TRAVESÍA POR EL CONTINENTE/ Maricarmen Delfín

Colombia, tierra fértil y productiva que aún conserva su pureza cultural, cuna de famosos, reflejo de lo nuestro pero con autenticidad. Así es la tierra de Colón, a muchas horas de distancia de mi país.

El día estaba exacto en su mitad, el cenit apuntaba sobre  mi cabeza y correteaba al reloj, las horas se disolvieron hasta convertirse en minutos que, como en el reloj de arena, se escurrían en mis manos hasta marcar la hora señalada para partir. El equipaje preparado, los boletos sobre el tocador, todo en perfecto orden, sólo un poco de nerviosismo por la emoción de partir. El autobús salía hacia la CDMX a las 14:15 haciendo un recorrido de casi cinco horas hasta el aeropuerto, así empezó todo, la aventura hacia un país desconocido, con la finalidad de estar ahí con mucha gente, extraños y a la vez afines, de otras costumbres pero con un mismo sentimiento.

Cerca de las siete de la noche llegamos a la terminal aérea, con una tarde soleada con poca contaminación. Maletas corriendo a un lado o detrás de sus dueños, niños y papás con carriolas y juguetes, extranjeros y monjas, jóvenes aventureros con su mochila adherida a la espalda como segunda piel, grupos de la tercera edad pero con los ánimos de la adolescencia, policías, maleteros, sobrecargos y pilotos. Otros más con silencios carteles decían mucho; los acompañantes, los que se van y los que llegan, el murmullo como enjambre en el panal y las voces que brotaban de la pared para anunciar el vuelo próximo a salir.

Por fin tomaríamos el nuestro, a las cero horas con veinticinco minutos, después de las revisiones de rutina pasaporte en mano abordamos hacia nuestro destino: Bogotá, Colombia. Arriba un caos pues viajaba un equipo de algún deporte con todo y las porristas, poco a poco se calmaron, pidieron bebidas y a dormir. Todos menos yo, me es imposible conciliar el sueño cuando viajo y aunado a mi pánico por “volar”.

A las 4:30 encendieron las luces, despertaron a todos para desayunar, carro en mano ofrecieron los alimentos con su respectivo jugo, agua o café. Los sobrecargos muy serios sin expresar ninguna emoción, servían y repartían sincronizadamente al suave vaivén de alguna turbulencia. Desayunados y alertas esperamos una hora más para aterrizar. Se escucharon las instrucciones: “cinturones ajustados, frazada y almohada detrás de la espalda, asiento en posición recta, objetos guardados y posición para el aterrizaje”. A las 5:25 llegamos a Bogotá en un vuelo tranquilo, cómodo y puntual. Nos recibió el amanecer, el sol apenas asomaba su sonrojada cara, el día presagiaba buen clima y nosotros felices ahí.

La aduana y migración con cientos de personas, un mar de gente igual que nosotros pasando los filtros para entrar al país, nos urgía pasar para tomar el siguiente vuelo a Cali, todo transcurría lentamente hasta llegar al interrogatorio obligado:

-¿A qué viene a Colombia?- ,-¿A qué se dedica?-,-¿Cuántos días va a quedarse?-

-¿Conoce a alguien aquí?-,-“Muy bien, pase. Llene este formato y entréguelo en el módulo de migración”-. Por fin pasamos, pero nuestro avión estaba a punto de despegar, corrimos por pasillos y pasillos hasta llegar al módulo para abordar, unos minutos más y perdemos el vuelo hacia Cali.

Sólo pasaron 25 minutos y ya estábamos sobre la ciudad, desde arriba se apreciaban cuadros de pasto de variados verdes, extensiones de cultivos en una cuadrícula perfecta, cielo despejado, montaña y llanura a nuestros pies. Aterrizados, y continuar con el recorrido hacia Buga. Listos con equipaje en mano, salimos en un taxi hacia la terminal de las busetas.

Calor en el ambiente combinado con el humano, a nuestro paso gente amable ofreciendo el servicio de transporte; al fin subimos a la buseta recibidos con el cálido trato del conductor que presuroso guardó nuestro equipaje en la parte trasera del autobús. Pronto llegamos a la terminal de donde salimos a los pocos minutos a Guadalajara de Buga Valle del Cauca, Colombia. El trayecto fue de una tortuosa hora sorteando curvas, camiones cargueros y baches, con una velocidad como de jet en un desvencijado camión.

Ahí estaba, frente a nuestros ojos, el imponente valle con tonos de esmeralda, con ese hilo de agua y piedras como su columna vertebral, con gente de amplia sonrisa y lenguaje amable, con el cobijo del cristo que consuela al necesitado desde el interior de la basílica símbolo mundial del pueblo, con la bóveda celeste envolviendo el entorno, con el suspiro que la montaña ha convertido en viento, con la caricia del sol y la mirada silenciosa de los tejados que como graciosos peinados adornan los caserones.

Aquí empezó nuestra aventura, literaria y de vida, pues no sólo las letras nos identificaron con los asistentes al evento poético, también el compartir día a día las experiencias pasadas, el apego a la cultura, el tiempo compartido que dedicamos a las lecturas diarias, pero sobre todo, el amor por el alimento del alma como lo es la poesía.

mcarmendelfin@hotmail.com

Foto: Cali entre las nubes, vista de los campos de cultivo en las afueras de la ciudad.

 

 

 

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