Como me ves me ví, como me ves te verás/ Por Édgar Landa Hernández 

Édgar Landa Hernández / Sus ojos denotaban el paso inexorable del tiempo, el escaso brillo ahora era opacado por unas pequeñas manchas blancas llamadas cataratas.

Él estaba ahí, sentado en una mecedora elaborada de ixtle, quieto, mirando hacia lo lejos. Algunas veces se llevaba las manos a su rostro y suspiraba. Hoy, para todos era el anciano, el inútil que ya no podía valerse por sí mismo, aquel que contaba repetidamente sus historias y eso lo volvía a la vida, mas no a su familia que ya a estas alturas lo consideraban un estorbo.

Su piel curtida por los años, surcos que atestiguaban el trabajo a lo largo de toda una vida. Su entrecejo marcado, sus arrugas cubrían gran parte de su rostro y se notaban más cuando sonreía, su escasa dentadura lo hacía verse diferente.

Cuando lograba ponerse de pie, era todo un triunfo, su cuerpo encorvado era ahora soportado por un pequeño palo que, hacía las veces de un bastón, sus movimientos eran torpes, muchas veces perdía el equilibrio y caía estrepitosamente, siendo objeto de burlas por parte de su familia.

La juventud se había ido, ahora había llegado la ancianidad, la que es mal vista por que ya no puede uno valerse por sí mismo.

En varias ocasiones quería participar en las tertulias que organizaban sus hijos, pero para él no había cabida, ¿para qué tener a alguien que ya no podía hacer nada? Solamente repetir las vivencias que ya todos sabían, ya no tenía nada que ofrecer.

Cada día era más difícil mantener a aquel anciano, había que hacer algo y se hizo, la reunión familiar dio paso a una asamblea en donde la mayoría daba el visto bueno para que el ex jefe de familia dejara el seno familiar y fuera internado en un asilo.

Todos habían participado en la consulta, menos el que aún no sabía lo que le deparaba el destino, con artimañas y falsas poses el anciano fue convencido que iría a un lugar mucho mejor, lejos del bullicio de los nietos. ¡Aunque él ya lo presentía!

Hizo su maleta con las escasas cosas que tenía, se bañó y se puso guapo, el día había llegado.

La familia del anciano estaba feliz, por fin se desharían de la carga que les evitaba hacer sus tareas diarias.

Aquel viejo sonrió, uno a uno fue despidiéndose de ellos, al final, se le acercó a uno de sus hijos, al más joven y le dijo al oído “como te ves me vi, y como me ves, Dios quiera que te permita verte”.

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