Mi fin de semana con Queen. / Carlos Eduardo Lamas Cardoso.

Si mi memoria no me juega un mal rato, les diré que ésta historia comenzó por el mes de mayo o junio del año 1981. Como todo rockero que se preciaba de serlo, aquella tarde tenía en mis manos mi revista quincenal de Conecte, que era algo así como la biblia de todo acontecimiento del rock en México. Muy grande fue mi sorpresa al ver una pequeña nota que informaba que el grupo inglés “Queen” se presentaría en nuestro país para ofrecer a sus fans algunas presentaciones.
Como en aquél entonces el gobierno reprimía mucho a los jóvenes, y sobre todo evitaba que se reunieran en cantidades masivas, mi primer pensamiento fue de total incredulidad. En México no existían las condiciones, la infraestructura y mucho menos la capacidad y experiencia en el manejo y control de multitudes, mucho menos de jóvenes rebeldes e incomprendidos. El antecedente más reciente había sido en la presentación de Johnny Winter en la Ex hacienda de Temixco, cerca de Cuernavaca, donde el concierto fue cancelado el mismo día de la presentación y muchos jóvenes fueron detenidos simplemente por su cabello largo y sus pantalones entubados. Este evento se reprogramo para la semana siguiente en Pachuca, y para allá se fue toda la banda, solo para que a la tercera o cuarta canción, Johnny recibiera una lata lanzada por algún pelafustán, haciendo que simplemente desconectara su guitarra y se bajara del escenario para no volver. Así que imaginar que un grupo de la calidad de Queen, viviendo su mejor momento se presentaría en México, sonaba muy parecido a un mal chiste.
De cualquier manera, en un pequeño espacio de mi mente y de mi corazón, existía la esperanza de que presenciar la actuación de Queen se hiciera una realidad. No sabía entonces lo que me esperaba…
Poco tiempo después, ya era una noticia en los periódicos y se daba como un hecho que el grupo se presentaría en nuestro país. Esto sería después de una exitosa primera gira por sud América promocionando su LP (léase bien, Long Play) “Hot Space” y su canción “Las palabras de amor” (Así, en español, que había que conquistar al público de habla hispana).
Yo había sido un fan del grupo más o menos desde 1975 o 1976, cuando Radio éxitos y La pantera (estaciones de radio am de moda en el D.F.), iniciaron la programación del tema “Somebody to love”. Un tema de rock fuerte, con acordes de guitarra con distorsionador, pero unas voces manejadas impecablemente, con lo que sería ya el estilo del grupo. Recuerdo aun la portada de mi SP (Stándar play, que era un disco de acetato con dos o cuatro canciones y que giraba a 45 RPM).

El tiempo transcurrió lento y finalmente, se anunció la venta de los boletos a través de las casetas de boletrónico (El antecedente de lo que hoy es Tikectmaster). Y heme aquí, un día sin ir a la prepa, pero siendo el primero en la fila de boletrónico de afuera del metro Tlatelolco, listo para comprar mis boletos con destino al paraíso. El costo de cada boleto fue de 300 pesos más una comisión de 30 pesos.

Desafortunadamente y como era de esperarse, el gobierno del Distrito Federal no otorgó el permiso correspondiente para que el grupo se presentara en el estadio del INDE, ahora estadio Azul, en la colonia Noche buena de la ciudad de México. Por lo consiguiente, las presentaciones del grupo se llevarían a cabo en Monterrey y en Puebla. Así que mi destino sería la ciudad del mole y de los chiles en nogada.

Solo dos detalles me faltaban; ¿Quién me acompañaría en ésta aventura? Y esperar la fecha del evento.
Invite a mi novia a acompañarme y aceptó gustosa, solo que su tía dijo no, y no fue cualquier no, fue un no rotundo, con mayúsculas. Así que ni modo, a buscar con quién.
Lo curioso fue que algunos amigos no se interesaron en ir, a pesar de que todo el gasto correría por mi cuenta (tal vez ya sospechaban las penurias por venir).
Afortunadamente para mí y para él, mi amigo Pepe, mejor conocido por todos como el “Parrochas”, levanto la mano y dijo –yo voy-.
Así que ya solo fue el tener mucha, muchísima paciencia para esperar la fecha de lo que sería un fin de semana inolvidable.
