La oficina de estanques y jardines / Didier Decoin (Premio Goncourt)

El escritor francés y Premio Goncourt Didier Decoin cree que “la respuesta a todo está en la literatura” y, a través de ella, reflexiona sobre su máxima preocupación, la persistencia del alma después de la muerte, en su última novela sobre el Japón medieval.

Doce años investigó Decoin (Boulogne-Billancourt, 1945) la cultura nipona para escribir “La Oficina de Estanques y Jardines”, editada en español por Alfaguara, una novela en la que habla también de otra de sus pasiones, los aromas.

Desde adolescente le atrajo la cultura japonesa y lo que él consideraba una paradoja: “¿Cómo un pueblo tan refinado pudo llegar a la crudeza que demostró en la Segunda Guerra Mundial?”.

En una entrevista con Efe explica que se dedicó a la lectura de libros nipones y así cogió “el virus del Japón”, que refleja en esta novela que considera la más cercana a él de la veintena de títulos que ha escrito, porque contiene cosas que ama.

La novela está protagonizada por Miyuki, una campesina de 27 años, que en el Japón del año 1100 debe reemplazar a su fallecido marido y convertirse en la encargada de surtir de carpas, que pesca en su pequeña aldea, los estanques de la ciudad imperial.

Con esta misión emprende un largo y difícil viaje reclutada por el director de la Oficina de Estanques y Jardines hasta llegar a la corte donde se convertirá sin querer en protagonista de un concurso de perfumes convocado por el emperador.

A través de esta historia, Decoin habla de la “persistencia” después de la muerte: “Miyuki es viuda pero tiene la convicción de que su marido sigue estando junto a ella”, señala el autor, que asegura que fue consciente de este sentimiento por primera vez cuando murió su padre y él seguía pidiéndole consejos de tal forma que así continuaba “haciéndole vivir”.

“La única filosofía importante es la de la supervivencia del alma”, sostiene este escritor francés.

La literatura japonesa es “admirable, transparente y cristalina. Vemos a través de ella pero al mismo tiempo tiene una gran consistencia”, dice Decoin, que destaca también la sensibilidad especial del pueblo nipón para el sentido del olfato.

Al contrario que los europeos, asegura, los japoneses “son capaces de tolerar olores que a nosotros no nos gustan y consideran que, aunque no sean agradables, se merecen algo más porque proceden de la vida”, sostiene.

Por el contrario, los franceses “tenemos miedo al mal olor y estamos fascinados por el desodorante y el jabón”, recalca.

 

Tomado de la agencia EFE si comparte con fines de divulgación literaria sin intensión de lucro.

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