Diario de un olvido. EL DÍA DE CONSULTA / AUTOR: Edgar Landa Hernández

Es lunes, y es día de consulta. Veo que se secretean, los observo diferentes, tan distintos de cuando los tenía en mi regazo y les platicaba tantas veces los cuentos en donde siempre me abrazaban y al final sonreíamos juntos. Han crecido y con ellas salen a relucir sus verdaderas inquietudes y sus formas de ser, nadie es igual. Ya todos casados y con sus respectivas familias. Hoy vivo con mi hijo el mayor, pero me he dado cuenta que a su esposa no le sienta bien que esté yo aquí. Mis nietos, si acaso me saludan a menos, que me pregunten por algo o me pidan su domingo, he dejado de ser importante para ellos, porque para el Bob, la mascota, a él si le da gusto verme, ciertas ocasiones se echa al ras de mi silla de ruedas, y se me queda mirando como si en verdad comprendiera mi soledad. Mis ganas de salir de aquí y vivir de diferente manera son una utopía. Desgraciadamente mi difunto esposo acabó con todo y a mi edad ya no pude desenvolverme como lo hubiese deseado. Aunado a la enfermedad de la osteoporosis que diariamente me va ganando la batalla, dolores insoportables en donde solo yo y mi voluntad he salido adelante. Ya no quiero más analgésicos ni antibióticos que merman aún más mi salud, mis brazos, ya lacerados por tantas incrustaciones de delgados acerillos en formas de agujas, ¡ya no quiero! me duelen; ya no puedo más. Hoy me levanté con ganas de comer algo fresco como papaya picada o alguna manzana, no puedo moverme como lo hacía antes. Mis brazos no me obedecen del todo. Y si les digo, ya sé que se molestarán y me dirán que espere a que todos desayunen. Tal vez sea una forma de recoger lo que alguna vez sembré, pero a decir verdad, siempre actué con sensatez y cautela, siempre quise lo mejor para mis tres hijos, jamás les faltó cariño. ah, eran entonces tan diferentes, pero desgraciadamente no sé dónde estuvo el error, si al darles a manos llenas y más amor o viceversa. No lo sé ni ya quiero averiguarlo. Presiento que dejé de serles útil y desde ahí vino la diferencia, recién había salido de una operación de cadera, los tres hijos se reunieron, unos hacían muecas, otros simplemente se llevaban las manos al rostro, tal vez conspiraban o echaban a la suerte quién se haría cargo. Todos tienen obligaciones, todos están ocupados, incluso las nueras susurran en silencio echándose la bolita unas a otras. No sé qué pensar, ya no supongo en alucinaciones que tal vez ni ellos mismos piensen, y qué esta cabecita necia piense cosas que no son. Y el afortunado fue el mayor. Y con el vivo. Me adaptaron un pequeño espacio en donde apenas si acaso cabe un catre plegadizo con dos colchonetas descoloridas, un minúsculo buró y una repisa en donde han puesto a mis santitos que tanto me ayudan cuando más lo necesito y le clamo al creador misericordia y paciencia ante estos embates que estoy padeciendo. No hay ventana, solo una cortina divide a la antesala del cuarto de servicios. Colocaron un delgado hilo de cáñamo amarrado al extremo de una…

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