A finales de Septiembre o principios de octubre, la mamá de Pepe, Sra. Obdulia (QEPD), me llamó a su casa para pedirme encarecidamente cuidara a su hijo, ya que a sus 14 o 15 años, el seguía siendo un niño y yo a mis 17, ya casi un adulto. También me hizo el encargo de visitar en Puebla a una sobrina de ella y entregarle una muñeca que ella misma había elaborado. Una vez que recibí la muñeca y prometí regresar a su hijo en una sola pieza, me retiré.
El sábado anterior al evento, Radio éxitos transmitió en vivo la presentación del grupo en Monterrey. Todo un agasajo previo. Cuando escuche por el radio el “Buenas noches Monterrey” fue como si hubieran pronunciado mi nombre.

Era una realidad, Queen estaba en México ofreciendo uno de los mejores shows de la historia del rock y muy pronto yo sería testigo presencial de ello.
La semana fue pasando lentamente, para mi gusto, muy lentamente.
EL viernes siguiente, faltando solo un día para la ansiada fecha del concierto, nuestro amigo Salvador nos invito al departamento de su papá para tomar unas cervezas. Aceptamos de muy mala gana, y solo por compromiso (aja), ya que nosotros éramos unos jóvenes muy sanos y no tomábamos. Bueno, en realidad si lo hacíamos pero solo los sábados, los días de fiesta, en las serenatas, cuando salíamos de fin de semana, o después de los ensayos con la estudiantina. Como pueden ver, solo en contadas y especiales ocasiones.
Esa tarde nos reunimos Salvador (Chavín), Víctor Hugo (el Tizoc), Gabriel (el Huevo), Pepe (el Parrochas), Luis Javier (el Licenciado) y yo (yo).
Para nuestra sorpresa, en el departamento encontramos una colección de botellas increíbles; Ron, Whisky, Vodka, y no sé qué tanto más. Así que después de las deliciosas y refrescantes cervezas, nos lanzamos al abordaje de todo lo demás. Entre tragos y canciones (Bohemios al fin y al cabo) se fue evaporando el alcohol y la noche pasó a ser madrugada. Con todo un cocktel de alcohol en mi torrente sanguíneo, algo me decía que me retirara porque algo importante tenía que hacer. Finalmente, al despuntar la mañana, Pepe y yo salimos dejando a nuestros amigos completamente dormidos en el departamento, que dicho sea de paso, quedó todo hecho un cochinero.
El camino a casa se hizo larguísimo, un pie parecía pedir permiso al otro para proseguir. Pepe caminaba en un imperfecto zigzag y supongo que yo lo hacía igual.
Dejé a Pepe en su casa como a las siete de la mañana y me dirigí a descansar. Llegué y sin hacer el menor ruido me escabullí a mi cama. Cerré los ojos y me dispuse a dormir aunque fuera un poco, pero al instante, escuche el sonido de los platillos de mi batería sonando estruendosamente para después escuchar la voz de mi papá -¿Qué no te vas a ir a Puebla?- (Era su cariñosa forma de despertarme).
El agua de la regadera me despabiló un poco. Jeans, tenis, playera y por si acaso un suéter.
Despertar a Pepe fue un esfuerzo fenomenal, pero a eso de las nueve de la mañana ya íbamos rumbo al metro Tlatelolco para dirigirnos a la central de autobuses de oriente.
Pero no todo es miel sobre hojuelas… apenas saliendo de la casa del Parrochas, vimos al Sr. Ruano (QEPD, papá de Salvador y propietario del departamento) caminar plácidamente con rumbo al lugar de los hechos sucedidos la noche anterior. Yo no sabía que un susto de tal magnitud pudiera cortar una resaca monumental como la que traía encima, pero así fue. El instinto de supervivencia y solidaridad se impuso y con todo y las condiciones en que nos encontrábamos corrimos para dar la voz de alerta a nuestros dormilones amigos.
Llegamos y después de mucho insistir tocando a la puerta, Salvador nos abrió. Al escuchar que su papá se dirigía al departamento, experimentó también una súbita sobriedad. De pronto reinó el caos en el pequeño departamento. Gritos y confusión, botellas vacías, ceniceros llenos de colillas de cigarrillos. Trozos de una guitarra que fue destrozada en una pared (no diré quién fue el culpable porque todavía me siento mal). En fin, sin importar las condiciones en que dejamos el rincón de la perdición, salimos apresuradamente y escapamos por la azotea del edificio hacia otra de las entradas (en este caso, salida).
Una vez todos a salvo, nos despidieron en la explanada del metro y felizmente Pepe y yo nos dirigimos a la famosa central de autobuses.
