CEMENTERIOS (cuento) / Autor: Héctor Campos

 

 Como pueblos apacibles son los camposantos. Tan silenciosos que se puede escuchar el paso de la vida. Sus ocupantes, se piensa que descansan y que lo harán por toda la eternidad, tan profundamente, que no tendrán por qué quejarse. Pero a veces sucede algo y empieza el desorden. Así aconteció en el cementerio de mi pueblo. Comenzaron a escucharse por las noches, ruidos y murmullos. Las veladoras se movían para un lado y para otro, amanecían cambiadas de lugar las cruces y las flores de los recién petateados, y finalmente empezaron a verse entre las tumbas, luces de San Telmo: las fosforescencias que también en el mar siguen por el aire, a los botes. Y nadie sabía a que se debía todo ese barullo. Nomás yo y se los voy a contar: Todos piensan que los difuntos, como dije antes, una vez que lo son nada les molesta. Pero algunos terrenos no los dejan convertirse en polvo, como lo anuncia la Biblia. Ahí están los pobres, como los monigotes de feria, descosidos de un brazo o una pierna, y mucho peor si es en la cabeza o en la cara, donde traen la podredumbre a medias, ¡se ven horribles! Y si por mala suerte algún cristiano llega a verlos, huye despavorido y les comienzan a llamar ánimas en pena. ¿Cómo no van a penar?, con la cara medio podrida, cayéndoseles a cachos o soltando el rimero de gusanos. Por las noches, si la tierra es húmeda y se enfría mucho, es otro el sufrir, porque así como los ven de duros y secos, ¡los esqueletos siguen sintiendo! Y les cala hasta los huesos. Siguen acostados, pero ya no tan cómodos; por eso tanta bulla. Tratan de cambiar de posición, a la vuelta y vuelta, para ver si les deja de doler el armazón. Algunos consiguen salirse de la fosa, por esto, o porque dejaron algún pendiente del alma y empiezan con sus diabluras. Ya saben ustedes cómo es esto. No, ¡qué van a saber!, tendrían que haberse muerto. Aunque quizá los hayan visto, luego son de veras molestosos. Yo comencé a percibirlos, pero no en un panteón. Mi nombre es Saúl Sierra. Hace cinco años, en 1955, me acuerdo bien porque fue el año del temblor, andaba trabajando en el monte, en una brigada sismológica. Hacíamos kilómetros de brecha a machete. Ayudando al ingeniero me hice “observador”. Perforábamos en la brecha agujeros, les metían dinamita, la tronaban y un trebejo me marcaba si podía haber petróleo. El chofer que nos movía, Ramón Aguilar era un cabrón que la agarró conmigo, porque entramos iguales y él no pasaba de chofer y a mí ya me decían ingeniero Sierra. Pero no era mi culpa que fuera de a tiro flojo. Todo el santo día nomás silbando o tallando flautas y monos de madera. Si le indicaba algo, me contestaba: –Yo soy chofer, nomás manejo, mande a uno de sus achichincles, o hágalo usted–y agregaba burlón –ingeniero. Siempre traía gafas negras. ¡No se las quitaba ni para dormir! Los que hacen eso, decía mi padre, cubren sus ojos para no mostrar su alma puerca. Y tenía razón, si la hubiese visto me habría prevenido. Los espíritus debían aparecer sólo en los panteones. Les tocará estar ahí hasta el juicio final y con el tiempo se llegan a sentir a gusto. Ahí, la calaca con su rasero los hace iguales a todos: mujeres y hombres, al rico con el pobre, al bueno y al malo, al prieto y al güero y así con todos. Les digo esto porque en las noches, en los camposantos los he visto, reunidos en alguna cripta de esas muy emperifolladas. Hablan todos. A veces hasta parecía una junta de esas que hacíamos en la Casa del Campesino. Sólo que ellos no tenían mezcal y nosotros, ¡era lo primero! Luego empecé a encontrarlos en las casas viejas. Como la de Don Leobardo. ¡Ah qué santo señor!, cómo jodía arrastrando cadenas para allá y para acá. No se aplacó hasta que Nabor se animó a entrar y preguntarle: –Si eres un ánima ¿dime qué quieres?–Contaba Nabor que cuando lo vio, se le puso la carne chinita y se le erizaron los pelos, pero valió la pena. La aparición le enseñó donde había dejado un entierro de monedas de oro y le pidió que las compartiera con la viuda. A Nabor le ganó la avaricia y se quedó con todo. Con el tiempo lo vi, también penando, allá en su rancho. ¿Para qué carajo le sirvió ser rico así? Un día el Ramón me agarró con la vena atravesada, así que cuando comenzó con sus habladas le dije: –Mira, te regresas y que venga el ingeniero por nosotros más tarde–. Se quedó sin saber qué hacer y me contestó: –¿Qué carajos?, soy el chofer, yo los llevo–. Enojado, le dije: –Yo soy el encargado, ¡y te ordeno que te vayas! Si no viene alguien más por nosotros, nos regresamos a pata. Una noche de harto calor, nos fuimos a tomar unos tragos y ya medio borracho le dije: –¿Qué traes conmigo tú, Ramón?, ¿qué te come? Si te caigo gordo, ‘ora es el momento. Vámonos afuera y nos damos un entre. Nomás quítate los lentes. Quiero ver si me sostienes las