Francisco Liguori / Por Alberto Calderón P.

 

 

Un hombre de amenos, humorísticos y pícaros epigramas, veracruzano de nacimiento, nació en 1917 en la “Pluviosilla” como le gustaba llamar a su tierra natal Orizaba y falleció en la ciudad de México.

 

Descendiente de familias  de origen italiano y alemán, fue uno de los cuatro hermanos nacidos en Orizaba, posteriormente se trasladan a la ciudad de México en donde continúa sus estudios terminando los de licenciado en Derecho, actividad que nunca ejerció, a pesar de ello fue nombrado miembro de la barra de abogados, al respecto escribió: “No soy escritor de garra/ ni abogado muy capaz/ más soy miembro de esta barra/ y asistente a las demás”.

Debido a su gran agudeza y conocimientos prefirió dedicarse por completo a la enseñanza hasta los últimos días de su vida en la Escuela Nacional Preparatoria impartiendo la cátedra de Literatura y en la Facultad de Filosofía de la UNAM.

 

Tuvo varios cargos públicos como el de Director del Centro de Formación Administrativa de la Secretaria de Obras Públicas, entre otros, pero por lo que la gente lo recuerda es por sus epigramas como lo mencionan sus amigos más cercanos, “Pancho” Liguori como era conocido, fue uno de los pocos periodistas que hacían crónica en epigramas, agudo crítico de la sociedad, la política y la vida cotidiana, escribió con destreza artística breves pero certeros versos que asentaban en forma precisa los temas abordados.

 

Participó 18 años en el programa “Sábados con Saldaña” en la sección Sopa de letras al lado de Arrigo Cohen -estupendo lingüista- y del gran maestro Ernesto de la Peña, haciendo de la sección una de las participaciones más jocosas rompiendo siempre con la sobriedad con sus intervenciones que posteriormente se reproducían los jueves en el semanario de José Pagés Llergo.

Dueño de una estupenda retentiva inicialmente ofrecía los epigramas de memoria, ya posteriormente ante cámaras fue más mesurado en su forma  picaresca, siendo leídos por él sin perder con ello esas virtudes léxicas de su oralidad. Para Fernando Díez autor del libro Pancho Liguori. Presencia de un poeta en el mundo del humor, debe ser recordado como “un poeta muy por encima de un versificador fortuito”.

Entre las diversas anécdotas a lo largo de su vida, todas ellas muy buenas y coronadas con epigramas de su autoría, cito el texto de la invitación que hizo a su boda cuando contrajo nupcias en los últimos días de diciembre de 1968 con Gloria Gamiochipi, en la casa de su amiga la poeta y posteriormente gobernadora de Colima Griselda Alvarez, quien sancionó el acto fue el juez de casamiento llamado José María Lozano, y la invitación decía de la siguiente manera: A las nueve menos cinco/ del día de San Filogonio/ en el ciento ochenta y cinco/ del Cerro de San Antonio/ Gloria y Pancho, en audaz brinco/ cometerán matrimonio. Se beberá con ahínco/ y al dar en punto las cinco/ todos se irán al demonio./ Griselda será anfitriona/ Chema Lozano es el juez/ se invita a toda persona/ que lleve whisky escocés.

Era tan ocurrente que cuando el gobernador del estado de Veracruz Fernando Gutiérrez Barrios debeló una placa con su nombre para una de las calles de su natal Orizaba, despues de los discursos, Liguori inició un estribillo que versaba: “Si el gobernador quiere tanto a Pancho/ que le regale un rancho”. Para concluir mencionaré uno de sus epigramas, el más conocido quizá entre muchos, en el que  refutaba el camino de la vida en cuanto a escribir un libro, sembrar un árbol y tener un hijo, Liguori escribio al respecto: “Tuve un amigo canijo/ que leyó un libro viejo,/ aquel antiguo consejo/ y lo siguió muy prolijo;/ pero por irónico modo,/ le salió muy mal todo,/ al final de la jornada/ logró un libro muy aburrido,/ un árbol seco y torcido/ y un hijo de la chin…”

El hijo predilecto de Orizaba falleció un 22 de septiembre, recordarlo es hacerlo presente,  siendo otro de los grandes personajes del manantial veracruzano.

Escribió su propio epitafio: “Aquí yace un penitente/ de quijada prominente/ y que tuvo a bien morirse/ pues se le ocurrió reirse/ a mandibula batiente.”

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