UNA NOCHE ESPECIAL   / Por Gloria Domínguez Castañeda

 

—¿Estoy bien así? —Preguntó el Rey a su esposa, listo ya para la ceremonia de esa noche cuando por primera vez estaría frente al pueblo, asomado desde el balcón del Palacio.

—Estás espléndido, cariño —Le contestó ella, arreglada pulcramente para la ocasión: un vestido de seda con colores patrios, peinado a tono con trenzas pequeñas formando una diadema cruzada en estilo medieval, y como siempre su sonrisa discreta, la palabra exacta.

—¿En verdad me veo bien?, ¿el cabello, la corbata? ¿No estoy un poco pálido? Anoche casi no pude dormir…

—¡Te ves bien, amor!  ¡Guapísimo, mi marido! ¡Galán!  ¿Te apetece un beso?

En cuanto escuchó el tono meloso, el hombre entendió que la máquina-humana no estaba programada para externar el sentimiento únicamente en el momento oportuno, ante las cámaras de televisión comercial y oficiales.

La miró con sus pupilas impacientes; por un instante dejaban su luz glacial para mostrar la chispa inevitable. Ella se había quedado con los brazos extendidos, pero pronto, tras el momento en que su mente dio un giro de mil voltios, reapareció la sonrisa.

—Todo está listo, querido: la cena de gala con los embajadores invitados; el plato fuerte será chile en nogada, por supuesto, aunque… sólo probarán el picadillo, me temo, como ocurrió en Chapultepec, ¿te acuerdas?. ¡Oh, el pan de trigo es excelente, estará recién horneado para esta noche! , pero, ¿cómo explicarte? algunos tiene un toque, un relleno de… algo… Ah… lo olvidé… Y  los vinos… Bueno, ¡me han dicho acerca de una champaña única…

—Por favor, querida… me estás impacientando. Debo preparar mi discurso.

—¿Pero es que acaso dirás un discurso…?

—¡Como si lo dijera! Aunque es una proclama, mentalmente debo asumirlo como un discurso. Bien, termina de arreglarte. Necesito ensayar.

Ambos miraron hacia la puerta, en la que apareció el bufón. Traía colgados de una estructura metálica una gran cantidad de espejos, de variada dimensión, pero grandes todos y ovalados.

La reina hizo una inclinación graciosa ante su esposo, en ademán de despedida. Se marchó, en tanto que entró el bufón.

A la vista de la preciosa carga el Rey suspiraba, al principio, luego, veía con inquietud.

—¿Dónde los conseguiste esta vez? —preguntó a su hombre de confianza.

­—Ay, Su Majestad, si yo le contara… —habló un hombre delgado, de rostro enjuto, talante altivo, cabello relamido cuyo mechón de la frente se elevaba, engomado, como la cola de un pato. Dueño de una voz que parecía extraída de una caverna, adquirió un tono quejumbroso:

—Cada vez es más difícil conseguirlos.  A Su Majestad no le gustan los espejos comunes, me dice que no le funcionan… pero éstos… sus propietarios son gente valiente… Tengo que descubrirlos, mandar a liquidarlos… y no hay tantos… Conforme pasa el tiempo se complica localizarlos…

—No creo. Ahora con las recientes leyes que promulgué, saltarán muchos. Harán una gran manifestación. Ahí tendrás una gran cantidad de asalariados descontentos. Ponte de acuerdo con el regente de la capital de este Reyno, para que el cuerpo de seguridad identifique a los más fieros, los que no se espantan con nada. Que te los aparte, que les dé un tratamiento ad hoc, los haga confesar cualquier delito, cualquier crimen. Luego los consignará en la cárcel, les dará muchos años de condena, pero tú negocias: les perdonas algunos años a cambio de sus espejos.

—Pero con todo respeto, S.M. Esa gente súbdita suya, ni a espejos llega.

—¡No contradigas mi orden! –Dijo el Rey—. Le temblaba la barbilla y la quijada se contraía como cuando, siendo pequeño, cualquier persona se atrevía a espetarlo.

—¿Y si probamos con otros espejos, S.M.? ¡Hay importados de muy buena imitación! ¿Por qué han de ser de jade, de oro, de obsidiana?

