TRAVESÍA POR EL CONTINENTE/ Segunda parte

Maricarmen Delfín Delgado

Guadalajara de Buga Valle de Cauca, Colombia, Ciudad Señora la llaman sus habitantes y así es conocida por propios y extranjeros, con una temperatura similar a nuestra tierra: hasta 30° Celsius en el día bajando casi a 10 por la noche. Hermosa y con la estampa que guarda todo lo tradicional, nos brindó su cobijo durante los primeros días de la travesía que concluyera en Bogotá la siguiente semana; fuimos recibidos con cariño y amabilidad que nunca desaparecieron en el recorrido.

El hotel que albergó a los artistas de la pluma es una casa habilitada para funcionar como tal, con habitaciones pequeñas, sencillas pero cómodas donde la ducha es un tubo de metal de donde brota con gran fuerza la cristalina y helada agua directo de las entrañas montañosas, en Buga nadie emplea calentadores para agua (tal vez me mintieron para justificar la carencia) porque el calor es agobiante y sólo se tolera con el congelante baño.

Era la una de la tarde y la actividad en la ciudad se detuvo, aquí el almuerzo se toma entre doce y dos pm, después de esta hora todo vuelve a funcionar. Con mucho apetito nos dispusimos a comer, a probar lo típico del lugar, a comprobar lo investigado antes de llegar aquí, el caldo de gallina con huevera y yuca, sancocho de gallina, el arroz atollado y otras maravillas gastronómicas que imaginé tal cual las vi en internet. La realidad fue otra, los nombres coincidieron pero la apariencia y el sabor no fue lo esperado, en fin, teníamos que comer y lo hicimos. En Buga se cocina con poca sal, casi todo es hervido, la mayoría de sus platillos son a base de arroz, yuca, carne de cerdo y plátano verde, donde nos tocó transitar no había mucha variedad para poder escoger otra opción.

Allá abunda la fruta, especialmente el lulo que es parecido a un tomate amarillo, tienen una variedad de jugos hechos con agua o con leche que antes de prepararlos siempre te preguntan si les agregan azúcar, así debería ser en México para disminuir el consumo de carbohidratos en beneficio de la salud así como cuidar la cantidad de sal que ingerimos; tal vez por esta razón la mayoría de los colombianos son delgados. Además, es gente muy amable y cariñosa, el trato entre ellos es de sumo respeto y cortesía no importando el nivel socioeconómico, al encontrarse en algún lugar público o simplemente caminando por la misma acera saludan preguntando “cómo estás” y dar lugar a una breve conversación.

A dos horas de nuestra llegada ya estábamos en plena actividad literaria en la Casa de la Cultura de Buga, citada a las tres de la tarde la primera mesa de lecturas empezó con un nutrido público inusual en este horario para los mexicanos; Ecuador, Chile, Perú, Bolivia, Colombia y México presentes con prosa y poesía de gran belleza, con anécdotas y comentarios que contribuyeron a que los presentes conocieran un poco de cada país y de cada participante.

Cinco de la tarde y el Teatro Municipal empezó a llenarse, la concurrencia con sus mejores atuendos se acomodaba en el semicírculo que forma la estructura arquitectónica del recinto decorado elegantemente al estilo de Broadway, el interés y el amor por la cultura se percibían en el ambiente, expresiones de emoción por lo que se presentaría se escuchaban por doquier, niños y adultos preparados para disfrutar de una tarde pletórica de arte, con expresiones en danza, poesía, música, canto, escultura y pintura, que perduraron hasta después de la diez de la noche.

Hasta aquí el primer día, una jornada extenuante con muchas horas de viaje y sin dormir, con el compromiso de representar a nuestro país con el garbo que lo amerita en todo tipo de eventos, con cansancio pero con el aliciente de ser bien recibidos y apapachados a muchos kilómetros de nuestra tierra. A cenar costillas de cerdo fritas con mucho arroz, papas fritas y arepas de maíz hervido sin sal, acompañando al exótico platillo una “Póker”, cerveza colombiana de fabricación regional muy popular en Buga.