Adquirir boletos para ir a Puebla no fue ningún problema. A las once de la mañana el autobús tomaba su rumbo hacia la ciudad de los camotes. Mientras Pepe se la pasaba en el baño sacando todo el alcohol y las botanas, yo traté de descansar lo más que pude.
He de comentarles, que me llamó poderosamente la atención la gran cantidad de chavos y chavas que caminaban a orillas de la carretera o pedían un “aventón”. Todos ellos con la pinta de rockers y con la idea de llegar al estadio Ignacio Zaragoza y disfrutar la magia de Queen.
Al llegar a Puebla, tomamos un autobús que nos llevó a las afueras del estadio, que ya presentaba algunas filas, afortunadamente no muy largas.
Pero primero lo primero, había que hidratar el cuerpo y por más que buscamos algún puesto de de aguas frescas o algún refresquito, solo pudimos conseguir un “six “ de cervezas. Ni modo, eso es lo que hay y eso bebimos.
Una vez que retomamos el nivel, nos dirigimos a un acceso lateral del estadio, donde para nuestra fortuna no había mucha gente formada y fuimos de los primeros en ingresar.
Al momento en que nos pidieron los boletos y nos pasaron la clásica “bascula” para evitar ingresar con cámaras fotográficas o grabadoras, mi corazón comenzó a latir tan fuerte, que parecía que estaba sonando al ritmo de “We will rock you”.
El estadio estaba en ese entonces abandonado. Subimos e ingresamos a las gradas. El campo no era más que un gran terrenal moteado de pasto en algunas de sus orillas. De pronto, algo llamó mi atención y lentamente giré hacía mi derecha. Ahí lo vi. Era lo más impresionante e impactante que había visto en mucho tiempo; flanqueado por dos “edificios” de bocinas, se encontraba el escenario de uno de los mejores grupos de rock de la historia.
No recuerdo haber caminado, o haber corrido. No sé si floté o si volé. Solo sé que de pronto ya me encontraba a escasos metros, boquiabierto y maravillado. La imagen que se presentaba ante mis ojos la había visto en la portada del álbum doble “Live killers” y en el video de “Don´t stop me now”. Estar ahí parado me parecía algo surrealista.
Al lado izquierdo, en calma y en espera, el piano de cola de Freddy Mercury. Al centro, con un hermoso color plata y brillando al sol, la impresionante batería de Roger Taylor. Sobre todo lo largo y ancho del escenario, una cantidad indeterminada de luces listas para ambientar el show. Era algo de verdad casi increíble. Más increíble fue para nosotros el estar a solo unos cinco o seis metros. Parecía que si estirábamos los brazos, podríamos acariciar las teclas del piano, o tocar los tambores de la batería.
Como a las 4 de la tarde, ya gran parte del terreno de juego se encontraba lleno. Debo decir que para mi sorpresa, el comportamiento de la gente fue muy tranquilo en el interior. Todo mundo sentado y algunos acostados y durmiendo, como lo hizo mi amigo Pepe. De vez en vez, alguien comenzaba a gritar “Queen, Queen, Queen”, y la gran mayoría se unía, escuchándose por todo el estadio el llamado de los fans.
Pero aun era bastante temprano. De pronto el tiempo pareció adormilarse junto con todos nosotros. El olor a marihuana llegaba por todos lados y sin querer o queriendo todo mundo andaba medio elevado. Si alguien se atrevía a levantarse, era inmediatamente atacado con puñados de tierra. Si querías salir a caminar o al baño, había que hacerlo a gatas para evitar la lluvia de tierra. Era la manera de matar el tiempo.
A las 6 de la tarde se comenzó a sentir el descenso de la temperatura. Un frío casi congelante. Los que traíamos suéter o chamarra las usamos. Los que no, a aguantarse, ni modo.
Con una exactitud inglesa (no es en vano su fama), se comenzaron a apagar las luces. Todos de pie como impulsados por un resorte. El estadio a obscuras. De pronto las bocinas comenzaron a zumbar. Al principio apenas audible y poco a poco se fue incrementando. Cuando el ruido se hizo insoportable a los oídos, se escuchó una fuerte explosión en el escenario. Las luces cobraron vida en un frenético cambio de colores. Una gruesa cortina de humo blanco ocupaba todo el espacio del escenario, y para nuestra gran alegría, los acordes de la versión rápida de “We will rock you” se comenzaron a escuchar. La neblina comenzó a dispersarse y poco a poco fueron tomando forma las figuras de los cuatro músicos. Todos nosotros gritamos a pulmón abierto. Entre brincos, abrazos y puños al aire, Queen se presentaba ante mis ojos. El sueño no lo era más. Después de meses de tanto esperar me encontraba disfrutando el mejor concierto de mi vida.
