MUJERES INVISIBLES / Autora: Lilitt Tagle

 

 

¿Cómo no pensar en las mujeres solas o en aquellas quienes son jefes de familia aunque tengan marido? ¿Quién no conoce alguna Lupe, Concha, María, Rosario, Carmelita que ha sostenido su hogar económicamente sin dejar de lado las funciones que, tradicionalmente, le corresponden según los cánones del patriarcado? Algunas de ellas probablemente viven en la misma cuadra o hasta en la propia casa del lector. Su lista de obligaciones parece no terminar nunca después de haber dado a luz -hecho que no puede eludirse cuando se desea y se es apta biológicamente-: cuidan al crío, cambian pañales, lo amamantan (tampoco entra en cuestionamiento si sí o no deben hacerlo), preparan la comida no sólo para alimentar a su pareja, lo cual harán con gran gusto y convencimiento, no cabe la menor duda, si no también para la demás familia que hubiere: hijos mayores, propios padres, tías solteronas o viudas que ellas, compasivamente han tomado bajo su protección. Sacan fuerzas de flaqueza y roban horas al sueño para mantener limpia la ropa y la casa y administran los ingresos como el mejor economista. Acompañan a sus hijos y cuidan de los miembros de la familia más vulnerables. ¿Tales mujeres han existido en épocas anteriores? ¿Es la nuestra una excepción? Es seguro que ustedes conocen casos antiguos de estas mujeres luchadoras, a quienes su hombre les fue arrebatado por una guerra, un comando armado, una enfermedad mortal, un accidente laboral, otra mujer más joven o sencillamente huyó de espanto ante la perspectiva de aportar recursos para la manutención de su descendencia. ¿Cómo es posible que ante la perspectiva de una sola obligación -aunque parezca la más importante, no lo es-, un sujeto prefiera desaparecer sin dejar huella? La mujer entonces, tomará esta responsabilidad además de las que la sociedad patriarcal le impone como sus roles de género.

 

Reseñas, biografías y reportajes sobre mujeres exitosas, acaudaladas, hermosas, con una aureola de fama (se deba a su buen o mal comportamiento) se encuentran sin dificultad en los medios, en los noticieros, en Google, en Youtube. Escritoras y poetas laureadas, actrices que ganan premios, cantantes que no están en sus mejores tiempos que recorren el país en busca de la plata que no ahorraron, políticas con aspiraciones presidenciales, investigadoras registradas en Wikipedia que reciben jugosas becas por sus aportaciones científicas y sus conferencias chistosas, todas ellas son muy respetables. Sin embargo, hay otro colectivo de mujeres silencioso e invisible, al que estamos acostumbrados a ver sin mirar, nos topamos con sus miembros en el puesto de verduras, en el carrito de fruta limpia y cortada en trozos para satisfacer nuestro antojo o nuestra sed; ellas preparan los manojos de hierbas de olor para sazonar los guisos tradicionales, esos que cada vez se van preparando menos porque las familias de hoy recurren a la comida rápida y porque las nuevas generaciones de muchachos prefieren el sabor de un hotdog (jocho) atiborrado de cebolla frita y de una piza recubierta de salsa catsup.

Muchas de estas mujeres, quiero hacer énfasis en aquellas mayores de cincuenta años, trabajan día a día para conseguir su sustento. Con una sapiencia inigualable, preparan el saquito de verduras para hacer el caldo (que no será el mismo que el saquito para sopa juliana, cada uno tiene sus ingredientes específicos y se limpiará y cortará la verdura de manera diferente). Con una sonrisa y pocas monedas regalan el tiempo de aliño al ama de casa a quien le ahorrarán precioso tiempo pues debe ella preparar los alimentos en el menor tiempo posible. Nuestras heroínas, con sus trenzas recogidas, ni pizca de maquillaje en el rostro y ataviadas con delantales de grandes bolsillos, saben, como nadie, palmear ricas picadas y preparar quesadillas rellenas de flor de calabaza y aderezadas con asientos de chicharrón, lo cual les da un sabor irresistible, para el almuerzo; otras hay quienes ofrecen en los mercados baratija y media para subsistir: gorritos de bebé tejidos a mano, servilletas de cocina bordadas, cojines decorados, chales, rebozos, prendedores para el cabello. Algunas otras dan clases de tejido en sus propios negocios y proveen el estambre para las chambritas de los recién nacidos -costumbre que también se va perdiendo debido a la feroz oferta de ropita para bebé al alcance de todos los bolsillos-. Estas mujeres que trabajan desde que el sol amanece, también puede que tengan un puesto de comida en el mercado y proveen de molitos, tortillas, frijoles, huevos al gusto, chiles rellenos, arroz, a tanta gente que al llegar a las ciudades, se siente ahí como en su propia casa. Son ellas quienes proveen a la población de hierbas medicinales, amuletos para el amor, lociones curativas y estampitas de santos. Mujeres tras puestos de pan de burro, queso fresco, chicharrones con chile y chileatoles aromáticos. Mujeres que trabajan sin esa ilusión que aqueja a la mayoría de quienes tuvieron la oportunidad de estudiar una carrera o sencillamente, de conseguir un empleo que les asegura una pensión vitalicia. Vaya para estas mujeres mi reconocimiento por su silenciosa presencia, su fuerza de trabajo no bien remunerada, su paciencia, su entrega a la sociedad y a su familia, su perseverancia, su presencia de ánimo ante la perspectiva de que trabajarán hasta el último día.

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