EN UNA CANTINA / Autor: Héctor Campos E.

 

Fue en una cantina de tierra caliente. La  luz de las lámparas empezaba a dominar entre el sopor y la claridad vespertina que se extinguía. Estaba al otro extremo, junto al tragamonedas que molía una vieja canción. Nadie más. Los antebrazos sobre la barra, inclinado sobre ella. Serio, rígido y nervudo. El sombrero punteado Su mirada indefinible, como todo él, protegido de atisbos por una vieja chamarra de cuero. La penumbra del sombrero oscurecía el rostro y la pelambrera del bigote sobre su boca. Alzó la cara y vi el tajo que la atravesaba. El costurón bajaba de su ojo izquierdo, le fruncía la boca y volvía a subir por un lado del mentón. Levantó la copa, saludando. Ladeó la cara. El licor destelló ambarino y lo apuró por un lado del deforme orificio. Golpeó la copa sobre la barra. El cantinero, casi invisible, apareció desde algún lado y la llenó. El hombre, con desgano, caminó hacia mí.

Su seriedad la escindía su sonrisa de cicatriz.

Un rato después y con unos tragos más, su charla ligera y amena afloró. Era un tipo descomplicado y tranquilo, como si los cortes en su cara, no hubiesen penetrado su alma. Sin preguntarle me contó lo que había sucedido. Recordó la noche abismal en que los vapores del alcohol se treparon por la sangre de los hombres hasta la cúspide de la riña, donde relumbró el filo de la moruna. Lo que siguió debió ser tan natural como lo que sigue a las trifulcas de alcohol. No me dijo quién había sido ni yo le pregunté. Después de  trozos de silencio, de vacíos cortados, con pedazos fruncidos de voz, sin un orden, sin una geometría, agregó:

-Ya lo maté…y lo olvidé.

La charla aceitada por el vino se prolongó mucho rato, junto con la molienda de viejas canciones. El cantinero avisó que cerraba.  Vino a mi mente aquel personaje de Alejandro Dumas, El hombre en la máscara de hierro. Sólo que aquí la careta era de olvido y no era ficción sino una realidad tasajeada. Antes de separarnos le dije:

-Esto lo contaré algún día.

Me miró y olvidando que era el hombre que no sonríe, lo intentó y en un pliegue retorcido de su boca, relució un diente de oro.

 

Hoy, treinta años después regresé a tierra caliente y entré a esa cantina. El tragamonedas, polvoriento y mustio había enmudecido. No hubo nostálgicas canciones, pero los destellos dorados de mi copa azuzaron al tropel de mis recuerdos y pensando que llegará a leerlo, escribí este relato.

 

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