El beso del cuento / Autor Efigenio Morales Castro

 

Con la voz cargada de años, el viejo Simón comenzó diciendo: hubo una vez un molinero muy pobre que tenía tres hijos: Pedro, Juan y José. Su única fortuna era un molino, un burro y un gato. Cuando murió, los tres hermanos se juntaron para discutir sobre la herencia.
-¿Otra vez El Gato con botas?- fue la pregunta de los nietos que se elevó como masa evaporada con ritmo y tono casi igual. El viejo, al ver descubierta su rutina cuentística, sólo alcanzó a decir: es uno de los cuentos más bonitos de Perrault. El pequeño René, noble como las mariposas, le dijo: anda, abuelo, no seas malo, cuéntanos otra historia de animalitos, como esas que navegan en tu imaginación. Simón encogió los hombros y escondiendo las arrugas, contestó: está bien, hoy les contaré una historia linda y verdadera. Frunció las cejas y sus ojos adquirieron un brillo de recuerdos. Su cerebro, estampó con palabras, lo siguiente:
Corría el año de 1864, cuando en los montes de nuestro país empezó a circular la palabra democracia. Era como si esta palabra hubiera adquirido cuerpo de aire y penetrado en el mundo de la fauna, dispuesta a cambiar la situación. Todos los animales se alegraron y decidieron reunirse. Pero, ¿para qué reunirse? Pues para nombrar un emperador, ya que en los montes, era la anarquía la que gobernaba con corona invisible. Pues bien, en todos los árboles se pegaron convocatorias para dicha reunión. ¿Y saben lo que estaba escrito en esos papeles? (Es posible que en algún zoológico se conserve algún ejemplar). Decía lo siguiente:
A todos los animales de México:
Se les invita a la reunión para adoptar y nombrar un soberano.
Esta reunió n se llevará a cabo el 10 de abril de 1864. El lugar se dará a conocer después.
FIRMAN
El representante de los búhos y la representante de las culebras.
La reunión, en efecto, fue en abril de 1864; se llevó a cabo en El Desierto de los Leones. Llegaron venados de Tamaulipas, alacranes de Durango, changos de Catemaco, y serpientes de todas las regiones (pues querían tener puesto en el futuro gobierno), coyotes de la Sierra poblana, lobos sin identificar su lugar de origen, pájaros,
conejos, ardillas, tiburones del Puerto de Veracruz, papanes de Papantla; en fin, toda la fauna mexicana con aliento de esperanza estuvo presente. (¡Ah!, se me olvidaba decirles que gran cantidad de ranas y sapos estuvieron presentes, formando una banda de música con los grillos. Las mariposas formaron un ballet). Todos estaban silenciosos al principio; una alegría muda corría por los rostros de distintos colores. El búho subió a la tarima (ésta fue hecha por pájaros carpinteros: un pez sierra les ayudó) y se colocó los lentes. Puso entre sus garras un papel (carcomido por un ratón) y habló:
Queridos compañeros animalitos:
-El motivo principal de esta reunión, es para lograr que la democracia viva con nosotros en los montes-. Un aplauso que entumía las manos se escuchó. Una rana, que había tomado pulque, sumió la panza, al mismo tiempo que gritaba: a toda máquina, hay que bañar a la democracia con agua mágica.
El búho clavó la mirada sobre ella. A su cerebro, llegó de visita un pensamiento: “¿qué le pasará a esa rana loca?”- luego siguió con el discurso:
Como les decía hace un momento: queremos que la democracia esté con nosotros. Pero para que viva en nuestros hermosos montes, es necesario que un Partido esté al frente-. Esto último, hizo que la rana se volviera a desbordar: sí…sí… queremos un partido de futbol.
Al ver que todas las miradas la envolvían en un manto de reproche, preguntó con cierta timidez: ¿o lo quieren de basket? Un coco sobre su cabeza fue la respuesta de un chango. Pasado este incidente, el búho siguió hablando:
Pues bien, este Partido Político se encargará de nombrar al soberano. Ese gobernante tendrá que ser inteligente, fuerte, hablar varios idiomas y de sangre noble…
El discurso fue interrumpido, por un nuevo grito de la rana:
-¡El chango, el chango..!
-¡¡¡¿Qué?!!!- fue la respuesta de la multitud que quería la democracia.
El búho desaprobó las palabras de la rana: eso no puede ser. En principio; tampoco habla idiomas. Darwin anda diciendo que fue el mono (primo del chango: bueno, eso pienso, pues casi tienen la misma cara) quien dio origen al hombre; yo no lo creo. Eso lo ha venido difundiendo desde por 1838. En lo personal, creo que el único animal, fuerte, inteligente, noble y habla idiomas, ¡es el león!
Una minoría aplaudió. La rana gritó nuevamente: yo no digo que el chango sea el rey, lo que quise decir, es que el chango me pegó con un coco, ¡que lo e carcelen!,¡que lo encarcelen!
