EL GATO / Autor: Silvestre Vásquez Jácome

 

En la más profunda oscuridad, con la luna ausente y algunas estrellas dispersas en el manto de una lejanía que emite sus guiños vacilantes, un gato sale como todas las noches del confort del hábitat del hombre. Baja por los peldaños del abismo y el terror a su verdadero mundo, el reino de las tinieblas. Se adentra en un pequeño monte a orillas del pantano que marca los límites de la ciudad con el bosque tropical. En sus ojos se abren las pupilas que de día eran apenas rendijas verticales, y en el fondo de sus cuencas se ensanchan los espejos que hacen crecer la luz casi inexistente.
Maestro del acecho, sonríe para sí con la indolencia de quien se sabe inmune a los peligros reales o imaginarios del hábitat nocturno. Saluda a los fantasmas furtivos y ostensibles, hermanos que le aman y le temen.
No caza por hambre, nunca tiene hambre; está dotado de armas tan perfectas, que le permiten tomar con ligereza la necesidad del alimento; juega arrogante con sus víctimas, desprecia indiferente los chirridos del miedo y el misterio. Adaptado perfectamente al entorno natural, domina los atavismos profundos del terror a la noche y la soledad, pavores que al humano, criatura frágil e indefensa, le erizan la piel.
Ahora se desliza fantasmal en la jungla hostil por la senda de sus correrías. Es una sombra en medio de la sombra; sus oídos son sensibles antenas que perciben los más leves rumores: el aleteo de la mariposa nocturna, el paso atropellado de los grillos, el llamado de la rana en el estanque, el eco lejano del aullido de un coyote, el suspiro del viento más delgado.
Mientras avanza cauteloso y silente por los senderos de su señorío, percibe un movimiento a escasos metros. Se agazapa, vigila quieto, alerta, sólo su cola se mueve lenta, ondulante, sacando la tensión que provoca el instante. Un ratón se mueve nervioso, acercándose sin saberlo al cazador, que permanece inmóvil, invisible en su mimesis, como si fuera parte de la sombra. El roedor otea, olfatea, hace girar sus orejas, tratando de descubrir algún peligro en su camino. El felino desenfunda sus garfios, tensa las elásticas cuerdas de sus músculos presto a arremeter. Con la velocidad de un parpadeo, ataca implacablemente, repitiendo una vez más el crimen cotidiano que sucede en el mundo a cada instante, desde el origen de la vida. La pequeña presa nunca se da cuenta de dónde llega su muerte, sólo siente, y es lo último que percibe, cuando su pequeño cráneo cruje ante el embate del verdugo.
Parsimonioso, el carnicero devora en calma la presa aún caliente; saborea con placer la sangre tibia, afianzando así el profundo instinto salvaje que el estrecho contacto de diez mil años con el hombre no ha podido diluir ni un ápice. Es la primitiva fiera asesina de las junglas más oscuras, de los desiertos más hostiles, de las heladas e inhóspitas tundras septentrionales, es el predador original que cobra impasible, sin culpas ni remordimientos, el tributo sangriento de sus víctimas.
Después del festín, la calma, el interés perdido, la indolencia absoluta y fría. Descansa apenas ahorrando la energía con todos sus sentidos en alerta a flor de piel. Así, magnífico, sin rivales que puedan desafiar la supremacía de su mando, ensancha su poder el amo de la noche.
…Horas después, la inminencia del alba le indica que es tiempo de volver al refugio diurno a vegetar, a dormitar lánguidamente y, mientras espera la intensidad de su aventura nocturna, a fingir durante el día que es el inofensivo y mimoso juguete del hombre

SVJ
Dic 2017

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