La emboscada* / Autor Isis Samaniego

 

Éramos demasiado pequeños cuando un ejército se abalanzó sobre nosotros. Empezaron por mordernos los dedos de los pies. El sueño, que ese entonces era pleno, hizo que no despertáramos hasta que las tuvimos en el cuello, a punto de sucumbir ante sus temibles tenazas, que ya en ese trecho del cuerpo debilucho de un niño eran un arma letal e infecciosa.

A gritos y sombrerazos nos despertamos aterrados, algo se había introducido en nuestra cama para tratar de asesinarnos. Gritamos a más no poder que nos quitaran esos bichos de encima.
Corrimos en rededor de la cama, del cuarto a la cocina y viceversa, sin encontrar el apagador de la luz, y la noche tan oscura caía sin tregua sobre nosotros. Cuánto miedo teníamos agazapado entre los calzones y los calcetines, que era lo único que conservamos ante ese ataque feroz.

Cuánta maldad creímos infligida contra nosotros. Sospechamos de todos: del gato que días antes le habíamos amarrado una lata a la cola y que para mejor agarre le rasuramos con tijeras; del perro al que bañamos en una tarde tan fría que y que por esa causa mamá le había colgado una cinta al cuello con limones que ya no pudimos saborear.

También sospeché de la lagartija que pescamos entre los matorrales del floripondio, y acabamos por encerrar con muchos mosquitos para que no muriera de hambre, y sin embargo escapó.
Imploramos que nos abrieran la puerta. Nadie escuchó el llanto de nuestras gargantas, ni vio los mares de lágrimas que tiramos en abundancia en ese mundo desierto. Sólo quedó la noche para gritarle. La oscuridad era inmensa como nuestro miedo y el llanto sin eco.

Mamá traía en su monedero la llave de la puerta, siempre al final o a mitad de la noche. Por eso no recuerdo la cara de ella. Ahí crecimos solos, como dos huérfanos, como dos sin papeles, siempre con tutores que nos maltrataban porque no había sueldo para trabajo tan ordinario como la crianza de un niño.

La rasquiña y el ardor de la piel eran insoportables. Buscamos huecos para escabullirnos de esa amenaza. En vano tratamos de abrir la puerta. Por fin encontramos una salida, el cristal de una persiana en la ventana faltaba. Fue suficiente para alzar una escalera de sillas y almohadas. Huimos desde esa noche. La calle fue el mejor hogar que soñé.

Isis Samaniego

23

Ya en la rebatinga por salir, nos tapamos con lo que pudimos encontrar. Un solo zapato te acompañaba, un short, una gorra y la carrera. Mi suéter era tan largo como el trayecto de la nada que pisamos durante toda la calle de Hermenegildo Galeana, hasta que una señora nos ayudó a cruzar la acera principal, donde mis audaces señas dieron con la párvula casa de la abuela.

Ese ente arrasó con todo. A su paso fue dejando cadáveres que descubrimos al otro día, cucarachas carcomidas, grillos tostados de vacios, gusanos retorcidos y otros tantos que al igual que nosotros fueron tomados por sorpresa.

Mamá hizo las indagaciones necesarias para descubrir que el ataque se había iniciado por unos panes que tú y yo guardamos de contrabando debajo de las cobijas, y que ellas en esa vorágine de hambre detectaron. Con tal saña nos atacaron que al otro día los dedos de los pies no pudieron meterse en los zapatos de la escuela y eso fue un punto a favor para no terminarlas odiando. Mi oreja izquierda zumbaba por la comezón y tu cara parecía un algodón rosa de los que vende en las ferias de los pueblos.

La maestra nos visitó y de ahí dio el veredicto: tres días en casa sin ir a la escuela. Razón de más para perdonarles la emboscada a esas negras hormigas, a quienes de ahí pal real les tuvimos consideraciones, no por buenas, sino porque habían hecho el milagro de que alguien nos tomara en cuenta en esa casa llena de hostilidades.

Hay veces que sospecho que fuimos felices tú y yo robando pedazos de pan en la panadería de la esquina. Era el consuelo de este par de niños mal nacidos.
Te fuiste ayer, cuando ya podías caminar bien y la cabeza no te dio para el estudio. Te fuiste al otro lado en busca de esperanza y de trabajo. No creo que regreses, las afrentas fueron muchas en esa casa, donde las emboscadas no sólo eran de las hormigas.

Pero, por si las moscas, tengo un espejo para platicar contigo, pienso qué decirte y ensayo todos los días, hasta aquél, que espero llegue, y la Némesis tome en sus manos el destino de nuestros padres.

 

*Cuento que le da título al libro de Isis Samaniego publicado en 2012 por Ed. Zetina y Ají Ediciones.

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