenado a extinguirse o a transformarse en otro sentimiento”.

 Todas las formas del amor, el erotismo y el sexo a cierta edad, pueden convertirse en comphatía. ¿Cómo definir a este sentimiento? No es un afecto de la cabeza ni del sexo sino del corazón. Una palabra hoy en desuso pero empleada por Petrarca: la comphatía. Expresa con fuerza este sentimiento de amor transfigurado por la vejez o la enfermedad del ser amado.

La juventud es el tiempo del amor. Sin embargo, hay jóvenes viejos incapaces de amor, por aridez del alma; también hay viejos jóvialmente enamorados: unos son ridículos, otros patéticos y otros más sublimes. Pero ¿podemos amar a un cuerpo envejecido o desfigurado por la enfermedad? Es muy difícil, aunque no enteramente imposible. Recuérdese que el erotismo es singular y no desdeña ninguna anomalía. Además, es claro que podemos seguir amando a una persona, a pesar de la erosión de la costumbre y la vida cotidiana o de los estragos de la vejez y la enfermedad. En esos casos, la atracción física cesa y el amor se transforma. En general se convierte no en piedad sino en comprensión, en el sentido de compartir y participar en el sufrimiento de otro.

Ya viejo, el filósofo y escritor español Miguel de Unamuno decía: no siento nada cuando rozo las piernas de mi mujer pero me duelen las mías si a ella le duelen las suyas.

La palabra pasión significa sufrimiento y, por extensión, designa también al sentimiento amoroso. El amor es sufrimiento, padecimiento, porque es carencia y deseo de posesión de aquello que deseamos y no tenemos; a su vez, es dicha porque es posesión, aunque instantánea y siempre precaria.

Como anteriormente mencione el amor, el erotismo y el sexo están presentes en la obra de Octavio Paz, recordemos los libros Bajo tu clara sombra y Raíz de hombre, cuando Paz era un joven con un poco más de veinte años con sus loas a la belleza de la mujer, en donde la contemplación es sobresaliente y otros poemas en los cuales se manifiesta acciones llenas de pasión.

O como en Piedra de sol que constituye uno de los vértices más relevantes de la obra de Octavio Paz, quien a través de sus 584 decasílabos que es en cierta medida la guía de la cosmogonía azteca y cuya reminiscencia es el tiempo mítico y el eterno retorno, donde también existe una transposición del tiempo histórico, el poeta trata algunos de los grandes temas que mueven su espíritu, entre ellos el amor y el erotismo.

Como vemos aparece la figura femenina representada en el texto poético con multiplicidad de formas y nombres: Melusina, el ser del enigma doloroso; Laura, la belleza extraordinaria, pero inaccesible; Isabel, la musa inspiradora; Persefone, la deidad de la noche y María, la progenitora, aquella a quien se le relaciona como advocación de la Tonantzin azteca.

Su obra La llama doble navega por mares calmos y tormentosos en la capitulación del amor individual, la infidelidad, el obstáculo y la transgresión, el dominio y la sumisión y la indisoluble unión de los contrarios. Aborda el acto poético como una parte sagrada al recrear la unión de dos mitades que se complementan y rencuentran en esa fusión carnal y de espíritu.

 El amor es lo más cercano, en esta tierra, a la felicidad en la aventura de la vida.

 A través de más de dos milenios, lo mismo en Occidente que en Oriente, la imaginación ha creado parejas ideales de amantes que son la cristalización de nuestros deseos, sueños, temores y obsesiones.

El amor no vence a la muerte: es una apuesta contra el espacio y sus accidentes, no es la eternidad; poco importa el tiempo de los calendarios y los relojes: es la percepción instantánea de todos los tiempos en uno solo, de todas las vidas en un instante.

Somos el abrazo en el mundo de los opuestos y de su disolución, nuestros días están contados. No obstante, amamos con el cuerpo y con el alma, viendo que la presencia del amor se disuelve a medida que avanzan los latidos del corazón.

Alberto Calderón P.

 

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