EL CANTO DE LOS BURROS / Autor: Alberto Calderón P.

 

Tratar de acercarse a este equino resulta difícil y sorpresivo. Lo que más conocemos son descalificativos sobre su animalidad, las pocas palabras de aliento quedan cortas ante el embate que por siglos le han endilgado al pobre cuadrúpedo; que si sus orejas son largas y son sinónimo de necedad o ignorancia y otras. En gran cantidad de países, ahí donde los profesores lo permiten se sigue castigando a los niños del mismo modo que fuera castigado el rey Midas al juzgar a favor de Marsias en una pugna musical entre éste y Apolo, con unas orejas sobre su cabeza parado en una esquina. Y a decir verdad no solo las orejas tiene grande el burro, de éso precisamente no se hace alusión a lo largo de la historia, acaso por un recato moralista.

Esos peludos de gruesas cerdas como envoltura, a diferencia de los caballos no relinchan, ellos lo manifiestan rebuznando, un compuesto de exhalaciones e inhalaciones rítmicas; tampoco le hacen desprecio a la comida, mientras los primeros se embaúlan gran cantidad de pastura y heno, al sencillo pero trabajador borrico le bastan algunas hojas de los árboles inmediatos y si no tiene pastura postra mandíbulas en arbustos cargados de espinas sin que le hagan mella a su fuerte estómago, para otros parecidos sería un suicidio. Este es el animal que hizo posible con su trabajo apoyando al hombre grandes empresas que sirvieron para que nosotros estemos hoy aquí sin acordarnos de la importancia que tuvo hasta pasada la mitad del siglo anterior. Ésto no lo digo de dientes para afuera como se le ve la edad a estos animales, más bien lo digo de dientes para adentro, que es la forma sutil de hacer un intento para dar una explicación hasta cierto punto ligera de lo que el burro ha sido con el paso del tiempo. Es remar a contracorriente, ningún animal es tomado como ejemplo de necedad, ignorancia y malas costumbres como este pestañudo trabajador, desde la Edad Media le colocaron dichos que se conservan hasta nuestros días, Costumbre de una equivocada comparación que será difícil cambiar.

El burro incansable, del que buscamos desmitificarlo por las locuras de necio y tonto, nosotros como ven ¿estamos a salvo?. “El miedo no anda en burro”, sin embargo soy más temerario que el chaparrón cuadrúpedo, él sabe cuándo parar, yo no. ¡A que abusado salió este humilde borrico!

Sinónimo de trabajo, compañía y nobleza a diferencia del caballo que no hubiera resistido los escarnios productivos del desarrollo universal, ellos traían cargando a los poderosos, a los que se desplazaban a gran velocidad, a los dominantes. Los burros no, ellos junto a otros humildes lucieron y forjaron nuestra historia, nuestra vida.

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