MUJER ARTESANA: EL ACTO POÉTICO DE CREAR / Autor: Jorge Enrique Escalona del Moral

 

 

Ser artesano es vivir con la necesidad a cuestas… es un oficio difícil…

ser artesana lo es todavía más porque las mujeres cargan

la doble jornada a cuestas como si de otro hijo se tratase.

Mariela Gil Sánchez

Mujer artesana: don de crear y recrear

Se afirma que Dios creó el universo en seis días y en el séptimo descansó; en consecuencia, él fue el primer artesano, como dice el adagio popular: Oficio noble y bizarro, de entre todos el primero, pues en el oficio del barro, Dios fue el primer alfarero y el hombre el primer cacharro.

Esta virtud divina de crear y dar vida fue heredada a las mujeres artesanas; lamentablemente este don no fue acompañado del descanso, al contrario, la carencia económica, la marginación y el trabajo continuo son la sombra permanente de la mayoría de las artesanas en México. Ellas, con sus manos crean universos que se convierten en piezas de cerámica, madera, metales, piedra, cartón, piel, fibras vegetales, joyas o textiles. Un mundo que es generado por artesanas de distintas regiones y condiciones socioeconómicas del país, un mundo que es creado desde las mujeres artesanas tradicionales hasta aquellas que cuentan con estudios técnico-profesionales en la actividad artesanal. Cada una recrea los secretos del oficio: le da a cada pieza el soplo divino de la creación y hace de su actividad un acto poético, basta con sentir cada artesanía y dejarse envolver por ella para comprobarlo: “Qué es un acto poético, preguntó el rey. No se sabe mi señor, sólo nos damos cuenta de que existe cuando ha sucedido.”[1] Así ocurre con la obra de las mujeres artesanas, el acto poético se ve cuando ha sucedido, aunque se advierte durante el proceso.

 

Mujer artesana: tradición y marginación

La creación artesanal echa raíces en la tradición y en lo divino, así por ejemplo se atribuye la invención del huso y del telar a la diosa Xochiquetzal, entre los aztecas, y a la diosa Ixchel entre los mayas, lo cual es significativo, toda vez que estas dos actividades son propias de las mujeres artesanas.

Un primer elemento fundamental en la producción artesanal en general es su apego a la tradición: el oficio y saberes es heredado:  “Con el paso lento pero firme Felipe Pedro se adentra en el monte, como lo hizo su  padre tantas veces, y el padre de su padre, y el padre de éste … generaciones enteras de su línea familiar hicieron lo que ahora él hace y que espera pronto lo haga su sobrino; no tuvo hijos y ya es algo viejo, añora poder pasar sus saberes de artesano a alguien de la familia como sucedió con su padre y luego con él y como espera continúe sucediendo cuando él ya no esté… Hace tan sólo algunas vidas atrás sus mismos agüelos y ancestros decoraban jícaras para el señor de Mechoacan, para los dioses y para el petamuti, el gran sacerdote, era un arte sagrado y no todos podían hacerla. Felipe Pedro, p’urhepecha de nación lo sabe, y sabe que no es fácil, no siempre obtiene lo que merece por su trabajo, pero también sabe que no hay tanto dinero como para pagarlo, cada jícara, batea, bule, cruz, plato o lo que sea que decore es único, decorado con una técnica ancestral que sólo un puñado de gente conoce, con la maestría y la habilidad que sólo la experiencia puede dar, la misma que gustaba a los dioses hace tan sólo unas vidas atrás”[2]

La herencia del oficio pasa de generación en generación: conocimiento que en muchas ocasiones sólo ahí se aprende, con riesgo de desaparecer si nadie retoma el aprendizaje, que en el caso de las mujeres artesanas es un saber bien resguardado y transmitido, pues forma parte de su condición social. Gracias a ello, la tradición textil de cada pueblo se mantiene y se porta como una segunda piel que habla por sí misma de la cosmovisión de cada comunidad; cada vestido está lleno de sus símbolos como la luciérnaga y el alacrán nahua o el Xoneculli “gusano de luz”, lucero de la mañana huasteco en vestimentas de San Luis Potosí; el águila bicéfala, símbolo relacionado con el dios del fuego o la flor de “Toto”, símbolo de la lluvia, el maíz o las estrellas entre los huicholes de Nayarit; el mono otomí, símbolo del baile en Puebla; el diamante con mariposas representando el sol al centro del universo en Chiapas; el “Ilhuitl”, símbolo solar mazahua de Michoacán.

Esta magia tradicional y creativa de las mujeres artesanas se plasma en las servilletas y diseño mazahuas en el Estado de México; los ceñidores tarahumaras de Chihuahua, el Quechquemitl y diseño otomíes en Puebla y Querétaro; los trajes, tilma o huipil tzotziles de Chiapas, el traje tacuate de Oaxaca, el cotín o delantal a rayas en Yucatán, el chamanto chileno, el poncho argentino, la pollera panameña, el camino de mesa boliviano, el chinchorro colombiano o la manta de Pitumarca peruana[3] . Así, cada artesanía hecha por las manos de las artesanas es un recipiente lleno de saberes, costumbres y tradiciones.

Un segundo elemento es la situación de marginalidad y pobreza en que viven miles de familias artesanas, que se acentúa en la mujer: a la carga doméstica se une la labor artesanal como medio de sustento económico. Necesidad y creatividad se unen para dar vida a expresiones culturales que dan identidad al país y la oportunidad, no consolidada, de generar un mayor bienestar de las familias rurales e indígenas que hacen de la artesanía fuente de ingresos; hoy, después de siglos, siguen con necesidades básicas insatisfechas: “Empecé hace muchos años, ya ni me acuerdo cuántos años tenía. Una cuñada trabajaba con las figuras y yo empecé ayudándole y luego yo solita poco a poco… así como hace uno cuando tiene la necesidá encima… y aquí en Ocumicho todos tenemos la misma necesidá… ya somos muchas artesanas y mucha necesidá …”[4], necesidad que a veces rompe el tejido social y las esperanzas para crear personajes como las “atajadoras” que relata Rosario Castellanos en su cuento Modesta Gómez[5].

