VIENTOS ENCONTRADOS / Autor Efigenio Morales Castro

 

El General Martínez Castro atravesó la amplia sala de su casa; se veía pequeño ante aquellos muros grandes, resistentes, hechos para salvar vidas en la época de la revolución. Por lo menos para eso fueron construidos años atrás, cuando él era joven y cada minuto lo dedicaba a la causa maderista.
La noche presentaba su descanso, no había ruido en las calles, sólo se escuchaba el golpeteo de sus muletas. Se detuvo en la puerta de la biblioteca. Tomó aliento. Cada vez se cansaba más. “Ya estoy viejo”, pensó sonriendo a la soledad. La sonrisa lo acompañó hasta su escritorio; ahí pasaba horas meditando, escribiendo, invocando imágenes del pasado. Se sentó. Ya no usaba uniforme, ¿para qué? Sólo el respeto de General quedaba entre los pocos que sabían de su vida, de su entrega a las armas. Buenos días señor, le decían los amigos de sus nietos, jóvenes todos, ignorantes de que en esa casa había sangre fogueada entre la pólvora. “¡qué años aquellos!”, dijo con el pensamiento. Observó la fotografía donde estaba con su hijo Beto; tenía el bigote enroscado, la pulcritud de la corbata lo hacían ver realmente como el General Martínez Castro. Sacó un montón de papeles que tenía ordenados. Faltan éstos por leer, dijo quedo, como temiendo que alguien lo escuchara y rompiera ese encanto pretérito. Los colocó frente a él. Una carta sobresalía. Estaba fechada en el año de 1927. Es de mi amigo Arnulfo Gómez, dijo. Procedía de Veracruz.
Estimado José –decía la carta-, recibí noticias sobre ti. No sabes cuanta alegría corre en mí al enterarme de tu justa designación. Creo que eres el hombre indicado para gobernar esa hermosa tierra cuyo rostro ha sido maquillado con la sangre de aquellos que no sólo tuvieron el cuerpo encadenado a una vida dura, sino también el alma. Tú has visto cómo se desliza el pensamiento de libertad en el país, ahora te toca levantarlo; hazlo sin temor al fracaso, transforma la pólvora en dictámenes que construyan justicia.
Por otro lado, ¿ya te llegó el libro que mandé para su publicación, titulado El Centinela? Son las experiencias y todo el miedo hecho cagada. Pienso que si lo lees podrás ayudarme a corregir algunas cosas. Trata de hacerlo; elévate para que puedas mirar hacia atrás. Quiero que tu mirada del pensamiento penetre en lo profundo del pasado. Mira y cuéntame lo que veas. Probablemente yo no haya podido estirar todo el recuerdo. Si tú lo haces, estoy seguro que el libro podrá enriquecerse. Recibe mis saludos.
Fisgó detenidamente, sobre todo, la fecha. Volvió a mirar la fotografía de cuando estaba con su hijo y sintió nostalgia por la juventud plasmada en esa imagen. El libro, dijo quedo. Fue en su busca. Amarillo, delicado de las hojas. Lo abrió, hizo esfuerzos por leer.
Era una corriente de oxígeno recordar lo de atrás, su razón de vivir. Después de todo, él siempre fue militar, revolucionario, escuincle que empezó limpiando el excremento de los caballos, después trenes, abandonando su trabajo para incorporarse a las fuerzas de los hermanos Serdán en Puebla. “Sé que estuve en lo justo: lo mejor que pude hacer”, pensó.

¿Dices que te escapaste de tu casa? Sí, tío Jesús, me escapé; ya estoy aburrido de cuidar caballos, quiero aprender otras cosas, respondió José. Bien, acá no vas a estar en la gloria, trabajarás doce horas al día. Jesús encendió un puro, dio una bocanada, miró hacia el horizonte y habló: mira hijo, en la ciudad se sufre mucho, sobre todo por los alborotos que se están dando entre los campesinos cercanos, la soldadiza detiene a todo mundo, golpea; piénsalo, no es vida para ti.
