Verde Lágrima / Por Alberto Calderón P.

 

Verde lágrima es una forma de mirar el mundo, en un eslabón armónico engarza la filosofía, con abstracciones que nos hacen regresar a la infancia y juventud. Experiencias de vida que juegan con los sentidos, llevando en la cadencia, el ritmo de los universos llenos de frescura que ofrece la naturaleza, nos traslada a un recorrido para ver y sentir todas las imágenes que se muestran a lo largo de ese peregrinar en la etapa temprana,  integrada a la naturaleza, sintiendo la verdadera patria, uno quisiera quedarse con cada uno de los poemas para estacionarse y detener el tiempo, volviendo a sentir la neblina, y ver los cocuyos en la noche. Me hace recordar mi propia infancia.

 

Isis poseedora de un lenguaje como el cristal, es capaz de transparentar sus sentimientos, volando como las aves extendiendo sus brazos en un manto invisible hecho de nubes que bajan de las montañas para que juntos sigamos las pisadas que recorrió de forma viva o imaginaria: los lugares del pueblo, el aroma a café y las charlas con los viejos son un estupendo marco en el que se profundiza para mostrarnos la vida en diferentes dimensiones, desde los seres diminutos que al cobijo de la noche iluminan con sus cuerpos, extrapolando la imagen a una proyección cósmica, o la vida diminuta en el parque entre la humedad de los maderos y la tierra llenos de luz dando la existencia a sus pequeños retoños, cumpliendo ciclos que nos recuerdan las espirales de la vida.

 

La tierra es otro elemento que al igual que las montañas se hace presente en este que me parece es un sublime canto a la naturaleza, un reconocimiento a la existencia sencilla de las cosas que se dan de forma natural, un espectáculo hecho poesía ya que todo lo que se encuentra alrededor nuestro forma parte de la cadena de vida que no ancla las existencias, por el contrario les da la riqueza y la libertad en ese equilibrio.

 

La naturaleza trae los sonidos del viento, y el abuelo los atrapa con su clarinete para darle forma y armonía sorprendiendo el corazón de la poeta, irradiando con las notas todo su cuerpo. La lluvia ofrece vida siendo otro de los elementos que hace su aparición como lubricante natural para la creación.

 

Surgen recuerdos como relámpagos que iluminan la noche entre la implacable oscuridad y vemos aparecer aves, la vida nocturna del monte y chozas donde los campesinos pasan sus noches en contacto con la tierra, la vegetación y el olvido.

 

Regresar a la infancia y recordar es el retorno a la integración de imágenes que tienen vida, que se mueven, se sienten las gotas, las lágrimas que reverdecen el campo. El viento da movimiento al cabello, al igual que a las hojas de los variados frutos que nos hacen sentir el deleite al tomar el deseado y saborear su pulpa.

 

La revelación periódica del primer amor vuelve a estremecer el cuerpo formando parte de las vivencias atesoradas entre la variada vegetación y las enormes hojas de plátano que en un momento fueron un referente invitando a descifrar esos mundos secretos para conocer otros momentos de la espiral de la existencia.

 

Crecer, descubrir, despertar el interés por la figura de la niña de enfrente y pasar súbitamente a retar tormentas y a la propia muerte pero desvaneciéndote al roce de su piel, buscando respuestas al paso las nubes e iluminando con recuerdos la oscuridad.

 

El tiempo pasa, el mundo cambia, las huellas de las pisadas del ayer llegan con el viento que se cuelan al interior del ser, ocultando vestigios como los sueños al salir el sol. El infortunio de dejar la juventud y traerse solo en la memoria ese amor, la reminiscencia llena de verdor y el despertar, sin los ruidos ensordecedores del bullicio de la ciudad. El canto de las aves, los sonidos de los animales e insectos creaban en su conjunto esa armonía tan necesaria, como esos ojos esmeraldas que te seguían entre las cortinas de la maleza.

 

Atrás quedó el escudriñar los rincones de su cuerpo, avivando la llama en el atardecer, su gemido arranca un suspiro que brota como un eco lejano que llega del silencio del campo que siempre fue más que veredas aceitunadas en la inmensidad de la montaña.

 

A pesar del tiempo transcurrido aun hay vigencia en los recuerdos. Contrastándola con la incomprensión citadina que se presenta cotidiana como una barcaza a la deriva en un mar embravecido.

 

Es el origen, el campo y la niñez, lo es también la ecología, ver la gradual destrucción del habitad. Pero también es el paisaje, el amor, los recuerdos, en ese viaje por el tiempo, los momentos hermosos. Quedamos atrapados en la verde lágrima.

 

 

Alberto Calderón P.

 

 

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