“Se llamaba Moisés” / Por Edgar Landa Hernández

Él vivía cerca de la casa de mis padres. Dónde niño pase la mejor de las infancias. Descubrimientos propios de una edad en la cual los espejismos solían ser oasis de alegría al lado de mis hermanos y mis vecinos. Era entonces el barrio de todos. Todos cuidábamos de cada uno de nosotros, sobre todo, nuestros padres que en las tardes de esparcimiento se posaban sobre el balcón de nuestra casa a observarnos cómo jugábamos al trompo o a las canicas. Otras más, a los encantados, a los picados, que consistía en atrapar a uno de nuestros amigos mientras corríamos despavoridos con tal de no ser los elegidos. Él se llamaba Moisés, lo recuerdo bien, aunque su fisonomía se me desvanece cada vez que lo trato de recordar. Moisés era un adolescente un poco mayor que nosotros. Él no era igual, era distinto, quizás el destino lo puso en la tierra, aunque muchas veces yo creí que era un ángel disfrazado de humano. Él no hablaba, a través de sonidos guturales expresaba sus sentimientos. Él era distinto, diferente, su familia lo relegaba a segundo término. Tan es así que él no vivía en la casa cómoda. ¡No! el pertenecía a un pequeño tapanco que le habían construido. El no entraba en la vida de los demás de su propia sangre. ¡Por ser distinto! Su mano la tenía curva, y no tenía la movilidad normal, su pierna la arrastraba cuando se trasladaba de un lado para otro. Sus pantalones Roídos por el paso del tiempo, eran sujetados por un pedazo de mecate para que no se cayeran. Y usaba unas botas de hule y sin calcetines. Sus pómulos eran prominentes y su rostro era regordete, aunque con escaso cabello. La mayoría del tiempo se la pasaba observando a lo lejos, únicamente presenciando como jugábamos los niños del barrio, él tenía prohibido Salir más allá de la reja que dividía el patio con su casa. Y cuando presentía que llegaba su familia, rápidamente se iba y se perdía entre el pastizal que le cubría hasta las rodillas. Regularmente las tardes para el eran así. Cierto día, en el que la neblina cubría parte del entorno y apenas se podía divisar a lo lejos, sucedió algo inesperado para mí, y quizás ahí descubrí al verdadero Moisés. El que le daba miedo a todos, se decían tantas cosas, todas meras especulaciones en torno a su comportamiento. Mi madre, desde siempre ha sido un ser que le gusta dar, y aquella tarde no fue la excepción. Me pidió de favor que le llevara a Moisés un pequeño traste, en el cual adentro llevaba sopa caliente, y un gran tarro de café con leche, junto a una servilleta que envolvía muy bien dos panes. La encomienda no era nada fácil para un servidor. Tenía yo miedo de cómo podría reaccionar aquel sujeto que solo conocía de lejos y jamás había tenido comunicación con el frente a frente. Respiré profundo y tomé las cosas, y lentamente mis pasos me hicieron llegar hasta su casa, después de cerciorarme que su familia no estaba me adentré un poco más. No había ruido, todo era silencio, únicamente el airecillo de la temporada era fiel testigo de lo que sucedería aquel día. Abrí la reja, que ya estando cerca pude percatarme que era una vieja base de una cama, crucé el espeso pastizal ¡y de pronto! ahí estaba él, en un catre con una pequeña cobija, sentado, con su vista posada a lo lejos. Mi nerviosismo fue mayor cuando volteó a verme, sus ojos brillaban de una forma inusual, y una leve sonrisa cubrió su rostro. No hacían falta sus palabras, en su rostro decía todo. Me acerqué de una forma timorata y le dije que el alimento se lo había mandado mi madre y que se lo comiera antes de que se enfriara. Movió su cabeza en forma afirmativa. ¡Si entendía lo que yo le decía! Fue entonces que me pregunté una y otra vez porqué su familia lo trataba diferente, si era un ser humano como todos nosotros, únicamente con capacidades distintas. Con dificultad agarró las cosas y empezó a comer, yo solamente le observaba, y él continuaba sonriendo. La forma en que vivía quizás no era la idónea para una persona como el, que necesitaba más atenciones, pero él ya se había adaptado a la soledad, únicamente teniendo como cobijo el gran cielo en el que posaba su mirada cuando más solo se sentía. O así lo percibía yo. Con sonidos diversos me daba a entender que le gustaba que lo hubiese visitado, quería decir él tantas cosas que únicamente se desesperaba a tal grado, que al final se enojaba consigo mismo por no poder hablar. Y yo le comprendía su actitud. Recién finalizó de comer le cuestioné que si le había gustado su comida, meneaba su cabeza una y otra vez en señal de afirmación. Así permanecí con él un tiempo, hasta que decidí regalarle mi pelota de esponja que llevaba en una de mis bolsas de mi pantalón, se la di y le dije silaba por silaba, pe-lo-ta. Le hice varias preguntas y no respondía, quizás su sistema motriz no era normal, pero yo sentía en mí ser que él estaba alegre y así lo manifestaba su rostro. Y llegó el momento de la despedida, volvió a sonreír y me retiré. El estar frente a aquella persona que ahora lo sentía como mi amigo me hizo valorar muchas de las cosas que actualmente tenía yo. Ya no volví a estar a solas con él, su familia ya estaba más en su casa, más no en el cuidado de su familiar. Cada tarde cuando solíamos jugar me asomaba discretamente para ver si moisés me observaba, y si, desde lo lejos con su manita chueca me saludaba. Y así fue por muchos años. Hasta que un día, el ruido de la sirena de una ambulancia llegaba justo a casa donde vivía moisés. Nosotros curiosos tratábamos de ver qué pasaba, y así como llegó la ambulancia se fue. Para posteriormente llegar varias personas, así como una carroza. Mi amigo moisés había partido. Jamás pregunté o supe de qué falleció, pero ese día en lugar de entristecerme me alegré. Mi amigo, el diferente, el que no hablaba, pero que sin embargo me enseñó mucho por fin se había liberado. Posteriormente me quedaba yo mirando fijo al horizonte, tal como lo hacía el. Quizás él sabía administrar sus infelicidades a través de observar a lo lejos y buscar al Dios que lo había puesto en la tierra. Nunca supe de que murió, pero sé que aquel día lo conocí tal y como era, quedándome el recuerdo que a través de su extraña silueta se escondía un ser con un corazón que únicamente necesitaba cariño.

Imagen: fotolog.com

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