En ocasiones anteriores había asistido a conciertos del Three souls in my mind, Dugs dugs, Mara, Chac mol, Paco Gruexxo y desde luego grandiosas presentaciones de Heidi Punk Rock, en el salón Eli´s de Nezahualcoyotl, donde yo era el baterista. Pero esto que estaba presenciando era completamente otro nivel (bueno, quizá el Heidi Punk Rock se le acercaba un poco).
Freddy Mercury, enfundado en unos pantalones plásticos de color rojo y una playera con el logo de Superman, se movía por todo lo ancho y largo del escenario. Mientras Brian May, nos regalaba excelentes acordes con su guitarra “Red Special” que según se dice, construyo él mismo. El vestía muy sobrio, todo de negro. El único detalle que adornaba su vestimenta, era una telaraña tejida o bordada a espaldas de su chaleco.
John Deacon vestía completamente de verde o azul, en realidad con las luces nunca pude distinguir muy bien. Pero la precisión de sus notas en verdad era notable. Todo un maestro en la guitarra de las cuatro cuerdas.
En la parte posterior del escenario y elevado un metro y medio aproximadamente, Roger Taylor se perdía entre los platillos de su hermosa batería. Siempre me impresionó como tocaba y no perdí ocasión para ver que me fusilaba de su estilo.
Una a una fueron pasando las mejores canciones del grupo “Let me entertain you” “Tie your mother down” “Somebody to love”, sin faltar algunas de su nuevo disco “The game” como “Save me” y “Need your loving tonigth”. Tampoco pudo faltar la clásica “Love of my life” bellamente interpretada por Brian con una guitarra acústica de doce cuerdas.
Hubo varios momentos impactantes, uno de ellos fue cuando iniciaron los acordes de “Rapsodia Bohemia”, la voz de Freddy clara y fuerte y el público al borde de la locura.
Otro momento en el que la audiencia disfrutó bastante, fue cuando a Freddy, ya sin camisa para deleite de las fans, le colocaron una guitarra eléctrica Fender telecaster en color hueso, para iniciar los acordes de “Crazy Little Thing call love”, tema que se encontraba sonando bastante fuerte en las estaciones de radio. Y finalmente, después de haber terminado la primera parte del show, al regresar al escenario y tocar “Another one bites the dust”. Para este acto Freddy salió con un gran sombrero mexicano. No sé la razón, pero mucha gente se sintió como ofendida, y mientras unos disfrutábamos aun la actuación del grupo, algunos otros comenzaron a aventar todo tipo de cosas al escenario, sin faltar algunas latas llenas de tierra e increíblemente, hasta zapatos.
A pesar de todo ello, el grupo terminó su actuación; parados los cuatro músicos al frente del escenario y con las luces encendidas a sus espaldas y con “God sabe the Queen” como fondo musical. Una imagen que tengo muy presente aun en mi mente.
Después, y antes de salir del estadio, el promotor del evento tomó el micrófono para pedir calma y tranquilidad, que lo hiciéramos poco a poco para evitar alguna desgracia. Sin embargo, este señor de apellido Mota (si mal no recuerdo), que debió de haberse fumado su apellido, también informó que próximamente traería a México a grupos como Kiss y Supertramp, y finalizó gritando a todo pulmón, que esa noche Puebla era la capital mundial del Rock.
Obviamente esto alboroto a la banda, que al salir del estadio y cual manifestación con rumbo a la central de autobuses iba destruyendo todo lo que a su paso se encontraba; aparadores, lámparas públicas, cristales de autos, en fin, un verdadero vandalismo con plena libertad, ya que no hubo policía capaz de ponerse enfrente de esa avalancha humana.
Se podría decir, que todo esto para una noche fue suficiente y que muy pronto estaría en mi camita cerrando los ojos y reviviendo en mi sueño todo lo vivido, ¡Qué equivocado estaba!
Pepe y yo caminamos en la peregrinación viendo con asombro el destrozo que hacían los demás jóvenes mientras que la masa de gente nos dirigíamos hacia la terminal. Algunos ya tenían su boleto y no tuvieron ningún problema en salir de la ciudad, pero la gran mayoría, incluyéndonos, no tuvimos la precaución de comprar boletos con anticipación. Ante la falta de espacio en los camiones ordinarios y de corridas extras, la gente reaccionó de manera más violenta aun, destrozando prácticamente lo que se encontraba en la central de autobuses del ADO; bancas, cristales, mostradores. Mi amigo Pepe, contagiado tanto por el pasón como por la violencia irracional de los demás, tomó un extintor y con él rompió el gran reloj de pared de la terminal. Esa escena creo que la vi en cámara lenta; el extintor volando y haciendo que el cristal estallara en mil pedazos para después caer pesadamente.
