Variaciones de La Mulata de Córdoba / Autora: Lilia C. Ramírez Carrera

 


Las consejas populares cuentan su prodigiosa fuga marítima, desde una cárcel de la ciudad de Córdoba, la noche anterior a que se cumpliera la terrible sentencia de ser quemada viva en la hoguera. Estos hechos se desarrollaron en el país de México y es necesario hacer la aclaración porque todos sabemos de las tres Córdobas que hay en el mundo: Córdoba España, Córdoba Argentina y Córdoba México. Lo que nadie ha contado hasta ahora es el sitio donde desembarcó esta enigmática mujer conocida universalmente como La Mulata de Córdoba.

 

Y he aquí que yo me enteré, por fortuna, cuál fue su destino. Comparto con ustedes la manera en que llegó a mí tan apasionante historia, tan real como este papel donde la escribo:

Estaba yo por culminar un viaje a través de la cuenca del Río Guadalquivir -ése al que le cantó García Lorca: El río Guadalquivir/ va entre naranjos y olivos./ Los dos ríos de Granada/ bajan de la nieve al trigo.-
Al alcanzar Sanlúcar de Barrameda, un puerto en la margen izquierda de su desembocadura distinguí, yo que soy tan dado a hurgar en las zonas urbanas,  un nombre de calle, casi ilegible, escrito en el azulejo roto de una esquina de la zona antigua de Sanlúcar: “Cæ de la mulata”. En seguida lo relacioné con las fotos que una amiga, de visita en México, recién me había enviado: un bello cuadro pintado por un artista cordobés, Martín González Villalobos, titulado “La Mulata de Córdoba”, acompañado de la leyenda sobre esa mujer quien, al parecer, en esa ciudad era muy conocida.

 

Movido por una curiosidad tal vez proveniente del sentimiento de soledad que me dio la calle, como si la calle fuera un domingo, decidí indagar más. El único local abierto era una vinatería en cuya fachada, presa también del abandono y del tiempo, otros azulejos, también rotos, representaban racimos de uvas y barriles de tinto. Lograba verse media corona de un Dios Baco, regordete y fofo, apoltronado en un canapé. Caminé hasta la entrada:

-¿Se sigue llamando aquí, calle de la mulata? Pregunté. Un hombre que frisaba los setenta años atendía el local y ni siquiera volteó a verme. Insistí:

-Señor, ¿cómo se llama esta calle?

Calle de la Constitución de Cádiz. Contestó de mala gana el viejo vinatero.

– ¿Y sabe usted porqué se llamó calle de la mulata?

El hombre tomó un respiro, me miró con una profundidad que me dio un escalofrío, jaló una silla por fuera del mostrador y comenzó a hablar:

-Aquí vivió esa mujer, la que llamaron La Mulata de Córdoba, la que querían quemar por bruja en las Américas pero se les escapó. Cuando menos, eso fue lo que pensaron quienes la conocieron. Allá, cuando mi madre se vino a vivir por estas tierras al casarse con mi padre, un marinero, conoció a una mulata muy hermosa que nunca nadie en este barrio miró envejecer jamás. Nací yo, crecí, y ya era mayorcito cuando todavía la alcancé a ver la última vez que alguien supo de ella. Dicen que caminó hacia la bocana y se perdió en el mar. Nunca regresó.

 

El vinatero me miró, un destello iluminó su mirada brevemente, dio la media vuelta y se perdió tras de una red de pescar a guisa de cortina que separaba el mostrador de la trastienda.

Cuando regresé a mirar el azulejo con el nombre antiguo para tomar una fotografía, no pude dar con él. Caminé varias manzanas sin encontrarlo.

Se me ocurrió entonces ir a los Archivos de Indias que reposan en Sevilla, capital andaluza, ciudad fuertemente ligada al Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición que fue el que sentenció a La Mulata de Córdoba. La historia registra que Isabel y Fernando, los Reyes Católicos, solicitaron al papa Sixto IV una bula papal para la creación de este Tribunal de la Inquisición del Santo Oficio como dependencia directa de la Corona “para descubrir y acabar con todos los falsos conversos”.

