Cenizas de terciopelo (cuento) / Autor Laura Pini

 

 

Tremendo contraste entre el crepitar del

fuego en su comienzo y la paz de la ceniza.

José Luis Coll.

 

Cuenta la leyenda que el volcán reclama su tributo cada noche de eclipse solar.

El aroma de los pinos y encinos abrasados se esparce, en abril, el día del lucero de la mañana. El fuego es inminente al alba. Las cenizas vertiginosas ocultan el cielo y eclipsan al sol. Las autoridades locales y federales, ignorantes, indiferentes, cómplices, permanecen dormidas mientras la sociedad civil se organiza y hace frente a la tragedia. El gobernador disfruta sus vacaciones familiares a la orilla del mar. Las llamas son controladas al atardecer. El domingo se presentan nuevos incendios. Por las redes sociales se difunde la noticia de que fueron provocados. Mientras el aire se hace irrespirable, la indignación crece.

Fernando y Laura habían recibido capacitación después del voraz siniestro anterior. Aman el bosque desde que lo conocen. Caminando por ese suelo ancestral encontraron sus raíces y un lugar al cual pertenecer. El día del Señor, en medio de la obscuridad, arriban a La Primavera; permanecen allí hasta el fatídico día de la luna. Conforme se elevan, las espirales de humo blanco simulan llamaradas. Un instante después, lóbregos nubarrones ensombrecen el inmenso paraje forestal y la ciudad.

La batalla sin tregua no les impide observar la magnificencia de las figuras que se forman en el aire: nubes tejidas cual encaje hecho a mano con hilvanes exquisitos; encuentros de humaredas grises, negras y blancas, realzadas por líneas serpenteantes del astro luminoso en sintonía con el fuego en tierra; un sol engalanado ineludiblemente de rosa mexicano y rojo que parece luna de horizonte; dos imágenes del estado de Xalisco creadas con el níveo humo que el viento elevó a velocidad vertiginosa: una con bordes dorados, otra con irregulares pincelazos y, en medio de ellas, una franja de intenso azul por la que resplandecen victoriosas las irradiaciones áureas.

El agua escasea, al igual que los alimentos. Brigadistas y voluntarios luchan sin descanso. Repentinos relámpagos noctívagos anuncian lluvia y traen esperanza. Las gotas desparecen sin tocar la calcinada tierra. La noche aumenta el calor y la sed.

Un Colibrí metálico sobrevuela La Primavera y desciende sólo para acercar a los rescatistas a la línea de fuego. Un Halcón Negro permanece a gran distancia, férreo, inmóvil en el pavimento, sin que los respectivos mandos conozcan su función.

Trabajan juntos hasta la mañana del tercer día. Fer la ve cansada, más por la desesperación ante los nuevos incendios que por las agotadoras jornadas. Tras tantas horas llenos de ceniza, respirando ceniza, comiendo el pan con ceniza, sienten que se están volviendo grises. Dos nuevas columnas de humo blanco son lanzadas al cielo y en un momento se tornan sombrías. Entonces se separan. Fer combate el incendio más grande que, por su delimitación, pronto es extinguido. Entonces busca a Laura, cuya cuadrilla se dispersó a lo largo de kilómetros. A media noche, con su lámpara de minero apagada como inexpresivo testigo, llega hasta donde ella está.

Sostiene la pala con mano firme. Cava la zanja guardafuego, concentrada, con ahínco, casi con furia. Se le están quemando los pies. Al borde del agotamiento, Fer la lleva al improvisado refugio ignífugo en la pendiente del volcán. Durante el breve momento que tardó en llegar y recostarla, evocó su hermoso cuerpo, al que había besado hasta quedarse sin aliento… Él combatió el fuego, ella encontró la paz entre la ceniza.

Fernando colabora con generosidad en el rescate del bosque, para prevenir desastres más que reforestándolo. Sabe que la vida germina por regeneración natural. Desde distintos árboles cayeron las piñas, el calor de los incendios las abrió y los piñones fueron esparcidos por el viento. La lluvia y la luz les dieron vida. A mediados del invierno, entre agujas secas, pequeños pinos de renovado verde inician su ascenso al cielo.

Al año siguiente, el Fuego Nuevo hace implacable su aparición.

 

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