Al romperse el reloj, los presentes aclamaron a Pepe, que todavía tuvo la osadía de levantar los brazos en señal de triunfo. Al ver que la gente seguiría con su mal comportamiento, saqué a Pepe y nos dispusimos a buscar algo para cenar, pero, ¡ya no teníamos dinero! Ese sí era un gran problema, y la verdad, entrar a una tienda, tomar cualquier cosa y huir sin pagar como lo estaba haciendo todo mundo, la verdad no me apetecía.
Por toda la zona de la terminal se veían jóvenes acostados en bancas y jardines, resignados a pasar la noche a la intemperie. Tal vez era esa la misma suerte que nos esperaba a nosotros. Sin embargo, todavía tenía un as bajo la manga. La muñeca que debimos de haber entregado antes del concierto, aun se encontraba en mi poder. Si lográbamos llegar a casa de la prima de Pepe, tal vez ahí podríamos cenar algo y pasar la noche. Esta idea fue desechada al enterarnos que la dirección que teníamos estaba completamente al otro lado de la ciudad. Y llegar a pie, imposible. El hambre ya se sentía muy fuerte. Tal vez ya muy cerca de la media noche nos detuvimos frente al zaguán de una casa en donde una señora y su hija vendían antojitos. Seguramente muy sabrosos, porque había mucha gente ¿Qué hacer? Hambrientos, cansados y sin dinero. Incluso llegamos a considerar comer y correr, pero no nos atrevimos. Finalmente nos decidimos a pedir algo pensando que a la hora de pagar, lo podríamos hacer con la famosa muñeca. Así que nos acercamos y al preguntar que vendían y de a como y cuanto, nuestras esperanzas se desvanecieron de inmediato, ya que la muchacha nos comento que ya no quedaba nada, ¡Nada! No sé qué cara debimos de haber puesto Pepe y yo, o tal vez fue que ella escuchó el fuerte reclamo que nos hacía el estomago, pero algo debió de conmoverla, porque amablemente nos ofreció un sándwich de frijoles de la olla, sí, así como lo escuchan, frijolitos en bolitas sobre unos panes bimbo; a nosotros nos sonó a manjar, y como para buena hambre no hay mal pan, los aceptamos gustosos. Con el pan pegado al paladar y los frijoles cayendo como en un abismo, intentamos pagar la comida con la muñeca, que finalmente y a estas alturas ya se consideraba una molestia. La señora de la casa no lo acepto y comenzó a interrogarnos; quiénes éramos, de dónde veníamos, qué tal la pasamos en el concierto. Contestamos mientras le ayudábamos a guardar el anafre y los cachivaches. De pronto la señora María, para nuestra gran sorpresa, nos invito a pasar a su casa y cenar algo un poco más formal. Antes de poder responder, mi estomago contestó que si; y de pronto, Pepe y yo nos encontrábamos sentados en el comedor de la casa siendo atendidos por la señora María y su hija Sandra. Nos sirvieron huevos revueltos, más frijolitos, tortillitas y café.
¿Se podría pedir más? Yo creo que no, y sin embargo…
Después de la cena, la señora María nos ofreció quedarnos a dormir en su casa. Nosotros aceptamos gustosos y más que gustosos. Nos acomodó en una recamara con una gran cama que sentí tan suave como una nube. Finalmente, a dormir. Soñando y reviviendo lo vivido con las emociones a flor de piel.
Muy temprano al otro día, y después de un buen baño con agua tibia, agradecimos las atenciones recibidas y nos despedimos.
Ya rumbo a la terminal, tuvimos oportunidad de ver los encabezados de los periódicos. Más que hablar del concierto, mencionaba el vandalismo y los destrozos causados por la banda y desde luego, la gran cantidad de droga consumida.
Nosotros tuvimos la suerte de encontrar boletos a las 9 de la mañana y como a la una de la tarde ya nos encontrábamos en Tlatelolco contando toda esta aventura a nuestros amigos.

¿Y la muñeca? Aun la conservo en mi poder, como recuerdo de mi fin de semana con Queen.

Derechos reservados.

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