—¡No entiendes nada, bufón! Sabes bien que sólo me sacian los que son de valientes. De jade, de oro, de obsidiana, son los espejos de este tipo de gente, aunque sabes bien que aparentan ser piedra, latón, cualquier metal de quinta. Por su apariencia, nadie da un peso por ellos… Pero son oro. ¡Necesito su fuerza, necesito la luz que proyecta su espejo!

—Señor mío. No pierda más el tiempo. Lo dejo pues, para que escoja. La ceremonia empieza en sesenta y cinco minutos.

Cuando el bufón salió al fin, el Rey miró la cantidad de espejos ovales. Recorrió unos cuantos, revisando con atención casi obsesiva. Se detuvo en uno: el marco de madera, cubierto con hoja de oro,  tenía además abundante incrustación de pepitas provenientes de Huaxyacan. A simple vista saltaba el fulgor natural de metal tan exquisito, que la mirada más ignorante podría descubrir y jamás confundir con el oro italiano que tanto había invadido el Reyno, aparentando ser el legítimo de la Huaxyacan.

Lo descolgó de la estructura para colocarlo en su bastidor. Se situó frente a él, con el pecho salido, el rostro levantado, la barbilla en alto, como siempre, tal cual había visto hacer a su padre —su verdadero progenitor—, cuando éste era ministro cercano al Rey ya fallecido. El monarca lo había nombrado su sucesor, de palabra y por escrito, gracias a los buenos oficios del padre, eficiente en la administración y el atisbo de enemigos de su reyno. El joven tendría el cetro siempre y cuando siguiera todas sus leyes, sus alianzas políticas con otros reynos, la tradición de amagar la libertad del humilde pueblo. Tendría el cetro, y un poco de poder, sólo un poco.

El Rey miró cómo en su rostro funcionaban tan bien las cremas fabricadas en la Galia, recomendación de un amigo suyo, encargado ahora del departamento de leyes. Admiró el tratamiento de ozono para las líneas de expresión, que aparecían cada vez más insistentes para denotar cierta desazón que no lo abandonaba.

Sonrió complacido, acomodando un cabello rebelde. Pequeñito. Uno solo.

Nada podría quitarlo de su embeleso, pero, mirando distraídamente hacia la estructura que sostenía al conjunto de espejos, se quedó paralizado: en lugar de lunas, colgaban reses abiertas en canal, chorreando sangre. Se bamboleaban, con la suavidad de las palmeras en el verano, golpeábanse unas a otras, como cuando, vivas, se acercan al matadero.

El niño de su infancia, ante la sombra gigante de los muebles proyectada en la oscuridad de la cámara, con perfiles de estatuas monstruosas y nadie cerca a quien llamar, se le impuso. Miró de reojo, sin moverse, pensando:

—¡Vete, Vete, Visión! Tú no existes! ¡No existes! ¡Vete!

Se fue el sentimiento de opresión. Suspiró, miró al espejo de nuevo. Una densa niebla quiso entrar en la amplia habitación, una bruma de muchos ayeres, pero se quedó en los resquicios.

—Eres el Rey —se dijo a sí mismo­—. Hoy es un día especial. Hablarás de libertad, es la metáfora en tu voz y la proclama. Debes mostrar convencimiento. Sí. Que ellos crean que es cierto, que crean en ti. Ya colocaron una multitud de súbditos en la plaza a fin de que los vea yo muy bien. Su comportamiento será impecable, como ordené. Inamovibles como un maniquí.

Bien, honorabilísimo Rey. ¿En qué tono hablarás? Bueno: convencido, encendido amor al Reyno. Tres proclamas nada más. Un recuerdo a quienes dieron independencia al territorio nuestro, en aquellos lejanos tiempos en que pertenecíamos a otros; luego, toco la campana intensamente, luego…

El feliz monólogo se detuvo.

Clap, clap, clap…. Desde el espejo frente a él, su Doble aplaudía….  Con ojos inyectados de odio y gesto en el que bailaba la sorna, se dibujaba la sonrisa.

Clap, clap, clap… el aplauso disminuía. Desde el espejo, su Doble ahora apartaba las reses furiosas, que no lo dejaban llegar a la campana, a la que debía y quería grabar su nombre. Desapareció el rostro del espejo cuando el Rey se puso rígido, mientras sus dientes castañeaban en loco baile. Apareció en su lugar una campana, oscilante, sin sonido. Tras ella su Doble, admirando atentamente al Rey, como si lo descubriera por vez primera.

