PIENSO, LUEGO ESCRIBO. López en su laberinto / Por Akiles Boy *

 

En la madrugada de un día después del primero de julio, Andrés brincó de la cama sobresaltado, no había conciliado el sueño tras el cúmulo de emociones que se atropellaban en su cuerpo en la noche anterior. Por fin se cumplía su sueño, que dejaba a un lado varios intentos frustrados por convertirse en el Juárez moderno de una nación latinoamericana empobrecida, que por segunda vez en las últimas dos décadas, expresaba, ahora casi a gritos y de manera contundente, el hartazgo por su situación, sumando además, un estruendoso repudio a la clase política tradicional, extremadamente depredadora y gran promotora y beneficiaria de la corrupción e impunidad más vergonzosas.

Sentado, recordó con nostalgia su pasado de lucha, las feroces batallas que tuvo que librar con sus enemigos visibles y ocultos, que en temporadas electorales se multiplicaban para denostarlo y cerrarle el paso a su legítima aspiración como ciudadano de encabezar un nuevo gobierno. Estaba orgulloso de su terquedad y perseverancia. Sonrío al traer a su mente la cantaleta de sus críticos de que era un vividor de la política. Más o menos veinte años en el ajo, una larga carrera, que servía para cuestionarlo sobre su improductiva actividad laboral. En sus encuentros y debates públicos siempre había defendido su ventaja, frente a los demás contendientes, de que era el que mejor conocía el país, el único que había recorrido todos los pueblos de la República. Sin duda se había convertido en uno de los luchadores sociales más emblemáticos de la historia contemporánea.

Se levantó y fue a la cocina de su departamento, en una popular colonia de la gigantesca urbe que lo había adoptado, a prepararse un café, sentía la garganta seca y todavía no se reponía de las intensas horas de festejo y algarabía, que habían superado con creces su capacidad de asombro, esa noche en que se anunció su avasallador triunfo. En ese histórico sitio frente el Palacio Nacional, al que por fin entraría por la puerta grande.

El primer sorbo del aromático de origen veracruzano, lo saboreo como la victoria que había conseguido. Pensó, fueron las circunstancias sociales, los factores políticos, el impacto social de su campaña, la alineación de los astros, las redes sociales, cualquier ocurrencia más, pero junto con sus partidarios y fieles seguidores habían logrado la hazaña, como lo consiguió Vicente al inicio de este siglo, de abrir una oportunidad grandiosa a un gobierno de alternancia. Siguió en la introspectiva, él no desperdiciaría esa coyuntura para cambiar la historia de su Patria. Vicente había llegado al poder con enorme popularidad, pero tristemente había terminado como uno de los gobernantes más repudiados.

Se paró y se encaminó hacia la ventana, corrió la cortina y observó en la calle el clásico trajín de los capitalinos por la mañana. Le entró una especie de miedo y ansiedad por lo que viene para él y para el país. Iniciar y consolidar los cambios que el pueblo necesita y reclama. No será nada fácil la tarea de abatir o disminuir los índices de corrupción y de impunidad que como el cáncer se ha enquistado en la sociedad. Tendrá que actuarse con firmeza y con inteligencia ante el poder y la influencia de los poderes fácticos que querrán mantener el mismo rumbo de la economía y la política. Incluyendo los cárteles de la droga y los grupos de la delincuencia organizada, que han configurado los peores escenarios de inseguridad y de violencia que registra la historia.

Sin embargo, López, como él mismo se describe, optimista y conciliador, está confiado en su cuantioso capital político, pero reconoce que tendrá la obligación de administrarlo y utilizarlo con precisión. Antes y ahora con mayor razón, se ve dentro de un escaparate en donde estará a la vista de todos y bajo el escrutinio público. Tiene claro que no puede ni debe fallarle al pueblo que le dio su apoyo. Se siente tranquilo al estar alejado de rumores mal intencionados que lo asocian con las poderosas mafias que operan impunemente y que pudieran estar detrás de su triunfo en las elecciones. Tampoco le quitan el sueño las especulaciones sobre posibles pactos secretos con los grupos de poder. Con esa idea y convencido de sus principios, López regresa a la recamara y se alista para salir a la calle. Lo espera un día con agenda repleta, intenso y de mucho trabajo. Sin perder tiempo, hay que dar el banderazo de arranque del proceso de transición, el cual será la plataforma de lanzamiento de la Cuarta Transformación de la República.

Estimados lectores este relato es ficticio, no tiene nada que ver con la novela histórica “El General en su Laberinto” del genial escritor colombiano Gabriel García Márquez. En esa obra narra con su extraordinaria inspiración y después de acuciosa investigación, los últimos meses de vida del Libertador Simón Bolívar. Hasta la próxima.

Miembro de la Red Veracruzana de Comunicadores Independientes, A.C.

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