-Quiero quedarme- respondió el muchacho.
-Bien, así sea- dijo el tío.
José empezaba a limpiar las vías del ferrocarril desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde; en horario intermedio procuraba comer algo. Recordaba a su madre echando tortillas en comal; le veía la tristeza en su rostro. Entonces él también entristecía y sentía ganas de regresar a su pueblo. Sus quince años de edad no le ayudaban a mantenerse fuerte, sentía que el espíritu se le derrumbaba; luego se sobreponía para seguir trabajando. Juntaré dinero para mamá, decía quedo, como temiendo que alguien le robara las monedas imaginarias. Volvía a sonreír. El sol golpeaba su rostro moreno. Cuando olvidaba todo lo triste, su pensamiento jugaba con las cosas de su edad, con ilusiones tal vez forjadas desde niño. Las seguía tejiendo; su pecho se llenaba de esperanza, de anhelos a la vida. Trabájale José, trabájale, le decía su tío cuando estaba callado. El muchacho obedecía.
Caminaba por una calle amplia, empedrada, con charcos en algunas partes, en otras, había mierda de caballos. A un lado, escuincle, a un lado, escuchó que le dijeron. La voz viajó áspera, prepotente, odiosa. Tuvo que recargarse en la pared de una casa. “Miserables”, pensó al darse cuenta que llevaban un hombre amarrado de los brazos y del cuello. Apenas podía respirar; arrastraba los huaraches; su ropa blanca se perdía en aquella piel morena, curtida por el sol, una piel acariciada en muchos años por un aire libre, sin mensajes de maldad, sólo tumbaba hojas en otoños; ahora le tumbarían al hombre las hojas de su vida. Tal vez al día siguiente amanecería colgado. “¿Escuincle yo?”, reaccionó. Su primer impulso fue de coraje. Agarró piedras; las aventó a los soldados. Todavía no caían y él ya iniciaba la carrera. “Si me detengo también me amarrarán”, pensó; sus pies se hundían en la tierra. Sudaba. El frío congelaba el sudor; su rostro, negro por el aceite de las máquinas, quería perderse, fundirse en la nada. Por aquí, por aquí, casi en susurro se lo dijeron. Se dirigió hacia donde se escondía aquella voz adolescente. ”Puede que también haya tirado piedras a esos soldados”, pensó José. Llegó junto a la sombra y ésta le dijo ¡sigue corriendo, síguele! Poco a poco se fueron deteniendo. De repente, el desconocido le preguntó: ¿pues, qué hiciste?
Tiré piedras a los soldados- dijo José.
El desconocido era un muchacho con la mirada pícara, jovial: su rostro apiñonado hablaba de fatigas crónicas, su estómago brincaba más de lo normal. Caminaron un rato. Habló el desconocido: me llamo Arnulfo. Yo soy José, dijo José. Sonrieron apresurando el paso. Se internaron en un callejón; desde ahí se distinguían los volcanes, figuras oscuras y puntiagudas. Se detuvieron: el callejón no tenía salida. Ya no les importó el Popocatépetl, su atención era acaparada por algo misterioso. ¿Ves aquello?, pregunto Arnulfo. Sí, contestó José.
En la casa más grande entraba gente. Después salieron en pequeños grupos hacia otra vivienda. Esta tenía barrotes en las dos ventanas; había un corredor grande, oscuro. Se acercaron cuando ya habían entrado todos. No hagas ruido. No, no haré.

El movimiento principal está en Chihuahua, Porfirio Díaz tendrá que dejar el poder, dijo una voz. ¿Hasta dónde llegará el Partido Liberal? Ese es su problema, dijo otra voz. Lo más importante son los postulados de la revolución que se avecina, debemos estar preparados; el General Díaz tiene que caer.
-¿Oíste eso?- dijo Arnulfo
-Sí, hablan de una revolución- respondió José
Se acercaron más, querían seguir escuchando. Hubo un ruido fuerte junto a ellos. Es leña, se nos vino encima, dijo Arnulfo asuntado. Trataron de huir pero no pudieron hacerlo: los paralizó un fierro frío en la sien. ¡Entren!, dijo una voz áspera.
