TATUAJES DEL TIEMPO ESBOZADOS EN EL AGUA / Autor: Martha Cupa León

 

 

Se lo contó una amiga: “Se le ve casi todo el día junto a la laguna. Se sienta en la orilla a contemplar el agua por un largo rato y regresa a su casa poco antes del anochecer.” Sabina le agradeció la información y no comentó nada. Sabía que la profunda depresión de su hermano lo estaba convirtiendo en un guiñapo. Para él la vida dejó de tener sentido cuando se separó de Nubia.

Su ex se refugió en su empleo en el Puerto de Veracruz, como terapeuta, y él renunció a su trabajo en el hospital, se mudó a vivir a Xalapa, se instaló en una  casa pequeña, y en la fachada de ésta hizo pintar el letrero: “Médico familiar”. Sabía que tendría pocos pacientes, pero lo que percibiría sería suficiente para cubrir sus necesidades elementales y darle a Nubia la mensualidad acordada.

Sabina llegó a Xalapa por la tarde y lo encontró sentado a la vera de la Laguna de El Castillo, recargado en un árbol con la vista fija en el espejo de agua. Los tatuajes del tiempo en el rostro, así como su ropa ajada hablaban de un hombre abatido. Cuando percibió la presencia femenina él trató de esbozar una sonrisa que sólo se marcó de un lado de los labios, tal era su endeblez. Ella se sentó a su lado, no obstante la humedad del pastizal.

– No te pregunto cómo estás, ya lo veo. ¿Qué pretendes? ¿Cuáles son tus planes? –le preguntó con tono cariñoso a su hermano.

– Dejarme llevar por el sino. Los tatuajes del tiempo en mi cara –dijo mientras acercó su rostro al agua y observó su reflejo– me recuerdan los grandes esfuerzos que realicé en mi vida: para obtener un lugar en la universidad, un empleo, una esposa, un hijo ¿y todo para qué? Ahora estoy solo. Ya no lucharé por nada, al fin ¿de qué me sirvió lo que conseguí?

Sabina recordó cuando Carlos era un adolescente. Parecía que estaba enamorado del espejo. Su madre no cesaba de recordarle lo guapo que era. La joven bromeaba diciéndole que, más que un espejo, lo que había en el pasillo de la casa era un póster de cuerpo completo de él, porque casi siempre Carlos estaba contemplándose. Ahora parecía un narciso mirando su reflejo.

– ¿Por qué te miras en el agua y no en un espejo de tu casa, como antes?

– Porque ahora no veo mi galanura, sino mis tatuajes de amargura marcados por el tiempo. No puedo contener las lágrimas, y en el agua no se notan. No me gusta verme llorar.

Sabina le pasó el brazo por los hombros, le acarició la mejilla en señal de afecto y él tocó su mano con cariño. Seguía absorto en la imagen que el agua le devolvía. Ella se puso de pie, se despidió y se alejó. Partió de regreso a Monterrey. Se sentía insatisfecha de la visita a su hermano: no había conseguido nada. Él estaba enfrascado en su reflejo en el agua. Decidió darse por vencida y, como dijo él­: dejar a su hermano en manos de su destino.

Un mes después Nubia fue quien recibió la noticia de labios de una vecina: “Carlos ha desaparecido. Nadie lo ha visto”. La terapeuta fue a casa de él y no lo encontró, dio aviso a la policía, preguntó por su ex a mucha gente y algunas personas aseguraron que la última vez que lo vieron fue en la laguna. Cuando lo buscó en ese sitio, su hijo de apenas cinco años señaló el agua del margen donde Carlos acostumbraba contemplarse.

­–Papá –musitó sonriendo el pequeño.

– ¿Dónde? –le preguntó extrañada la mujer.

– Ahí –dijo el niño muy contento indicando el agua donde Carlos solía observarse.

Nubia se acercó y sólo vio su propio reflejo. Se apartó y le pidió a su hijo que volviera a fijarse.

– ¿Allí está papá?

– Sí –aseguró él esbozando una amplia sonrisa.

– ¿Por qué te ríes? ¿Papá te está sonriendo?

– Sí.

– Vámonos Carlitos  –tomó suavemente de la mano a su hijo– ya encontraste a tu papá. Lo mejor de él siempre fue su reflejo. Volveremos aquí cada vez que desees verlo.

– Señora ¿quiere que busquemos a su esposo en el lago? Pudo haberse ahogado.

– No es necesario, oficial, ya apareció. Me acaba de avisar que está muy bien. Creo que está mejor que nunca. Mire lo contento que se puso mi hijo al saber de su padre.

 

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