cosas de frente. Se puso rojo como camarón. Se llevó la mano a la navaja, que cargaba en la cintura. Creí que se iba a animar, pero bajó la mano y sólo dijo: –No Saulito, le voy a dar el gusto, pero ahí más después, todo a su tiempo. Aparte de las casas viejas y los cementerios, ¿dónde habrían de aparecer los difuntos? Dicen que se quedan donde murieron, cuando fueron por muerte matada, y cuando te acostumbras a ellos dejas de sentir miedo. Es que, ¿saben ustedes?, el ánima de un difunto es cosa de nada, ¡vaya!, no tiene esencia. El humo y la niebla son mucho comparados con ella. Me puse a razonar, y caí en la cuenta que por eso, lo más que hacen son ruidos o relumbran como los cocuyos. Creo que si de veras andan muy alterados, logran mover una vela o una silla, pero de ahí no pasa. Entonces, ¿qué podrían hacer? La respuesta me llegó en Yucatán. Me encontré muchas ánimas en medio del monte. La tierra es caliente y el agua corre muy abajo en los cenotes. Allá los difuntos no tienen el problema del dolor de huesos. Sus camposantos son silenciosos y tranquilos. ¿Entonces qué hacían ahí? Cuando me animé, como el Nabor, a preguntarles, el murmullo de su espectral respuesta llegó con la misma fuerza que El Chiquinik, el milenario viento maya: –¡Te vinimos a ayudar! No hay plazo que no se cumpla y el que me dio Ramón, venció precisamente el año del temblor. Salimos del campamento y dejamos a la gente haciendo la nueva brecha. Le pedí que fuéramos a donde estuvimos el día anterior. Al llegar, me quedé haciendo unas cuentas, mientras él se alejó por la vereda. Escuché que me llamaba. En el asiento vi su navaja y no desconfié. Le oí decir:– olvidaron dos cartuchos de dinamita– Bajé de la camioneta, él estaba frente a un árbol, de espaldas a mí. Me acerqué y se volteó. No me dijo nada. Levantó la pistola y me disparó. No me dolió, no me espanté, no tuve tiempo. Ni siquiera grité. El empujón de la bala me reculó como dos metros. Me jaló de los cabellos y me recostó en el árbol. Cuando se iba, me dijo sonriendo: –Ya ve “ingeniero Saúl” no se puede quejar, me pidió un entre. Le cumplí ¿no?–Regresó y me puso el sombrero en la cara, porque la bala me hizo un agujero chamuscado entre los ojos y me desfiguró, como a los fusilados. Ahí quedé botado como perro. Me encontraron hasta el otro día. Ya había escapado y anduvo de pelada todos estos años. En los tiempos de la “casta divina” mataron y dejaron a mucha gente en el monte, como a mí. Los espíritus que encontré el día que ese desgraciado me asesinó eran de esos. Andar penando es muy cansado, es mejor irse a un camposanto a platicar con los otros difuntos, pero, ¿saben algo?, no puedes estar en paz cuando te queda un pendiente y el mío era encontrar a ese miserable. Y lo hallé. Por seguir su costumbre de chingar a mansalva, a Ramón lo agarraron en la frontera norte y lo metieron en una cárcel de pueblo. Era una celda oscura, toda descascarada por la viruela del tiempo, cerrada por una puerta de madera añosa, con una pequeña ventila corrediza. Como les dije antes, somos menos que humo y por ahí nos colamos a la celda. Estaba sentado en el piso, junto a un gringo borracho. No nos vio, porque ni ahí se quitó los lentes negros. Al otro, se le erizaron los pelos cuando nos sintió. Mis amigos comenzaron a resplandecer y Ramón empezó a temblar. Así que hice un gran esfuerzo para que yo también brillara, aunque fuera un poco, nomás para ver la cara de terror que ponía. Luego, luego se hincó y comenzó con su letanía de plañidera: –¡Perdón, perdón Saul!, ¡por tu mamacita perdóname!, de verdad estoy arrepentido. Hasta te pensaba hacer tu misa. Mientras lloriqueaba, uno de mis amigos entró en el gringo, como si tuviera picado el cuero de tanto alcohol. Entonces entendí que las ánimas no pueden hacer muchas cosas, pero pueden lograr que otros las hagan. Cuando se levantó, su mirada antes perdida y vacilante ahora era cruel y fría, fantasmal. De entre sus ropas sacó un puñal y lo hundió en las entrañas de Ramón, quien comenzó a berrear como cochino, hasta que le atravesó la garganta. La puerta se atoró y cuando lograron abrirla, Ramón parecía el mártir San Sebastián de tantas puñaladas, mientras el gringo enardecido lo seguía picando. Hoy, no más penar. Me quedé en el monte con los espíritus. Es igual de tranquilo que un gran panteón. Tienen muchas historias que contarme. A veces nos interrumpe el fantasma de Ramón, cuando lo vemos pasar. Nos lo trajimos para que no molestara al gringo que ninguna culpa tenía. Al otro día ya no se acordaba de nada. El Ramón va a penar por mucho tiempo, porque para acabarla de amolar, cuando lo encuentre verá que tiene que aprender inglés.

Fotografía: https://veracruz.quadratin.com.mx/En-el-panteon-5-de-Febrero-parte-de-la-historia-de-la-capital/

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