ENTRE NEBLINA Y CASERONES/ Maricarmen Delfín

SERGIO GALINDO  MÁRQUEZ

2-SEPT 1926 – 3 ENERO 1993.

Para el pequeño Sergio la vida en los corredores  y todos los rincones de su casa en Xalapa eran el refugio ideal para leer, pensar y crear historias. Ser el hijo  número once de esta numerosa familia le permitía aislarse para crear sus propios juegos, sus historias, tenía tiempo para pensar e idear escenarios que en su imaginación le ayudaban a disfrazar muchas cosas, nada correspondía a la realidad, así lo comentó años después.

Le  gustaba jugar con sus hermanos y hermanas y siempre perdía,  eso le hacía huir de sus juegos, pero nunca tuvo miedos. Creaba sus paraísos con piratas y tormentas marítimas, afirmó que para él aquella época  no era en Xalapa, era el reino de Salgari. En aquellos días Emilio Salgari, escritor italiano, era el ídolo de los lectores jóvenes y sus historias de piratas y marinos eran seguidas con entusiasmo como hoy lo son Harry Potter, Crepúsculo, El Secreto, etcétera. También para Francisco Gabilondo Soler fue una gran influencia, muchas de sus composiciones se basan en los relatos de Salgari.

Galindo nunca se propuso ser escritor, desde pequeño supo que iba a serlo. Sus padres acostumbraban leer en voz alta, principalmente su madre, ellos fueron su gran influencia. A él le gustaba escuchar historias fascinantes y desde que cumplió la edad de siete años lo motivaban dándole varios libros de novelas intrascendentes pero  amenas, que le causaban  beneplácito, y con ello fomentar su amor por la lectura.

Su madre también fue su gran apoyo, su cómplice. Recordó una tarde caminando al lado de ella por los corredores de su casa, eran las dos de la tarde, con un sol espléndido, y de pronto le dice con la seguridad que le daba su vocación: “voy a ser escritor, y le platico de todo, invento y le digo, voy a escribir historias de pasiones, de odios… y la influencia  o el hecho concreto a que me quiero referir es su mirada. Ella me contempla y no duda, lo veo en sus ojos. Aprueba, sonríe”.

Con esa convicción y aplomo logró su objetivo, pues su padre no aprobaba su decisión, quería para su hijo un título que le diera seguridad económica,  él lo mencionó en una charla hace algunos años: “Mi padre quiso hacer de mí otra persona, y no lo logró, quiso que tuviera un título y yo siempre le decía: para ser escritor yo no necesito un título, yo nunca dudé de eso.”

En su etapa de estudiante escribió en una especie de periódico de tres o cuatro hojitas críticas burlonas para sus compañeros y maestros del colegio, inventando historias donde ellos eran los personajes. Él mismo se las pasaba para que las leyeran, las calificaba como tonterías, cosas de humor pero divertían y gustaban. Abandonó el género humorístico por considerarlo superficial, por la mala fama que perseguía al sentido del humor, sin embargo éste está presente prácticamente en toda su obra.

En la escuela secundaria escribió algunos versos, y en la universidad, romances que se pueden considerar corridos. Finalmente no incursionó en este camino.

Excelente narrador, el más expresivo de su generación, gran contador de historias, con recursos narrativos tomados de su entorno, de la naturaleza y de sus vivencias: las mañanas de neblina, de sol espléndido, así como los cerros y la vegetación, los tejados y caserones antiguos. Tomaba paisajes de sus viajes y de sus visitas al mar.

Tenía fascinación por la desnudez, consideraba al cuerpo humano hermoso, pero  en las partes eróticas de su obra no sintió que hubiera la necesidad de alargar una escena para que no resultara monótona o vulgar, procuraba decir lo esencial.

La comida también es parte de su escenario convirtiendo a la lectura en un platillo que se antoja degustar, en Oh, hermoso mundo, un cuento que acontece en la cárcel  de Perote, con un ambiente atroz de asesinatos y robos, hay una cantina, Los Berros, en donde se comen ostiones y manos de cangrejo, un chilpachole de jaibas y muchas cosas más, basados en menús que le proporcionaba su esposa Ángela quien tiene una sazón magnífica.

Su gusto por la pintura y la música lo inspiraron en la creación de sus obras. Para escribir necesitaba crear un silencio a su alrededor a base de sonidos, lo que él llamaba un silencio de sonidos. Cuando escribió  Nudo escuchaba el tema musical de una película que estaba de moda en aquella  época, Un hombre y una Mujer; para Los dos Ángeles escuchó un concierto de Aram Khachaturian; con Declive y Otilia Rauda fueron dos piezas de Debussy y las Sonatas 4 y 5 de Beethoven; curiosamente cuando escribió La Comparsa Galindo imaginó la música, en su cabeza retumbaban sonidos de tamboras, guitarras, marimbas y huapangos. Para crear El Hombre de los Hongos se inspiró con Vivaldi. No recordó que escuchó para Polvos de Arroz y El Bordo, con esta última obra alcanzó el punto máximo de un estilo literario especial, jamás igualado.

Su novela Declive está basada en algunas experiencias como alcohólico, lo cual disfrutó pues le inspiraba para escribir, de lo  se retrató años después cuando le detectaron una enfermedad y deja de beber, declarando que ahora sin probar alcohol era más productivo.

Con personajes de la clase media, con lenguaje y vivencias cotidianas, Galindo nos pone ante un espejo en el que todos nos hemos reflejado al leer su obra. Creados con actitudes opuestas, entre el miedo y la valentía, entre el odio y el amor, entre la rivalidad y la fraternidad, entre la venganza y el perdón, entre la vida y la muerte.

Fabricados durante años, aseguraba que sus personajes lo llevaban a él  y no él a ellos para armar las historias, se autodefine como relator y no inventor pues ellos existían con tal fuerza que siempre estaban dialogando con él. Tanto los consideró reales que sufría con la muerte de algunos y tuvo que dejar de escribir por un tiempo, estaba como de luto.

A Otilia Rauda y Rubén Lascano los imaginó desde que tenía entre 18 y 20 años, estuvieron en su mente mucho tiempo.

Nos ha impresionado con mujeres de mucha personalidad, mujeres fuertes que también han pertenecido a su familia, con niños y ancianos sumidos en la tristeza y en la soledad, hombres y mujeres rodeados por  la tragedia, en la pobreza, mujeres sexagenarias frustradas por el desamor.

Tal vez algunos de  ellos sean parte de sus recuerdos, aunque él afirmó lo contrario, pues desde muy joven, 15 o 16 años, fue un poco paño de lágrimas de muchos hombres y mujeres que recurrían a él para contar sus historias pues sabían que era buen confidente, se habituó a saber muchas cosas y a no juzgarlas jamás.

Pensaba que las personas deben enamorarse una sola vez pero no siempre ocurre esto, en sus historias los personajes se enamoraban así. Camerina se enamoró una sola vez pero ya tarde, solo Otilia Rauda se enamoró dos veces.

Nunca le gustó opinar sobre su obra pues decía que ésta hablaba por sí misma. En la actualidad sigue siendo referencia en el ámbito intelectual, sus creaciones se han reeditado, es citado permanentemente en el mundo académico y es constante sujeto de análisis a través de ensayos y en libros.

Recordamos con gran admiración al novelista, cuentista, editor, ocasional poeta, académico, promotor cultural, guionista de teatro, multipremiado, viajero empedernido, amante de la música y de los perros, padre amoroso de una gran familia, nuestro xalapeño Sergio Galindo.

Foto: Internet

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