“El viaje sin retorno” Edgar Lánda Hernández (En memoria del Tío Beto)

El escenario no ha cambiado. Se mantiene igual. Hace ya un buen lapso de tiempo que no lo visitaba, y hoy regresé. Vargas es una localidad que está situada a escasos minutos del puerto de Veracruz. Hoy la volví a ver tal como la dejé hace años. ¡En el olvido!
En más de 30 años, lo único que ha cambiado es que ya tiene banquetas, pero de ahí en fuera su fisonomía sigue siendo rural, pueblerina.
Rostros que no conozco, otros más se perfilan en un medio que dista mucho de una modernidad. Ellos siguen en la misma situación.
El óxido ha deteriorado los rieles del antiguo tren. Los caminos se han convertido en escalas debido a el lodazal que se adhiere a ellos, se enfrasca en una trifulca en donde nadie gana la batalla, ni aún los mismo recuerdos.
Aún persisten el almendro y los árboles de aguacates que se sitúan en el patio de la casa de mi tía fina.
En Vargas, el tiempo pareciera que se ha detenido.
El sonido de las aves es un conjunto armónico y persistente de lo que sucedió o de lo que ha dejado de suceder. Quizás lo que haga falta es desdoblar el pensamiento y comenzar a cambiar uno mismo y por consecuencia el pueblo.
La situación es dolorosa, el tío Beto a sus 74 años feneció.
El féretro permanece en medio de la casa, ahí donde en su mecedora reposaba el tío después de una jornada difícil en el campo.
Por lo regular, cuando íbamos a visitarlo; la mayoría de las veces les obsequiaba un bulto de maíz a mis padres. ¡Hoy son recuerdos!
El aroma a humo inicia, formaciones de fumarolas salen de entre la leña que es depositada en el fogón. Las enormes pailas que sirven de recipientes se llenan con piezas de pollo, formas de orejas elaboradas con masa, así como elotes y calabazas en trozos para dar sabor al caldo, así como una buena dotación de epazote. La solidaridad no se hace esperar, mujeres, chicos y grandes ponen lo mejor de sí, se entrelazan sentimientos y se mezclan circunstancias que el día de hoy el lema es ¡ayudar!.
Del otro lado del patio, mujeres asan las papatlas para posteriormente envolver los cientos de tamales que servirán para mitigar el hambre de los ahí presentes, así como de los que pronto llegarán. Las flamas continúan vivas, tales como las esperanzas de la familia porque un día se vuelva a reunir con el tío que hoy se va.
Los hombres regresan del camposanto con azadón en hombros, la fosa está lista para albergar a un alma que ha partido y ellos también se sientan a la mesa y se comparte la comida.
Se respira unión, hermandad. Tal como debiera de ser, lograr una adhesión en torno a un respaldo sin condición alguna tan solo por el mero gusto de poder ayudar.
Hoy fue el turno del tío Beto. Difícil no sopesar estas experiencias, rememorar recuerdos, rasgos, sonrisas y vivencias.
Es tiempo de marcharme, atrás dejo a una población que se niega a vestirse de modernidad. A mi familia me la llevo en este corazón ¡que no se cansa de latir!
Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa:
Edgar Landa Hernández.

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