La sangre jugaba en las venas, sus cuerpos sacaban sudor imaginario; la boca les temblaba. Es una 30-30, dijo Arnulfo despacio, papaloteando las palabras. Todos guardaron silencio cuando los vieron entrar. Había de todo: guarachudos, hombres con uniforme militar, corbatas que se desprendían de cuellos bien cuidados, mujeres jóvenes y viejas.
-¿Quiénes son?- preguntó un hombre con la seriedad en el rostro.
-No lo sé, Aquiles; espiaban desde el corredor- respondió el hombre que llevaba la carabina.
-¿Saben dónde viven?- preguntó Aquiles a los muchachos.
-Sí- dijeron de manera maquinada.
-No, no lo saben. Tal vez conozcan las casas que habitan pero no la ciudad. Puebla no es para ustedes, se los va a tragar este lugar. ¿A qué se dedican?- terminó de Hablar Aquiles con esta pregunta.
Era difícil contestar, no razonaban en ese momento. Buscaron rostros conocidos pero no encontraron ninguno. Vaya situación. Primero las piedras a los soldados, ahora, una carabina sobre la sien y miradas de personas que jamás habían visto. Arnulfo tragó saliva; por primera vez se vio que su lengua hablaba mucho nomás por hablar. ¿Por qué no lo hacía en esos momentos? José comprendió que era necesario hacer algo, implorar aunque fuera un poquito con tal que les dijeran ¡váyanse, son libres! Pero no, esas palabras se negaban a salir de la boca del que estaba dirigiendo aquella reunión. Al contrario, quería saber quiénes eran ellos. Como si eso importara mucho. En su pueblo, a José nadie le preguntaba que quién era, pues todos lo conocían. ¿Pero aquí? ¿Y si decía que era José Martínez Castro? No, a nadie le interesaba un José, o mejor dicho, un tal José desconocido, perdido como tantos otros en ese lugar, ganándose la vida trabajando doce horas diarias. No, indiscutiblemente no hablaría. “Que me maten si quieren”, pensó y se mantuvo callado.
-¿Quiénes son ustedes?- volvió a preguntar Aquiles.
Arnulfo hacía gestos; en ese momento se dio cuenta que no estaba crecido, le faltaba mucho para madurar, afrontar la vida. José lo miró pero también sintió el vistazo de Aquiles. La mirada de aquel hombre inspiraba confianza; en sus ojos nadaban la cordura y la firmeza.
-Soy José Martínez Castro, trabajo en las máquinas-dijo José.
Aquiles iba a continuar hablando cuando se abrió la puerta. Una mujer entró y le dijo: carta urgente, compañero Serdán. La leyó depositando las pupilas en un mapa viejo, clavado sobre la pared. Guardó la carta para luego sonreír.
-¿Sucede algo, Aquiles?- preguntó una voz.
-Nada malo. Al contrario: Francisco I. Madero escapó de la prisión en San Luis Potosí. Parece que ya se encuentra en San Antonio- dijo Aquiles, con la confianza en el futuro.
Afuera, el aire de octubre estaba llegando más frío, tal vez cargaba las últimas caricias para Aquiles Serdán.

No sé si ahí empezó mi dicha o mi desgracia, dijo el General Martínez Castro en su adentro. Recordar no lleva a nada, por lo menos, eso pensaba en los últimos años. Pero qué bonito es torturarse con los recuerdos, le había dicho días antes a su mujer. Ella se mantuvo callada, aprobando las palabras del esposo. Estiró la pierna derecha salvada de la revolución y empezó a escribir: somos los mutilados, despojos de la guerra. ¡No, yo no soy eso! Dio un golpe en el escritorio. Después se arrepintió. “¿Qué derecho tengo de desvelar a mi familia?”, pensó mirando lo que había escrito y sintió amargura por todo, por lo de atrás y por lo que vendría. “Soy General”, pensó y recordó a Cándido Aguilar. “El me dio mi nombramiento de Teniente Coronel de Caballería, dijo con el pensamiento. Dibujó en su cerebro el Escudo de las Armas Nacionales; el Ejército Constitucionalista.

