LAMENTOS / Autor Eduardo Lamas

 

El cielo llora inconsolable por tanto daño que ha recibido nuestra patria. Inútilmente trata de limpiar la sangre nueva y añeja que ha teñido de violencia la hermosa tierra donde nacieron frondosos sus árboles y crecieron alegres sus dorados cultivos.

Heridas abiertas que ni el tiempo ni el olvido inducido han logrado cerrar. México vive una barbarie, no de ahora, lo han ido mutilando con paciencia y poco a poco bajo el yugo de la podrida y nauseabunda clase del poder.

A sus hombres los han sepultado bajo la valentía de aquellos luchadores que nos regalaron la libertad. Anónimos, sin lápidas y sin nombres. Ahí bajo sus propios huesos, esperando que nadie, nunca más tenga el valor de decir ¡Basta! Lo han hecho con la idea vil de amedrentar al pueblo y callar su grito, intimidar a la plataforma que produce la riqueza que los de arriba como buitres malnacidos devoran.

México es un país desnudo, desprotegido, azotado por el hambre y la miseria que genera un sistema obsoleto que solo sirve para engordar a algunos (como cerdos).

Nos han quitado la piel y la han quemado.

Nuestro país ya no tiene la alegría de antaño, de risas inocentes, de niños en el parque y caminos alumbrados.

Vivimos amedrentados. Le tenemos miedo al ladrón y al cabrón uniformado. Al que dicta las leyes, a dirigentes amañados.

Me pregunto, en qué momento se deja de ser humano para matar a su propia especie. Porque sabemos que el hombre mismo se ha convertido en un depredador. Rey de la creación y de la destrucción.
¿En qué momento decidieron sembrar muerte?
¿Cuál será la cosecha?
No hay más respuesta que la muerte.

La ignorancia de un pueblo es aprovechada por unos cuantos “cultos” que no tienen idea de lo que es el amor a su nación, a su bandera, a su tierra ni a su gente.

Policías sin voluntad que hacen todo por obtener lo más que se pueda, incluso matar a mansalva al inocente, bajo las órdenes de un gobierno obtuso y absurdo; tirano y cruel. Desalojan a la gente, destruyen la cosecha de toda su vida, y sonríen sabiendo que cumplieron la labor del día. ¡Bravo! ya se han ganado un hueso.

Cómo logran ser indiferentes ante el llanto de los niños o de una mujer golpeada, de nuestra tierra seca y tristemente abandonada.
México, tan hermoso, tan basto y tristemente tan devastado, tan hambriento y necesitado.

Somos un pueblo desollado, sin piel ni rostro, sin sangre, sin un motivo y un por qué.

Así caminamos, desnudos y desollados, como zombis programados por la caja idiota y las noticias dulcemente maquilladas. Feligreses de la rosa de Guadalupe y lo que callan las mujeres. Mentes entretenidas y perdidas en un partido de futbol.

Al pueblo, pan y circo, aunque parece que con el circo nos dejan quietos, porque el pan está ausente en la mayoría de las mesas de los hogares.
En los templos nos enseñan a ser sumisos, a dar todo a cambio de nada y poner la otra mejilla después de recibir un golpe. A renunciar a lo material que hay en este mundo, que finalmente en el cielo no requeriremos nada.
“Un rico no cruzará las puertas del cielo”… Ahora la migración de mexicanos no es a los Estados Unidos, es al cielo con acceso directo debido a su pobreza… A ver cuanto duran las fronteras abiertas.

Eso sí, tenemos a San Juan Diego para alegría de muchos. Pidámosle que bendiga el frijol y la tortilla (cuando hay), mientras los otros se alimentan de las voces calladas, de nuestros miedos e indiferencia. Mientras con voracidad devoran nuestras carnes, y cuando terminen, nos comerán hasta los huesos.

Carlos Eduardo Lamas Cardoso.
México.
Derechos reservados.

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