LOS COLORES Y SABORES DE LA INFANCIA

Vamos a viajar al pasado, vamos a sentirnos en los brazos de los abuelos, a recordar aquellos momentos en que la vida transcurría lentamente ante nuestros ojos, sin preocupación alguna, sólo esperando que la tarde llegara después de una rica y tradicional comida rodeados de todos los miembros de la familia, donde esperaban humeantes los platos llenos de sopa de fideos, en complicidad con los caldosos frijoles negros haciendo una combinación exótica pero deliciosa.

Con cuanto gusto mordíamos esas piernas de pollo empanizado, crujiendo al cobijo de la ensalada de ondulada lechuga que vanidosa mostraba su escarola, para después  cerrar con broche de oro este momento de placer al paladar, devorando el tan esperado postre: el arroz con leche y sus coquetos lunares de pasitas coronado con la peineta de canela; los duraznos, tejocotes y guayabas que horas antes todavía se columpiaban en los brazos de los árboles clavados en los patios traseros y ahora nadaban en un rico y cristalino almíbar; el camote, la yuca y la calabaza con su carita morena por culpa del piloncillo o panela.

Si a mi abuelita se le cortaba la leche que muy temprano entregaba don Ponciano montado en su “rocinante”, seguramente era porque sus cántaros de lámina y su medida de un litro ya necesitaban una buena lavada, pero no había ningún problema pues con una raja de canela y piloncillo bastaban para ver brotar del  amarillento  suero los ricos chongos zamoranos. Las torrejas no podían faltar para aprovechar el bolillo que sobraba del día anterior, y que al sentirse pellizcadas por el tenedor lloraban expulsando sus lágrimas de burbujeante miel.

Imperdonable era querer retrasar la hora de la tarea escolar, después de ayudar a mi mamá a ordenar la mesa para dejar el comedor como sala de museo, sin señal alguna del comelitón que minutos antes lo había convertido en campo de batalla de los  aguerridos comensales. Pues ya cumplida la misión anterior, sacábamos de las pesadas y cuadradas mochilas de carnaza color naranja, el cuaderno “Polito” o “Combate” con  pasta de cartoncillo color verde oscuro o rojo ciruela, acompañado del flamante lápiz amarillo marca “Dixon” y la goma mitad roja y mitad azul que en vez de borrar caída como un pesado ladrillo sobre la hoja haciendo desaparecer no sólo el error, también el pedazo de papel.

Aquellas tardes envueltas por el abrazo de las nubes convertidas en neblina, eran el refugio idóneo de los cacahuateros que mandaban como emisario a su ronco grito para minutos después aparecer entre la bruma, proponiendo el disfrute de los crujientes por  veinte centavos la medida, que era una diminuta lata.

El sonido del triángulo metálico anunciaba la llegada de los abanicos, dorados  triángulos de pan sin adorno alguno, sólo con el aroma del espíritu del trigo y la fragilidad de las alas de una mariposa.

Al llegar la noche, mi gruñiente  estómago esperaba  impaciente la tortilla con sal y manteca, el pambazo con nata y azúcar o el caldo de frijoles recién hervidos con sus gotas de aceite de oliva, decía mi abue que así no sofocaran, en él  nadaban como peces en un pantano los minúsculos pedazos de bolillo a la espera de ser atrapados por el anzuelo de mi cuchara. El compañero ideal para facilitar el viaje de estas delicias hacia su destino era el humeante y espeso atole de harina de arroz, de maizena o de masa.

Muy temprano, a las seis y media de la mañana para ser exacta, nuestro viaje por el país de los sueños se interrumpía con la tonada clásica del programa de radio “La legión infantil de madrugadores” y su amenazante vocesilla, aguda como un rechinido de clavo sobre lámina, anunciando que los minutos corrían desesperados emulando hormigas al hormiguero acabando el verano, y  se acercaba la hora de entrar a la escuela.

Imperdonable salir de casa sin desayunar o por lo menos cargar pilas con una bebida que parecía salida del recetario de una bruja y que cariñosamente llamaban “polla”, donde se mezclaban sin ningún pudor la leche, los huevos, el azúcar y el vino jerez. Pero era preferible este menjurje a deglutir la pastosa y mal oliente cucharada de  emulsión de Scott,  que quien realmente la aprovechaba era el minino escondido bajo la mesa esperando su ración matutina al descuido de mi mamá.