El sol brillaba, eran las 04:30, el día en Colombia nace a esa hora, allá la luz natural reina desde muy temprano. La visita a la Basílica del Señor de los Milagros o el Milagroso de Buga, no podía posponerse más y antes de las ocho salimos a desayunar para después cumplir con el cometido; estábamos hospedados a media cuadra de este santuario así que entramos a un restaurante de los muchos que se asientan alrededor para atender a los cientos de turista que regularmente llegan de todo el continente a pedir un milagro para solucionar su congoja. Todos los lugares ofrecen el mismo menú: arroz mezclado con frijoles amarillos, yuca, plátano verde y algún trozo de carne parecida a tocino; arepas, huevos pericos (revueltos con tomate y cebollín horneados), cocoa sin azúcar y tinto (café solo).

Al entrar al templo se aprecia la bella arquitectura y sus retablos, columnas, decorados, cenefas y el impresionante altar con nichos que resguardan a santidades diversas y forman una invaluable colección de arte sacro. A un costado el pasillo que finaliza en una escalerilla que lleva hacia la imponente imagen del cristo moreno con el rostro inclinado, de expresión sublime, para decirnos: “conozco tu pena y estoy aquí, esperándote para darte el consuelo que necesitas”.

El día continuaba su marcha, la cita era con los alumnos de dos escuelas, la secundaria “Manuel Antonio San Clemente” y la Universidad del Valle, a donde nos transportamos en una buseta con todos los poetas envueltos de un ambiente de buen humor, versos picarescos y bromas, lo que hizo agradable el trayecto además del bello paisaje urbano pues junto a nosotros viajaba cantarino el río, hermosas casas de arquitectura moderna rodeadas de amplios jardines.

Es difícil captar la atención de los adolescentes en este tipo de eventos, sobre todo para la poesía; decidí leerles algo más adecuado a su edad y les compartí un texto sobre los valores, al leerlo tuve la impresión de hacerlo al viento, sin que ninguno escuchara lo que trataba que entendieran, al final fue grato mi asombro cuando al encontrarlos en el patio después del evento se acercaran a saludarme para pedir quedarse con la bandera mexicana que sostuve durante mi intervención. En ese mismo espacio los reporteros de la televisora colombiana CNC realizaban una entrevista al escritor Alberto Calderón acompañada por la lectura de su poesía.

Pareciera que a los jóvenes de cualquier país sólo le interesa navegar en redes sociales, escuchar la música de moda y estar actualizados en la ropa y los cortes extravagantes de cabello, pero no, también se interesan por la literatura y sobre todo les gusta la poesía, están en la etapa de la vida donde el enamoramiento es algo inevitable, les gusta escuchar sobre el amor, el erotismo y algunas reflexiones sobre la naturaleza y la sociedad, así que nuestro amigo mexicano fue aclamado por muchos de ellos.

Ya por la noche acudimos a la Casa del Poeta Bugueño, una construcción muy antigua acondicionada de tal manera que un espacio compuesto por dos habitaciones y un patio da cabida a casi cincuenta poetas, que cada noche dejan salir su inspiración entrelazando los suspiros con las enredaderas que cuelgan de los arcos y columnas que sostiene el alero de tablones adornado con tejas. Noche tibia con un airecillo frío que soplaba repentinamente, voces que compartían su esencia salpicando el entorno con aromas de amor, desamor, alegría y nostalgia, despertando en los presentes variados sentimientos combinados con el apego por el terruño y las tradiciones. Esa noche la gente de Buga recibió nuestro trabajo poético con mucho entusiasmo, con palabras cálidas y elogiosas pedían la relectura de los versos que hablan de esta tierra y sus lugareños.

Después de dos días dejamos la ciudad, con el tradicional intercambio de libros, con nuevas amistades, con proyectos literarios compartidos, trayendo con nosotros la satisfacción de saber que en Colombia se les quiere a los mexicanos, que los sentimientos no tienen fronteras, color de piel o bandera, que la palabra que nace del corazón es la misma para todos y cuando se aprende a convivir estando lejos de tu país de origen, estos estereotipos se invalidan y nos convertimos en una sola raza, pues finalmente todos somos humanos.

Foto: Bogotá, vista parcial desde mi asiento.

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