Es muy joven para tener el grado de Teniente Coronel, señor Martínez Castro; sin embargo, mi General Cándido Aguilar lo autorizó; admira el valor de usted, dijo Heriberto Jara alargando la mano para entregar el Certificado Militar. Después siguió hablando: ¿fue cerca de Apizaco donde perdió la pierna? Sí, respondió José. ¿Para qué negarlo? ¿Acaso no era el precio de una revolución? No se sienta mal, otros han quedado peores, dijo Jara cuando se dio cuenta que José permanecía callado, tal vez molesto por las palabras anteriores. Pero no era así; el joven Teniente Coronel sabía su nueva situación, de las dificultades que tal vez iba a tener en el futuro por carecer de una pierna; sin embargo, ya no era problema para él. El gobierno revolucionario tenía conocimiento de su existencia, de su coraje hacia el pasado dictador. Ahora lo empezaba a recompensar: obtenía el primer grado y no sería el único; estaba joven, con ganas de vivir. Odiaba la batalla que sostuvieron con los porfiristas dos años atrás cerca de Apizaco, casi en sus faldas. Lo tiró el caballo; un soldado del otro bando sin contemplaciones le soltó tres tiros. Fueron en el mero hueso. Sintió caliente caliente. Entonces vio con horror cómo el soldado se le fue encima con un machete. Sonó un disparo. “Arnulfo”, todavía alcanzó a pensar antes de desmayarse. Cuando despertó ya no tenía la pierna izquierda. Gómez no se había separado de su lado. Tiré piedras a los soldados, dijo bromeando. José recordó esas palabras, las primeras que pronunció cuando se conocieron. Ahora le salvó la vida, pero, ¿a qué precio? Sin embargo, lo agradecía. Respiraba. Era suficiente para vivir.
No pude llegar a tiempo, dijo Arnulfo y escondió la cara entre sus manos. Difícil comprender que un militar sufriera de esa manera pero él lo estaba haciendo. No te acobardes, Gómez, dijo José. Las palabras se escondían entre la lengua, se hacían bola, hilos de sonido. Acuérdate cómo aprendimos a leer; también fue entre las balas; gracias a dios puedo pensar. Esto no será obstáculo para mí, y señaló hacia su pierna imaginaria.
En el fondo, Martínez sabía que estaba mintiendo. Sufría. Más que físico, era un sufrimiento moral; ya no podría correr como cuando lo hizo al tirar piedras a los soldados; además, su madre lo vio partir con las dos piernas. ¿Y ahora? Sólo de imaginar la angustia en su rostro moreno palmeando la masa se le desgarraba el corazón. Se quedó dormido; Gómez salió en silencio, evitando lastimar el sueño.

Su madre le acarició la cabeza, él encogió la nariz; extendió el brazo derecho para abrazarla. ¿Por qué eres tan pingo? Se dejaba mimar, ella le hacía cosquillas y él estiraba las piernas en ataques de risa. Estas piernas crecerán pronto, le dijo. José pidió de comer. Te daré y llevarás las vacas a pastar. Salió corriendo todavía con comida en la boca. Entró para señalar hacia el horizonte. Son hombres del dictador, dijo la madre.
Aquellos levantaban polvo con la caballada.
¿Se siente bien, teniente Coronel?, preguntó Jara. Sí, sí me siento bien, respondió Martínez. Ensanchó el cuello, subió el brazo para ejecutar el saludo militar. Se miraron, sabían que tal vez no volverían a encontrarse en el camino; así era la revolución. Cada vida estaba tendida en el hilo de la pólvora. José se retiró balanceándose en las muletas.