Pero no todo era tragedia, minutos antes de las siete anunciaban su llegada los rectángulos pálidos y temblorosos, rompiendo las reglas de la geometría pues tomaban la forma caprichosa que el movimiento de la caja de madera que los transportaba les dictaba. Con gran energía se escuchaba el alarido: “jaletinas de pata, jaletinas de sal y de azúcar”.

Dulces recuerdos coronados por las moritas que costaban tres piezas por cinco centavos, los tehuanos de diez , las almohadas blancas con raya roja de aromática menta, los dulces de anís, los rombos de coco , el pirulí de caramelo verde y los chicles Canels de cinco centavos; trofeos todos de un buen comportamiento.

Golpeando la cacerola con la urgencia de emprender el vuelo, las hijas del maíz tostado anunciaban con su aroma que ya esponjaba su blanco ropaje, pues habían sido bañadas con el perfume de la mantequilla y las lentejuelas de la sal. Brotaban presurosas desbordando la tapa que detenía su ansiedad por saltar a nuestro plato e inundar la casa con su característico olor.

Las noches de jueves los corredores del Palacio de Gobierno se convertían en los aposentos del arte de las musas, con  notas magníficas propias de la majestuosa ejecución que la Banda de música del Estado regalaba a los sentidos, atrapando la atención de la concurrencia cautivada por las notas que  se escuchaban una cuadra antes de llegar al Parque Lerdo, desde sus bancas de concreto adornadas con mosaicos de talavera se podía descansar y disfrutar  de tan subyugante ambiente.

Casi nadie podía resistir a la tentación de comer el manjar que aguardaba humeante,   esperando  nuestro paso por las escaleras del Parque Juárez, formando montículos con esas ruedas que distaban un poco de la redondez perfecta pero con un sabor peculiar, desprendiendo una estela de aroma que con un suave pellizco nos tomaba de la nariz para llevarnos hasta la pequeña plancha de donde brotaban con sus chapitas cafés los tradicionales hot cakes.

Con tanto manjar y tanto paseo por el centro de la ciudad, por el Parque de los Berros y a la Nevería Xalapa, a veces el resultado no era muy agradable como los placeres de lo vivido, el estómago, como todo obrero sometido a extenuantes jornadas laborales, se ponía en huelga no sin antes armar un mitin para exponer su inconformidad por el exceso en sus labores. Entonces llegaba mi abuelita sobándose las manos para resolver el problema y “tronarnos el empacho” por comelones. Su técnica era como la de un montacargas tratando de despegar a la banqueta su piel de concreto para después volver a acomodarla con suavidad, nuestra espalda fungía como  protagonista de tan laboriosa obra.

Las tardes húmedas y neblinosas como torundas de algodón rodando por los empedrados verdes que orgullosos lucían su traje de musgo, era el paisaje diario durante el invierno. También  el pertinaz chipi chipi cobraba la factura por retarlo, la llovizna constante y sigilosa se adueñaba de las calles mañana, tarde y noche, pero eso no importaba pues, ¿qué podría pasar por mojarse un poco? Entonces la gripa aparecía en escena como la actriz principal del cuadro invernal. Las cataplasmas de vaporub  corrían por nuestra humanidad para acorazar la espalda, el pecho y los pies, acompañadas por sal tostada y caliente disuelta en alcohol, previamente frotada para obligar al cuerpo a bajar la temperatura, coronándonos la sienes con los “chiquiadores” de albahaca.

Entre tantos recuerdos ya casi disueltos por los años, brotan algunos muy claros que me transportan al instante mismo de haberlos vivido, impregnando los sentidos de los colores, las texturas y los sabores de la infancia.

mcarmendelfin@hotmail.com

Foto: Internet (Pinterest)

 

 

 

 

 

1 Comment

  1. Leí dos veces su relato. Cada suceso, cada remembranza tal como lo narra es un sentir inequívoco de una nostalgia que se aligera poco a poco mientras se saborea el relato.Tal parece que la época en la que se sitúa es la misma en la cual viví al lado de mis hermanos.Los sabores, colores y toda clase de matices se conjuntan en torno a una gastronomía muy propia de notros los mexicanos.
    Bien dicen que la literatura es el vínculo en el cual se fortalecen los lazos de la sensibilidad y el recuerdo viviendo en un presente.
    Felicidades por desplazar a través de vocablos el sentir de una época que jamas regresara, pero pasara a ser una de las mejores de nuestras vidas.

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