“El escritor, ese absurdo dinosaurio” / Autor: Rosario Castellanos

No es que me guste presumir sino que tengo que informar, como periodista veraz, que me eligieron para que presidiera la comisión número 1, del Tercer Congreso Latinoamericano de Escritores, que iba a discutir los problemas específicos de esta profesión.

Se escucharon las ponencias de los salvadoreños, de los guatemaltecos, de los ecuatorianos, de los puertorriqueños, de los paraguayos, de los representantes de Haití. Y, con pequeñas variantes, era la descripción de un mismo fenómeno que hace vigente todavía entre nosotros la frase que Larra pronunció hace un siglo:

“En países como los nuestros escribir es llorar”.

Vamos a tratar de convertir el muro de lamentaciones en algunos principios inteligibles. Cuando un escritor latinoamericano habla de su problemática generalmente se refiere a hechos muy típicos que se repiten con una frecuencia desoladora a lo largo y a lo ancho de nuestro continente.

El primero de estos hechos, el más angustioso, el más urgente: el oficio literario no puede ejercerse de manera exclusiva porque el producto literario carece de consumidores. Por una parte no existe, pues, fuente de ingresos, remuneración para el trabajo. Por la otra, el libro carece de destinatario. La frustración es doble.

Pero esta falta de lectores no significa, lo cual sería demasiado coherente y lógico para ser verdad, el anonimato. El escritor es visto por la sociedad que lo circunda como un privilegiado que suscita envidias, tentativas de imitación, proselitismo.

No importa que el escritor, por incómodo que resulte a las fuerzas vivas encarnadas en gobiernos e instituciones, sea una piedra en el zapato de la colectividad, que incomoda, que no permite avanzar sino muy dolorosa y muy dificultosamente, en la dirección que se tiene propuesto, que retarda la marcha. No importa que moleste, no por ello deja de ser un objeto de exhibición y de ornato. Aunque se le encarcele, aunque se le exilie, aunque se le fusile, aunque se confisquen sus obras, aunque se les deje permanecer inéditas, el nombre de los escritores a los que, en su momento se les ha hecho mártires, se invoca más tarde en las ceremonias oficiales por aquellos mismos que los martirizaron, y sirve para bautizar los centros de enseñanza, para erigir estatuas en los parques en los que se arrullan los enamorados, para obligar a los niños a hacer odiosos ejercicios de memoria.

Los escritores se quejan, pues, de algo que, por poco que conozca sus tradiciones y su propia historia literaria, puede producirle cualquier tipo de sentimiento, excepto el de la sorpresa. Cuando se elige la carrera literaria (porque no la impone nadie, porque tratan de disuadirlo las tías prudentes) ya sabe que iba a encontrarse con cierto tipo de obstáculos y a correr un riesgo. Si lo acepta es porque persigue algo que vale lo que el riesgo corrido o más. Ahora bien, ¿qué es ese algo? Desde luego no la consecución del poder. La política es una actitud práctica ante el mundo, que tiende a transformarlo por medio de la acción y no a representarlo por medio de la palabra.

Tampoco es la adquisición de la riqueza porque está probado hasta la saciedad que la literatura es un mal negocio hasta para los editores cuando se dejan conmover por sentimientos estéticos y no crematísticos. ¿Será, entonces, la fama? En nuestro medio la fama consiste en que el mejor amigo que, al mismo tiempo es el más enconado rival, lea los versos que se someten a su juicio y los comente con toda la objetividad que le permite la rabia de no haberlos escrito él. La fama consiste en que la familia del susodicho lo señale como la oveja negra porque, lejos de ser un proveedor como José, es un dilapidador como el hijo pródigo.

Dilapidador de un tiempo que pierde en las tertulias de los cafés, en la soledad polvorienta de las bibliotecas públicas, en el estudio en el que se confina voluntariamente para permanecer horas y horas ante una hoja en blanco que, poco a poco, va llenándose de signos incomprensibles, de tachaduras, de rectificaciones hasta que “por fin”, el exiliado voluntario se incorpora al grupo con un texto legible que nadie se toma la molestia de leer y que, en ocasiones, no puede eludir escuchar.

La fama, con sus heraldos, se alcanza cuando un editor acepta, a regañadientes y con la condición de un estipendio y la renuncia previa a compartir la más mínima regalía, hacerse cargo de los originales. Veinte años después sale el volumen. Lo colocan en el escaparate de una librería, de dos, hasta de tres. Los lectores se detienen pero no lo miran porque el sitio que eligieron para ubicarlo es casi un escondite. Y cuando lo miran y lo hojean su autor asiste, en agonía, al proceso de duda entre comprarlo o dejarlo. Que se resuelve, naturalmente, en dejarlo.

La fama. Una pequeña notita bibliográfica, perdida entre los crímenes, las recompensas por los perros perdidos, los anuncios de cosméticos. Una pequeña notita que logra un equilibrio tan perfecto entre la alabanza y el vituperio que el libro resulta, en realidad, incalificable.

La fama. Si somos insistentes, los directores de las revistas culturales acaban por conceder, con negligencia, un espacio (para el escritor precoz, para el director insignificante y para el público indiferente) en el que aparece la obra maestra y firmada con letra de imprenta. Así que el nombre del escritor ya no sólo lo pronuncian su cocinera y otras personas con las que le ligan vínculos de sangre sino extraños, desconocidos que hacen un gesto de enterados como si estuvieran en el secreto.

El secreto del mérito que en realidad lo es porque nadie ha examinado la obra como para descubrirlo. A partir de este momento de “despegue” ofrecerán al escritor modestos puestos burocráticos que le permitirán ahorrar para ese viaje a Europa con el que tanto ha soñado, para la boda porque su novia se marchita en una espera que no tenía para cuándo acabar, para adquirir esos carísimos instrumentos de trabajo que son los libros, que son los discos, que son los cuadros.

La fama. El boom. Contratos aquí y allá. Traducciones sin cesar. Derechos de autor. De eso saben algunos, pocos. Pero saben y no es lo esencial.

Cuando Sartre, después de convencerse en sus ensayos sobre la literatura de que ésta es una de las formas de la acción y se dedica a su ejercicio, por fin, con la conciencia tranquila de quien influye sobre un enorme número de lectores inteligentes, hace su primer viaje a Hispanoamérica, todas sus convicciones al respecto entran en crisis y declara que en este continente escogería un oficio útil que de algún modo ayudará a luchar contra el hambre, la insalubridad, la ignorancia. Que sería médico, antropólogo, sociólogo, ingeniero. Todo o cualquier cosa, menos escritor.

El nativo latinoamericano es algunas veces algo de eso pero, en el fondo, escritor. ¿Por qué? ¿Qué es lo que pretende hacer con una herramienta precaria, con un instrumento superfino, fácilmente desajustable, con una vanidad enorme, con una ceguera protectora? Dirá que es la voz de su pueblo y no será objetado porque no será escuchado. Invocará a la posteridad sin que nadie le asegure que la posteridad va a recordarlo. No importa. Y viene el cine y la televisión y todos los medios masivos para desplazarlo. Y aun reducido al absurdo, dinosaurio que no sabe cambiar de piel ni de especie, continúa escribiendo. Y yo continúo preguntándome: ¿por qué?

Caracas, 12 de julio, 1970

© José Luis Gómez-Martínez
Nota: Esta versión electrónica se provee únicamente con fines educativos. Cualquier reproducción destinada a otros fines, deberá obtener los permisos que en cada caso correspondan.

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