SAN KEVIN Y EL MIRLO / Autor Carla de Pedro

Podría decirse que fue un día, pero fueron varios. Hablar de tiempo en asuntos como éste parece no tener sentido y, sin embargo, posiblemente sea a causa del tiempo que este acto fue valioso. En realidad cuando todo acabó él no sabía cuántos días habían pasado: tres, veinte, cincuenta, no importaba ya; los números le parecían lo más absurdo y abstracto, lo menos vivo, a él, que ahora estaba lleno de vida.

Recordaba, como entre brumas, el inicio de ese largo día, cual si hubiese ocurrido años atrás, y era cierto, entre el principio y el final de este suceso él había vivido más vidas de las que viven mil hombres.

Era una mañana oscura, como siempre, en la que se colaba apenas un rayo de luz por la ventana de la celda. Se sentó en el suelo y miró hacia afuera, como quien lo hace desde su cama, apenas comprendiendo que la realidad era eso y no aquello que iba desvaneciéndose en sueños.

No podía pararse pues la celda era pequeña y su cabeza chocaba con el techo, así que se estiró a lo largo, recostándose de nuevo, y se quedó mirando hacia arriba. Conocía el techo de memoria y era capaz de cerrar los ojos y recordar cada grieta, cada mancha, cada borde…

Como todos los días, antes de su oración matutina, San Kevin estuvo un rato pensando en su vida de antes. Recordaba la eternidad verde de los pastos de Irlanda y el mar estrellándose en las rocas, ahora podía escuchar ese estrellarse pero, si se asomaba, solamente veía el azul extendido del océano, no alcanzaba a ver olas ni rocas y, además,  el terrible olor de la celda opacaba el aroma húmedo de afuera.

Recordó una tarde en la que recorría el campo con su hijo y con su esposa. Él había sido amado algún día por una mujer que olía a tierra, él había cuidado a un niño de ojos azules que reía cuando jugaba con un par de ramas. ¿Dónde estarían ellos ahora? Lo que más le dolía era no haberlos amado lo suficiente y haberlos perdido por algún motivo absurdo que ya no recordaba.

Pensó que no había ya nada que hacer, que era realmente tarde, y no se lo decía como quien lo dice  siendo  libre sino como quien sabe que no saldrá nunca,  que vivirá el resto de sus  horas encerrado, arrepintiéndose de no haber hecho, del destino al que llegó y al que podía no haber llegado.

La comida del día anterior permanecía intacta y él de pronto la descubrió con el estómago, que interrumpió su pensamiento para lanzarlo sobre el plato del que comió vorazmente. Al terminar se limpió la boca con el brazo y recordó que aún no rezaba; y tuvo ganas de no hacerlo, como todos los días y, como todos los días, decidió hacerlo y pensó que tal vez mañana no.  Entonces se hincó  en forma de cruz,  con los brazos  extendidos,  dejando uno de éstos salir por la ventana para recibir la brisa como cuando se pasea por la playa.    

Se encontraba el hombre en oración cuando sintió al mirlo. Primero se impactó de su roce y no quiso moverse; volviendo levemente el rostro pudo ver al pajarillo negro, sus pequeñas alas, su pico. Sentía las patitas del ave, sus ligeros pasos acercándose hacia los barrotes, regresando hacia la mano humana, preguntándose quizás sobre ese cuerpo extraño y estático que lo sostenía, dudando acaso si era un árbol.

Después de un rato, San Kevin decidió rotar lentamente su mano y entonces en su palma se colocó el ave que giró, se sentó y giró de nuevo como si algo excepcional fuera a ocurrir. Él no sabía qué era aquello que el mirlo presentía pero sí sabía que no podía moverse. Fue entonces que de repente sintió el huevecillo en su mano, era pequeño, frágil, suave y cálido. Tras ello, la nueva madre se detuvo por un momento como si ella también admirase esa pequeña y perfecta creación suya. Luego volvió a girar, se sentó de nuevo y dio otro huevo. Así se repitió este proceso durante largo rato hasta que estuvo quieta y, sobre los futuros polluelos, protegiéndolos del viento y de la llovizna, se quedó dormida.

El hombre permanecía hincado, le dolían las rodillas y los codos; le dolían las muñecas de las manos, cuyas palmas miraban al cielo. Hubiese querido recostarse, estirar las piernas, doblar los brazos, abrazarse en posición fetal… pero no debía hacerlo, hacerlo equivaldría a dejar caer los huevos al océano; meterlos en su celda sería condenarlos a morir de frío, sería dejar a la madre volando angustiada sobre el mar sintiendo que algo le faltaba, sintiendo un dolor incomprensible al no poder pensarlo por ser ave.

San Kevin siguió hincado dejando pasar las horas, sosteniendo la vida y entendiendo cómo es frágil, cómo depende a veces de cualquiera. Pensando que si acaso la mujer con olor a tierra hubiese estado; que si jamás se hubiese soltado de los brazos de su hijo; que si hubiese sido fuerte; que si hubiese, en algún momento, amado lo suficiente; que si se hubiese, en algún momento, percatado que sin el amor hay muerte…

En su celda, con el dolor de sus brazos mientras el tiempo seguía corriendo, no era posible ya volver a ser el hombre que algún día había sido, no era posible ya tener la vida que añoraba a diario. En su celda, con el enterrarse del suelo en sus rodillas, no podía regresar el tiempo, sólo podía esperar.

Y esa espera de pronto se convirtió en esperanza, se convirtió en la posibilidad de no haber llegado allí en vano, de no haber nacido para no hacer nada por nadie, para no ser nada para nadie. De pronto en sus manos sucias yacía la vida de alguien; no cualquier cosa: la vida, que es lo único que importa.

Así, ese día, que comenzó como cualquier otro, que duró tanto tiempo, que terminó cuando los polluelos quebraron el huevo y volaron, ese fue el día en que San Kevin comprendió de verdad la vida. Ese fue el día en que San Kevin conoció de verdad el amor.

 

 

 La ilustración es del autor Howard Towll. se toma con fines de divulgación del blog
http://vacioesformaformaesvacio.blogspot.mx/2013/07/mathew-borrett-ilustracion-xilografia.html

3 Comments

  1. en un principio pensé en el argumento de una película famosa en su tiempo. el ave. la mano, el tiempo y la creación de vida da al texto una brillantes que asombra. Prosa en un principio descriptiva, mas de lo necesario, lo compensa con el desarrollo y ese final poético increíble. Abrazo y excelso. mis respetos y admiración a Karla.

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  2. A mí me recordó el poema de Seamus Heaney y a él hago referencia ya que sus palabras finales nos impulsan a pensar en el santo y en el mirlo como si fuera nuestra propia historia.

    Saludos.

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