Corría el año de 1917. Después de estar en Veracruz, regresaba a Puebla. Caminaba recto de espalda y con la mirada hacia adelante. Quiso tomarse una copa. Más bien escapar de la rutina, sentarse en una mesa y escuchar los chismes de la gente. Oler el tequila aunque fuera poco afecto a tomarlo, mirar los ojos de una mujer joven y bonita. ¿Por qué no? Era hombre normal y gustaba de admirar a las hembras. En pocas palabras, quería olvidarse por unas horas que era militar.
Llegó cerca de la Plaza de Santa Clara. Sin querer recordó a los Serdán. “Fueron valientes”, pensó. Entró a una cantina pequeña, tranquila. “No hay mucho olor a borrachera”, pensó el Teniente Coronel; colocó a un lado las muletas para poder sentarse. ¡Martínez!, escuchó que le gritaron. Miró hacia el rincón y descubrió una figura. Era joven como él. También delgado. ¡Gómez!, respondió también con un grito. Arnulfo se desprendió del ángulo y fue hacia él. Lo estrechó con un abrazo. Caramba hermano, como ya tienes rango te olvidas de los amigos. Pidieron dos tragos; éstos fueron prolongados. Tiempo sin verte. Bastante, respondió el Teniente Coronel y señaló sus muletas: ya me acostumbré a ellas, dijo.
-Eso no tiene importancia- dijo Gómez.
-Pero sí dificultad.
-Puede que sí.
-No me contradigas, Gómez. Tú no sientes el peso de la vida- dijo Martínez.
-¿Cuánto tiempo estuviste tirado?
-Me levanté el año pasado.
-¿Tres años?
-Puede…
Dijeron salud, recordaron la niñez; cada quien en su tristeza hasta que se encontraron en el camino. ¿Supiste lo de Tampico en 1914?, preguntó Arnulfo. Lo leí en el Impacial. Tomaron otro trago y Gómez dijo:
-¡Malditos gringos!
-También sitiaron Veracruz.
-En el combate murió José Azueta. Fue muy valiente el cadete.
Bebieron más; el cerebro lo tenían cansado de tanto olor y palabras sobre pólvora. Vengo de Veracruz; busqué a Heriberto Jara y no pude encontrarlo, dijo Martínez.
-Anda con Múgica y otros escribiendo eso de la Constitución-dijo Gómez y volvieron a beber…

Sonó el teléfono. El General Martínez Castro peinó sus canas, contestó. Tiré piedras a los soldados, escuchó que dijeron en la bocina, luego silencio. Sintió escalofrío. Nunca antes había sentido; ahora sí. Tembló ligeramente. Después de tantos años escuchaba esas palabras. Palabras que rompieron la tranquilidad de la noche. ¿Quién sería? Quiso tener un arma, peo no, ahora ya no, sólo estaba rodeado de libros y de recuerdos. Creyó escuchar pasos afuera de la biblioteca; se agarró fuerte del escritorio. Esas pisadas eran desconocidas. Sudaba. Se apoderó de una muleta. Volvió el silencio. Poco a poco fue sacando el aire que había dejado en sus pulmones. El corazón le brincaba. Se tranquilizó. ”Puede que sea mi mujer”, pensó.
Volvió a hojear el libro.
Para mi amigo, José Martínez Castro,
quien pronto será diputado al Congreso de la Unión
Estaba dedicado con letra manuscrita. Legible.
“Palabras sinceras de Gómez. No se equivocó, tuvo boca de profeta. ¿Qué sería de él?”, pensó.

Así había sido siempre, arrebatado, alegre en ocasiones, en otras, hablador. Ahora dirigía la campaña de José Martínez Castro. Era el año de 1926. Todo árido. Por lo menos así estaban los cerros cercanos a Puebla.
El General Martínez lo vio idéntico como años atrás. “No cabe duda que es un digno dirigente”, pensó. Gómez encabezaba una manifestación. Llegaron al mismo callejón donde años atrás habían temblado teniendo la 30-30 en la sien. “Lo que son las cosas”, siguió pensando. Fue ahí donde comenzamos a ser hijos de la revolución.
