Doña Eduviges / Autor: Edgar Landa Hernández

Doña Eduviges, señora ya entrada en la edad adulta, siempre traía en jaque a don polo, noble señor que jamás decía nada a su señora esposa, casi durante toda su vida permaneció a las instrucciones que doña Eduviges ordenaba, Desde que iniciaba el día los gritos de doña Eduviges hacia don polo eran imperantes.-¡Ya párate polo!, se te hará tarde para el trabajo, apúrate hombre, eres un bueno para nada, todo el día quieres estar ahí echádote invernando como oso, ¿qué no te da pena?, la vida comienza más allá de las cobijas. Don polo como buen hombre y obediente siempre acataba la orden de su señora esposa.
Jamás le llevaba la contraria, no porque no quisiera hacerle de pleito, sino por que amaba a su “viejita” como él le decía.
Esta noble pareja de esposos procrearon durante su matrimonio a tres hijos, los cuales habían salido de su pueblo para buscar mejores condiciones de vida, y no seguir en la pobreza en donde doña Eduviges y don polo continuaban sumidos. Pero aun así se decían felices, y más doña Eduviges que era la más parlanchina. No así don polo que únicamente meneaba la cabeza en señal de afirmación cada vez que le decía algo su esposa.
Don polo se dedicaba a la extracción de piedra en la montaña y doña Eduviges a las labores propias del hogar. Desde que iniciaba el alba, los gritos de doña Eduviges, en aquel pequeño hogar eran el común denominador diariamente, no así don polo que únicamente se levantaba, tomaba su refrigerio y se iba a trabajar, no sin antes darle un beso en la frente su viejecita. No le gustaba que siempre desde que iniciaba el día, doña Eduviges lo estuviera regañando. Frases como “Levántate holgazán, ya dejaste todo desordenado”, “qué harías si no me tuvieras aquí”. “Para que quieres ponerte esa camisa si solo vas a trabajar”, “no comas eso que te hará daño” y un sin número de frases que sería difícil enumerarlas.
Cierto día, doña cuca, muy amiga de doña Eduviges les convidó de un rico mole con una enorme pierna de pavo, el preferido de don polo, así que cuando el octogenario señor vio aquel suculento manjar, en seguida se sentó en la mesa para poder comerse aquel guiso que les habían llevado. Cuál sería su sorpresa que con gritos, doña Eduviges, advertía a don polo que no lo tocara, que su colesterol y triglicéridos subirían y por consecuencia enfermaría.
Don polo triste salió de casa sin despedirse.
Doña Eduviges le contaba a doña cuquita que de seguro don polo se iría con sus amigotes a echar el trago, como cada ocho días lo hacía al finalizar su jornada laboral. “ya me tiene harta este viejo, es necio a más no poder”, decía una y otra vez doña Eduviges a doña cuquita.
El único lugar donde se encontraba tranquilo don polo y que él consideraba su refugio era la montaña, ahí donde con sus manos callosas y su pico y pala extraía enormes rocas para después fraccionarlas y venderlas a los constructores.
En una ocasión, don polo no tuvo la precaución necesaria y una enorme roca lo aplastó muriendo inmediatamente. El médico del pueblo nada pudo hacer por la vida de don polo, que en un instante perdía la vida.
La noticia llegó a oídos de doña Eduviges, que se cubrió en un mar de llanto inconsolablemente.
Tiempo después, justo antes de llegar al día de muertos, la ahora viuda de don polo convocaba a sus hijos a una reunión, se venía la festividad de todos santos y quería hacerle un altar al viejo don polo, recreando en la mesa todos y cada uno de los alimentos que a don polo le gustaban en vida, pero que debido al carácter de doña Eduviges jamás probó. Ahora en la pequeña morada de los ancianos todo permanecía ordenado, los gritos habían cesado, todo estaba como doña Eduviges quería, únicamente que ahora, sin don Polo.

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