Relato / Autor: Edgar Landa Hernández

“SI UN HOMBRE ASPIRA A UN MODO DE VIDA CORRECTO, SU PRIMER ACTO DE ABSTINENCIA DEBE SER EL EVITAR LASTIMAR ANIMALES”.
León Tolstoi.

La plaza se encontraba abarrotada, cientos de aficionados se daban cita al colosal ruedo. Vitoreaban a sus “héroes” que pronto saldrían a jugarse la vida. A expensas de unos infortunados animales. Los toros.

Mientras que, en los corrales: dos ejemplares excelsos, musculosos esperaban impacientemente su encomienda. Quizás sería su última actuación en la arena ahí, donde al final el que perdía siempre era uno de su especie.

Uno a uno salían de un túnel los matadores, vestidos de lujo y lentejuelas ante el aplauso del respetable que esperaban con ansias la faena. Más atrás, los rejoneadores y banderilleros, con trajes de luces caminaban partiendo plaza. El aplauso era extenso.
Arrancaba la temporada del toreo.

Unas palabras de un cronista encrespaba aún más el ánimo de los asistentes, entre gritos y bullas, entre aplausos.
Iniciaba la fiesta de la tauromaquia. El primero de la tarde salía al ruedo, un ejemplar de la ganadería de los arlequines, brillante, enjundioso. Bufaba. Previos toques eléctricos y punzadas con un pico de acero.

Salía encolerizado. Su nombre: Prometeo. Al igual que el célebre personaje de Esquilo.
Daba saltos, corría despavorido sin saber a dónde dirigirse, sus nervios apuntalaban su enorme caja torácica que era cubierta por amasijos de músculos y tendones.

Y por fin, del burladero se presentaba el héroe de la muchedumbre, el que haría sufrir al enorme animal hasta quitarle la vida a base de sufrimiento y estocadas.

Con movimientos dancísticos, entre chicuelinas y verónicas el modesto toro embestía una y otra vez la capa roja que era sostenida por aquél hombre sobre una espada. El hombre preparaba sus muletazos para desquiciar al toro que lo único que hacía era defender su vida.

Y llegó la hora de dar paso al banderillero, provisto de un par de aguijones corría en zigzagueantes pasos hasta penetrar el endeble lomo de aquel semental que se contorsionaba de dolor, pero eso hacía que el público se pusiera feliz.

De sus dorsales, el toro emanaba sangre, su rostro se veía fatigado, su mirada noble clamaba paz, cosa que, sin embargo; sus ruegos no eran escuchados, él estaba ahí para el deleite de los asistentes, para saciar sus frustraciones a costa de un animal.

El tiempo proseguía su curso, y las piernas del toro flaqueaban. Poco a poco su instinto de supervivencia se perdía entre el deseo de aquel torero por terminar su encomienda.

El hombre del traje de luces se apostó justo enfrente del toro, era un mano a mano desigual. Se miraron, el toro veía a su verdugo de una forma lastimera, mas no así aquel sujeto que desenfundó su espada, la alzó y la llevó a lo alto de su pecho, miró al pobre toro y se abalanzó hacia el enterrándole todo el acero sobre su lomo reventando órganos vitales que a la postre le otorgarían la muerte a aquel osado animal.

Sus últimos alientos del animal de la ganadería de los arlequines eran con emanaciones de sangre por su hocico. Su fin había llegado.

La barbarie se había consumado para el deleite de los asistentes.

Edgar Landa Hernández.

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