El chango estaba en lo alto de un árbol. Desde ahí dio contestación: callen a esa rana gritona. Con el disgusto que corría por sus ojos, el búho metió orden: calma, calma amigos animales. Le pido cordura a la rana; si no guarda silencio, es a ella a la que encarcelaremos.
El silencio aterrizó en ese lugar. Después de esto, el búho prosiguió: como les estaba diciendo, el león es el indicado para que ocupe la corona de emperador. Se escucharon los aplausos de las víboras y de los alacranes. La voz de la rana se volvió a escuchar: a todo dar, hay que hacerle al león su corona de sal. El búho preguntó que si no había otra propuesta, esa asamblea tocaba fin. Pero un conejo, con voz agitada, cuestionó: ¿y de dónde vamos a traer al león, puesto que no hay en el país? El Desierto de los Leones (que es un lugar que sólo tiene el nombre de leones) quedó mudo, en incógnita. Todos decían que eso era verdad. Al ver el desconcierto que corría por los rostros de la mayoría de los animales, el búho gritó: ¡pues vendrá de Inglaterra, de Francia o de Austria!
Los animales de pensamiento libre y de verdadera democracia, movieron la cabeza negativamente y abandonaron el lugar, sólo las culebras y alacranes siguieron aplaudiendo: el búho también lo hizo.
Toñín, que rebasaba en edad y estatura, pero no en nobleza al pequeño René, preguntó al abuelo:
Entonces, ¿los animales nombraron al emperador?
El viejo Simón bostezó y dio respuesta a Toñín: no, no lo hicieron los animales, pero sí los hombres. Estos nombraron a Maximiliano. Fueron los hombres con pensamiento de víbora los que quisieron entregar a México también en 1864; pero el Presidente Juárez y el pueblo no lo permitieron. René intervino en la charla: ¿y cómo sele llamó a ese Partido de hombres de pensamiento de víbora, abuelito?
-Conservadores, hijito…conservadores.
La pequeña Carmelucha, preguntó un poco inquieta: ¿verdad que ya no existen esos hombres, abue?
El viejo sonrió, para luego hablar: existen todavía hombres que tienen ese pensamiento: quisieran vender completamente a nuestro México. René dijo con voz chillona: nosotros no seremos así, ¿verdad abuelito? Nosotros no entregaremos a México. No, hijo, no lo haremos, contestó el viejo Simón, quien tenía sobre su cuerpo el invierno de la vida bien marcado. Después les leyó a sus nietos La lechuza, de Onelio Jorge Cardoso, y Once caballos, de Dora Alonso. Guardó silencio, cuando sus tres nietos lo hacían. Los contempló sonriendo: estaban dormidos los niños. Recordó, cuando de cuento en cuento dormía a su hijo Antonio, padre de los tres chiquillos. Era cuando la sangre la tenía joven; también el cuerpo. Su hijo creció y ahí estaban sus retoños. También van a crecer y quizá también contarán cuentos a sus nietos. El viejo Simón ya no lo vería. Dos gotas cristalinas salieron de sus ojos y se arrullaron en el suelo. La luz se escondió en los rincones de la casa: el foco quedó sin vida:la oscuridad no pudo denunciar a quien regalaba en esos momentos pasos lentos y débiles.
Pronto el silencio se hizo silencio. Tal vez el viejo Simón estaba preparando en su sueño el próximo cuento.
Mientras tanto, la mente infantil de Toñín iba de la mano con Alicia y el Sombrerero. Se encontró en el jardín de los sueños, con su hermano René. Este jugaba con Geppetto y Pinocho. A ellos se unió Pulgarcito. Todos entraron en las botas de siete leguas que llevaba Pulgarcito. Tomaron altura: cerca de una nube que era acariciada por el sol. Toñín descubrió su casa y en el patio al abuelo Simón. Este cargaba una cubeta con agua y ésta hospedaba una tortuga: Carmelucha estaba con él; junto a ellos, un gato con botas. Toñín les dijo adiós y ellos movieron las manos. Pronto el viejo Simón, Carmelucha y el gato con botas tomaron forma de puntitos: se perdieron en la distancia.
¿A dónde llevaría las botas de siete leguas, a Toñín, René, Alicia, al Sombrerero, a Geppetto, a Pinocho y al propio Pulgarcito? Toñín se movió en su cama y sonrió: La noche lo abrazaba cariñosamente. Fuera de él, el silencio seguía mudo: regalaba estrellas. El sol seguía siendo prisionero de la noche. Tardaría en aparecer el nuevo día.
Unos ronquidos infantiles, comenzaron a entorpecer al silencio. Éste se arrulló con ellos.

30 de abril de 2018.
Dedicado a mi nieto Luis Eduardo Morales Guzmán…porque algún día lo va a leer.
A todos los niños.
“Cuando los niños logran besar al cuento, es que su amor es profundo”.
E.M.C.

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