Estaba nublado, las nubes descansaban sobre trozos de cielo azul, opacándolo, entristeciendo la sonrisa del día. ¡Nuestro General llegará al Congreso de la Unión!, gritó Arnulfo y cientos de campesinos levantaron el sombrero. ¡Viva el Partido Unificación Social!, ¡Viva!, contestaron poniendo la esperanza en el futuro, en aquel hombre que había perdido media vida en la revuelta.

Qué días aquellos. José Martínez Castro sonrió. En muchos años, jamás había tenido tantos pensamientos como los de este instante. Tal parece como si anduviera recogiendo mis pasos, dijo quedito, como temiendo ser escuchado. Pensó que tal vez eran sus últimos días. Total, ya había vivido bastante, tiempos de meditación, de espera, de no sé qué cosa. De muchas cosas tal vez. O de ninguna.
El libro estaba junto al General, inmóvil, escondiendo lo que en muchos años no había leído en sus páginas. ¿Por qué el General nunca lo leyó? Tal vez esperaba lo esperado. Atrás era joven, sólo pensaba en los humos que se desprendían de los poblados, en cómo salvar huarachudos que pasaban corriendo junto a él, escurriendo el miedo por los pantalones blancos, de manta, viejos. Aprendió a leer en un momento apropiado; nunca imaginó que su amigo se atrevería a escribir algo en lo que andaba a diario. Guerra, horror, matanzas, indios caídos en cada esquina de las calles, niños gritando queriendo perderse en la nada.
Vio demonios montados en caballos grises y con la trompa deforme. Echaban humo, ¿o qué era eso? Ofendían su pasado y el presente. Querían irse hacia el futuro y el General no lo iba a permitir; primero muerto que ver en la desgracia a los suyos. Los demonios le movieron los hombros; sentía la cara caliente. El movimiento se hizo cada vez más brusco. Insistente.
Abrió los ojos. La luz del sol penetró hasta donde ya no podía perderse; los cerró para después volver a abrirlos. En la ventana estaba asomado su nieto Beto, el hijo de su hijo también Beto. Era de día. Las persianas abiertas. Separó la cara del escritorio, tenía sueño todavía y dolor en la nuca por el enfriamiento de la noche. No supo cómo se quedó dormido, pero ahí estaba, junto a las hojas amarillas que disparaban balas por medio de las letras. Papel que comió el pensamiento de su amigo.
-Buenos días, abuelo-dijo el muchacho.
-¿Tú aquí?-dijo Martínez con el sueño aún en la boca.
-¿No te alegra?
-Deberías estar en la Escuela Naval.
-Solo vine a dejarte un recado…
-¿Cuál?-dijo Martínez, cortándole la palabra a su nieto.
-Arnulfo Gómez está agonizando.
-¿Qué dices?
-El general Gómez agoniza…
Después nadie habló. Los ojos de Martínez Castro acariciaron el libro. Recordó la llamada telefónica.

¿Aquí es?, preguntó el General a su nieto. Sí, esta es la casa. Grande, con amplio jardín. Otra vez Veracruz, dijo José Martínez en voz alta. La camisa se le pegaba en la espalda y las axilas resbalaban en las muletas. Tocaron el timbre. Una mujer adulta salió. ¿El General Martínez Castro? Sí, soy yo, respondió. Entraron. Nunca le había atacado la vejez en la pierna como en ese momento. Se sentía extraño, como si no fuera él; con hule en el pie. Recordó los demonios del sueño. Muchos demonios. Aquellos que amarraban a los huarachudos, al que le perforó el hueso; todo eso recordó y se mordió el labio superior.
Entraron a una recámara; ahí estaba Arnulfo Gómez, esperando lo esperado. El tiempo descargó toda su crueldad sobre él. Ya no quedaba nada de aquel Arnulfo que dirigió la campaña hacia la postulación del General Martínez Castro al Congreso de la Unión de Puebla. No, ahora era un pedazo de tristeza, una carne arrugada con ojos saltones, buscando una esperanza sin encontrarla, un hilo para agarrarse de la vida. Ese hilo estaba flojo y él lo sabía; todos supieron lo que tenía que acontecer.