 

La verdad oculta es que Tomás de Torquemada, confesor de Isabel de Castilla, fue quien propuso a los Reyes Católicos adoptar esa estrategia, que ya existía en Europa desde el Siglo XII, como una medida encubierta para paliar con la escasez de fondos del tesoro.

De esa manera Isabel y Fernando decomisaron, a todo el que se comprobara fuera hereje, sus bienes y propiedades. Lo malo fue que Torquemada, como suelen hacerlo quienes ostentan el poder, se excedió, y las acusaciones no fueron investigadas en la mayoría de los casos. Fue tal el éxito monetario de la Santa Inquisición, que pronto se extendió a la Nueva España.

 

En los Archivos de Indias que corresponden al Virreinato de la Nueva España, en el legajo No. 1570 inciso d, titulado “De la suerte de una mujer hermosa que fue tildada de bruja porque belleza así no era propia en la descendencia de negros traídos desde el África”, no encontré, como era de esperar, ningún dato sobre las razones por las que había sido sentenciada a morir quemada viva en la hoguera la bella mulata. Pareciera ser que fue su extraordinaria belleza lo que la condenó.

 

Regresé a Sanlúcar y esta vez me dirigí al Archivo de la Alcaldía. Pasé semanas hojeando las carpetas de la década de 1570. Un legajo cuidadosamente dispuesto dentro de una caja de madera, atado con una cinta roja, llamó mi atención. Un pequeño pergamino escrito con letra antigua contenía la siguiente anotación:

“Vecinos de Sanlúcar de Barrameda declaran haber visto en su ciudad aparecer un bergantín de la noche a la mañana sin que se le avistara de lejos.

De él descendió una mujer sin duda perteneciente a la casta de los mulatos, pues a la vista parece ser descendiente de negro cruzado con español.

No se tienen noticias de tripulación alguna que haya venido en el bergantín lo que sí se puede asegurar es que éste hizo un viaje muy largo a juzgar por el desgaste de las velas.

Los vecinos sospechan que se trate de un encantamiento o de magia negra tan común entre los descendientes de la raza negra.”

Regresé a buscar al vinatero. Estaba seguro que sabía algo más que callaba. Esa tarde nos bebimos un tonel entero de vino verde acompañado de un jamón de jabugo que llevé cargando desde el otro extremo de Andalucía, carísimo, pero sirvió. El vinatero fue desentrañando la historia:

-Fue mi madre, era mi madre y se fue, nunca la volví a ver. A Ella le encantaba viajar y ha de seguir haciéndolo.

Con ojos llorosos me mostró una carta que guardaba con mucho cuidado en una esquina del mostrador y que aquí transcribo:

“Cuando yo era pequeña quería viajar y sabía cómo hacerlo pero lo que no sabía era dibujar barcos con precisión. Un día, encontré un mapa en un viejo libro de oraciones. Un mapa que no entendí pero que tenía dibujados barcos que iban y venían en el mar que rodeaba lo que debía ser tierra. Ahí estaba la respuesta a mi incapacidad de dibujarlos con exactitud. Coloqué el trozo de papel sobre el piso, mis pequeños pies cupieron en la figura de uno de los barcos, el que se me hizo más grande para mis propósitos. Con mi voz de cuatro años, dije: ¡Córdoba! Yo quería ir a Córdoba, la del califato, aquí en España, pero la magia es la magia y fui a dar a otro sitio del mismo nombre, en la Nueva España.

Así fue como inicié mi aventura en la ciudad de Córdoba México, en donde tuve una buena vida y me hubiera quedado muchos años más si no fuera porque estuve a punto de perecer, quemada por el Santo Oficio. Me vi entonces en la necesidad de regresar a casa dibujando un barco en la pared de mi celda.”

 

El hombre se soltó a llorar desconsoladamente y yo, no supe qué hacer. Salí silenciosamente de la vinatería y caminé sin rumbo fijo por varias horas. Por eso escribo para ustedes esta historia.

 

 

Lilia C. Ramírez Carrera (Lilitt Tagle)

 

Pintura: Onorio Robledo “La mulata de Córdoba”

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