La mente del monarca calibró una idea:

—¡Luz! ¡Firmeza! La potencia de una verdad es lo que necesito! Quiero que todos comprendan que tengo razón, que amo tanto y me esfuerzo por su bien…  Si alguien no lo comprende es que es tonto…  Progreso. Progreso a costa de todos. Debo hacer pactos que no convencen ahora: admitir el comercio de seda, la explotación extranjera de las minas… pero traerá riqueza al Reyno a la larga… ¡Sí! Procuraré la paz sobre todo. Paz… Guerra, Oh… si es necesario… Las guerras dan gloria al Rey, aunque sean intestinas. ¿Es verdad? ¿Me equivoco? Mis consejeros no son suficientes. No… mano dura para quien no comprende… Así me educaron. ¿Habrá quien me fabrique una verdad convincente? ¡De verdad la requiero!

Él seguía ahí, frente a su espejo, que en ese momento le devolvía únicamente su figura impecable. La luna se había comido el sudor, los terribles pensamientos, la inseguridad… Otra vez apareció el Doble, mirándole intrigado.

—¡Déjame en paz, Rey tonto! —Le dijo al otro—.En ese momento su Doble le dio la espalda; hablaba, discutía con el muerto, el propietario original del objeto oval. Dejaba ver su espalda el rey habitante del espejo, se notaba cómo llevaba en su brazo doblado, oprimido, la cabeza del muerto, quien todavía se quejaba, como en vida.

La cabeza viva dijo al Rey del espejo:

—¡Quítate! ¡Siempre me molestas! ¡Cena! ¡Cena! ¿Qué comemos en mi pueblo hoy en la noche? ¿Cenamos saliva, Su Majestad? ¿Echamos cuete, Señor? ¿Le gusta Dios nunca muere, Señor?

Con los ojos muy abiertos, mirando la escena, el Rey tuvo valor:

—¿Cómo me veo? —¿ Preguntó.

El Doble oprimió la cabeza que sujetaba. La cabeza abrió la boca, pero ningún sonido salió. Sólo una lágrima fue capaz de hablar, una lágrima larga, como el agua que recorre un calabozo cuando la lluvia arrecia y la oscuridad oprime, y duele en la mano el metal del grillete, y asusta la llegada del uniformado, dispuesto a terminar con su noche de soledad.

—¿Cómo me veo? —Inquirió, impaciente, con voz de mando. Nadie respondió. Llovía en el espejo. Sólo se veía la silueta de un rey peinándose con obsesión, aunque ahora su cabeza se notaba muy distinta: era la del hombre lloroso.

—¿Cómo me veo? —dijo otra vez.

Con la imagen clara en el cristal, ahora el Doble empezó a aplaudir.

—¡Viva! ¡Viva! ¡Que viva el Rey! ¡Que viva el Reyno!

El monarca golpeó el espejo, por un impulso extraño. El cristal, hecho pedazos, le regresó su imagen en cada trozo: los ojos álgidos, la boca abierta, los dientes suspendidos a punto de ensartar la carne comestible. Luego la luna se volvió gris. Un espejo más al sótano.

Oía el badajo de la campana. La campana. La gran campana.

Toc, Toc, Toc.

—¿Querido?, Ya es hora.

—¿Ya es hora?

—Sí… ¡Vamos a Palacio!

—¿Cómo me veo?

—¡Esplendido, como siempre! —Dijo la autómata y bella reina, programada para la dicha de su Rey.

Sonrió, como solía hacerlo cuando era feliz. Galante, le ofreció el brazo para que ella lo tomara. Juntos, hermosos, salieron de su cámara. El bufón, Monseñor, los ministros, las damas de honor, todos esperaban, anhelantes.

Antes de que atravesaran el umbral de la puerta, él la miró largamente, admirando en la paz de la reina, su certera elección. Pensó en la eficiencia de su vida, del Reyno, callado como nunca, sin voz, como la cabeza destruida al otro lado del cristal, pensó que él tenía señalados todos los espejos, a todos podría capturarlos para su felicidad, todos se volverían grises.

En el cielo ya se oía el estadillo de la gran cohetera. Las luces espectaculares alegrarían las almas, los rostros emocionados de los súbditos, paralizados, como maniquíes, satisfechos sus estómagos por gracia de verbena, con música tan alegre y soporífera y la sensación de estar unidos frente a la gran campana, en aquél campanario de leyenda.

El rey exclamó, emocionado:

—¡Ah, esta es una noche especial…!

 

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