Aunque también es justo reconocer a aquellas mujeres que contra viento y marea han dado vida a las artesanías, a sus hijos y a su comunidad, dando voz a las artesanas, como es el caso de la oaxaqueña Cirila Sánchez Mendoza y la michoacana Doña Juana Alonso.

De Cirila Sánchez se escribió “Las modas cambian y hubo épocas en que usar rebozos, blusas de manta o huipiles bordados fueron solo eso: moda. Sin embargo para Cirila es parte del orgullo de su raza, de su etnia, de su identidad indígena. Es chatina de Santa Cruz Tepenixtlahuaca, Oaxaca, y mientras luce oronda su huipil blanco, bordado con hilo morado, afirma segura que lo único bueno de que otras porten estos textiles es que las artesanas vendan sus vestidos… Por eso para Cirila esta vestimenta tiene un significado mayor. Con ella enfrenta la discriminación, una realidad que la ha perseguido siempre — tanto en los círculos sociales como en los políticos— porque esta chatina de la Sierra Madre del Sur ha destacado como líder social, pero también ha llegado a ser diputada local, federal y senadora por su natal Oaxaca”[6].

Mientras que de Doña Juana se sabe que “La tragedia no la arredró. Como las de Cocucho, su pueblo, Juana Alonso es una mujer con alma de lucha fuerte para salir adelante. Desde chica aprendió el español, pero también a trabajar el barro y a bordar blusas. Viuda, madre de cinco hijos — dos muertos—, abuela de 21 nietos y bisabuela de 11 bisnietos, a sus 68 años pasa todavía la mayor parte del día moldeando ollas de tamaños diversos, su orgullo y su sustento.”[7]

La memoria colectiva nutre la imaginación y entorno de la vida de las mujeres artesanas, donde la tradición aporta el conocimiento para crear y donde, por desgracia, la marginación y pobreza se ha vuelto tradición y herencia, pues su método de trabajo no tiene cabida en una sociedad posmoderna (ya hipermoderna según Lipovesky) caracterizada por el individualismo, el hedonismo y los valores del mercado reflejados en la producción en serie, el consumo excesivo y el egoísmo: “egoísmo significa que lo deseo todo para mí; que poseer y no compartir me da placer; que debo ser avaro porque mi meta es tener, y que más soy cuanto más tengo; que debo sentir antagonismo a todos mi semejantes, a mis clientes a los que deseo engañar, a mis competidores a los  que deseo destruir, a mis obreros a los que deseo explotar”[8].

Mujer artesana: anima mundi

En suma, independientemente de su condición socioeconómica, hablar de la mujer artesana es hablar de creatividad, cosmovisión, tradición, saberes ancestros, mitos, pero sobre todo de aliento creador de universos:

“En este huipil llevo grabado todo lo que padecí y gocé en los primeros cuarenta años de mi vida. Estas seis flores rojas son los corazones de mis abuelas, de mi madre y de mis tres hermanas que ya murieron. Estos muñequitos son mis hijos, nueve que he tenido y se distinguen los que no se lograron porque llevan una planta de maíz, es decir, que ya se fueron a alimentar la tierra. Y vea usted esta greca para que se dé cuenta de lo difícil que ha sido mi vida, que hasta remolinos de llanto hay ahí. Este es mi ángel de la guarda, y este otro el demonio que me tienta. Los cocoles son mi marido, que como me abandonó nomás me la paso pensando en él. Este es el árbol de la vida y de la muerte, y yo estoy en su centro porque aquí ando cumpliendo mi destino. Ya voy a labrar otro huipil con más cosas que he vivido, y cuando me muera me vestirán con los dos, uno encima de otro. Cuando suba al cielo, nomás de verlos ya sabrá Dios de que me ha de enjuiciar”[9]

 

Una mujer artesana es el alma del mundo.

 

 

[1] José Saramago. El viaje del Elefante. Ed. Alfaguara. México, 2010.

[2] Joram Ledezma Zavala “Urani Atari” en Primer Concurso Estatal de Cuento y Relato sobre artesanías. Ed. Casa de las Artesanías de Michoacán y Colectivo Artístico Morelia A.C. México, 2011. p.23

[3] Una amplía muestra de lo mejor de la producción artesanal iberoamericana se puede consultar en Cándida Fernández de Calderón (Coordinadora). Grandes Maestros del Arte Popular de Iberoamérica. Editado por Fomento Cultural Banamex A.C. 571pp.

[4] Mariela Gil Sánchez “Felicitas Elías viviendo con el diablo” en Primer Concurso Estatal de Cuento y Relato sobre artesanías. Ed. Casa de las Artesanías de Michoacán y Colectivo Artístico Morelia A.C. México, 2011. p.33

[5] El cuento, que está incluido en el libro Ciudad Real, se puede leer en http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=42&Itemid=30&limit=1&limitstart=2

[6] SEDESOL. Historias de mujeres en libertad, México, 2004. P.65.

[7] Ídem. p.73

[8] Erich Fromm. ¿tener o ser? Ed. Fondo de Cultura Económica. México, 1985. 5ª reimpresión. Pág. 25

[9] Patricia Jacobs (Coordinadora). La tejedora de vida. Colección de trajes mexicanos de Banca SERFIN. México, 1989. 2ª edición

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