PORFIRIA / Autor: Alberto Calderón P.

 

Esa piel blanca tan delicada como un fino papel casi transparente de una textura parecida a un redondo y perfecto durazno se acerca, después de esperar el sol desaparecer detrás de las colinas dejando los últimos rayos de un tranquilo atardecer de verano, cuando los rasgos de nubes se visten de tonalidades púrpuras despidiendo el día para dar paso a la sombra en la que te refugias. Al salir lo haces con una debilidad intensa, el color tenue se apodera de toda tu piel, esa palidez que pierde la frescura, se escapan los matices que le dan color, parece faltarte el vital líquido hemático para que inunde todo y desaparezca de una vez por todas ese estado y los innumerables laberintos venosos que son la intimidad de tu ser y ahora dejas a la vista de todos.

Al estar en tu guarida a la espera de la oscuridad no permites que los rayos del sol se filtren y acaricien tu cuerpo por que provoca una catástrofe en tí, de inmediato si una de las luminosidades te toca, te destruye al devastar parte de la sabia que te da la vida.

Te vuelves la reina de las sombras, de la noche. Caminas cuando todos duermen y la vigía diurna no la puedes disfrutar a plenitud, solo el cobijo de la luz de luna reconoce tu encanto. No me gusta verte con los ojos irritados rojizos cuando, aunque parezca paradójico, el líquido que corre por nuestro cuerpo incesante desafortunadamente lo pierdes por tus constantes hemorragias provocándote una anemia.

Otro rasgo común es tu belleza nocturna, al igual que los seres de ficción que buscan un cuello para succionar el brebaje rojo y seguir con vida en un sarcófago hasta la eternidad en lugares tan lejanos como Transilvania espantando incautos, gastando tinta y celuloide. Tu eres diferente, es posible que las coincidencias fueran varias pero eres afortunada no te conviertes en alguien que se transforma en murciélago, nunca serás el personaje casi mitológico de culturas diversas que aparece con los mayas, en Egipto, o en los alrededores de Grecia y Transilvania como su casa, ¡no!, la desfortuna atrapa en la enfermedad de porfiria a algunos seres humanos y no precisamente por medio de una mordida enterrando los colmillos y chupando la sangre para poder vivir y así contagiar a un humano que estará entre la vida y la muerte, no, en realidad es una enfermedad hereditaria desencadenada por diversos factores, por éso cuando te acercas a mí te espero con ansiedad para disfrutar en la oscuridad de esta luna llena.

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