Lo vio entrar y quiso tener fuerzas para abrazar al amigo, como cuando se encontraron en aquella cantina, cerca de la Plaza de Santa Clara. Sólo movió la cabeza. Tiré piedras a los soldados, dijo Gómez con palabras cortadas, aburridas de estar en esa boca vieja. Sí, dijo el General Martínez para darle ánimo. “No lo veo tan grave”, pensó. Después se arrepintió de ese pensamiento. ¿Por qué quería también él engañarse? ¿No bastaba ver lo que quedaba de su amigo para comprender que estaba de más en este mundo? “Puede hablar bien. ¿Y eso qué?”, siguió pensando. La muerte cuando llega, calla hasta al más hablador; y con Arnulfo ya lo estaba haciendo.
-No me tengas lástima, Martínez- dijo Gómez.
-¿Qué?
-Olvida mis palabras. Me alegra que hayas venido. Esperé mucho tiempo una opinión tuya sobre mi libro, pero nunca llegó- dijo con la agonía en los dientes.
El General Martínez recordó el libro. Seguramente era un reproche de Gómez. ¿Qué le diría? Pasaron cuarenta años sin que él se tomara la molestia de leerlo; y ahora que se había propuesto hacerlo, recibió la noticia de la gravedad de su amigo. Y ahí está enfrente, tirado en la cama, exigiendo algo justo.
-Me sirvió de mucho lo que escribiste en El Centinela, Arnulfo- dijo Martínez, tratando de darle seguridad a sus palabras.
-No mientas General, no mientas…
-¿Por qué he de hacerlo? –respondió rápido Martínez, como si de verdad lo hubiera leído.
-Para que no me sienta mal. Pero no creas que estoy enojado; ni un granito de eso tengo.
Gómez estiró el brazo derecho hacia el buró y agarró una revista. Toma, General vejete, dijo y se la dio. Sin comprender al principio, leyó la portada: Panorama, Revista Ilustrada. Madrid, junio 10 de 1927.
La mujer tenía cerrados los ojos, las nubes le soplaban el rostro, cubría la desnudez con hojas grandes y en la mano derecha portaba una pluma. Pensaba tal vez sobre algo recóndito. Bonita portada, dijo Martínez y observó después los escudos.
-Ábrela, hablan de ti-dijo Gómez.
“¿Por qué hasta ahora?, pensó Martínez. Ironía de la vida. Tiempo de tiempo escondido en sufrimiento. Ya no se puede hacer nada, dijo en voz alta, como abandonándose en la red de los días pasados, sincronizados con época de olvido.
¿Qué te parece General? Eso de General quedó atrás. Hoy sólo somos despojos de la revolución; la luz de lo nuevo no nos alumbró, faltó claridad para que pudiéramos ver hacia adelante.
-Quédate con la revista- dijo Gómez.
-Voy a leerla, quiero saber algo de mí- dijo Martínez.
Los párpados de Gómez se aplanaron; Martínez se limpió el sudor de la cara y le dijo a su nieto vámonos. Guardó la revista. Quiso ser joven para hacer todo lo que no hizo. Volvió a recordar a su madre, a su tío el maquinista, sus piernas fuertes de adolescente. ¿Para qué torturarse? La vida es la vida y ya no se puede cambiar. Todo estaba hecho. Tal vez hasta su tumba. Martínez, escuchó que le dijeron. ¿Sí? ¡Tiré piedras a los soldados!
Creyó ver a Gómez risueño, acostado en la cama. Un lecho que sólo le arrullaría la muerte. En la revolución siempre durmieron en el suelo, abrazados por el viento frío, como si fueran caricias de mujer. ¡Tiré piedras a los soldados!, también respondió, observando la cara de su amigo. “Es mejor así”, pensó, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Se alejó por el pasillo. El sonido de las muletas se fue perdiendo: tac, tac, tac,…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s