URSULINO Y SU BURRO JIRPO (cuento) / Por Rodolfo Cisneros

 

Rodolfo Cisneros Márquez. Ex Director de la Escuela de Artesanías del INBA. Fundador de la Academia Literaria de la Ciudad de México. Miembro tanto de la Academia de Extensión Universitaria y Difusión de la Cultura, en la UNAM, Coautor en las antologías Narrativa en Miscelánea II y IV, UNAM.

 

Cuando terminó la tempestad, el pueblo de Tezoatlán quedó despejado. Viejos, jóvenes y muchitos maravillados observaban en el cielo un arcoíris que recorría aquel lugar como una enorme cortina de cristal matizada de colores, que parecía juntar al cielo con la tierra. Mientras, un grupo de tezoatecos subían al monte a buscar chicatanas y a cortar frailes para la cena.

Esa quietud se rompió con un estremecedor sonido cada vez más intenso, los tezoatecos corrieron hacia él para encontrarse con la llegada del río San Martín, que había crecido y en su portentoso cauce de aguas color café arrastraba: tierra, árboles, enormes rocas, animales y cantidad de objetos que pasaban velozmente ante la admiración de todos.

Tía Sara abrazada con tío Jesús lloraba desconsolada a la orilla del río porque su herencia, de cuatro zurquitos de siembra que le había dado su papá Queade, se los había llevado el río. Mientras, los tezoatecos más valientes se lanzaban chirundos al agua para montarse en los troncos, otros con cuerdas y grandes ramas se las ingeniaban para rescatar algunos animales y objetos ante la multitud que gritaba, silbaba y tomaba mezcal.

Tío Toño, especialista en estas argucias de rescate, junto con tío Celso, con gran dificultad hicieron las maniobras para salvar a un animal que se agitaba envuelto en la maleza y que resultó ser un burrito de año, de color café claro y con un enorme fleco, el cual decidieron dárselo a Ursulino, hijo menor de tío Toño, para que lo curara y se hiciera cargo de él, le llamaron Jirpo por sugerencia de tío Bernardo.

Pasaron los años y Ursulino y su burro Jirpo habían hecho una mancuerna de trabajo exitosa cuidando chivos y asistiendo las labores del campo.

Tía Carmela no era conforme de que su Ursulino no estudiara la primaria y trataba de convencer a tío Toño de que le diera permiso.

– Túúúú Toño en este barrio rabón hay puro burro viejo, no hay personalidades que le den un realce al pueblo, por eso, si no quieres que mi Ursulino vaya a la escuela ahorita mismo pateo todo y me voy perdida. No me comprometas de aventarme al rio crecido y montarme en un tronco de esos que arrastra la corriente y que me lleve a ver dónde. Mira Toño yo ya la traía torcida porque me casé contigo y porque además mi papá Lolo que era tan delicado me presentó con el Alcalde, con un vestido de señorita de medio lutito con su refajo blanco, con mis taconzotes, mi peinado de cubeta y una flor en la sien, bien maquillada y mis labios color carmín, para que me viera que ya no era una muchita y así aprobara que me sacaran de la primaria y mejor aprendiera a echar calientitas y a hacer el chileajo.

¡Pero eso sí, mi Ursulino no la tendrá torcida! Será alguien en la vida, no un gañán de Don Efrén Márquez, como tú, él si se vestirá de casimir y no de manta, algún día vendrá de la capital volanteando en su camionetota nueva para vernos y todos a su paso se quedarán parpadeando.

Tío Toño aceptó a condición de que si Ursulino era penco para la escuela regresaría de caporal.

Tía Carmela inscribió a Ursulino en la escuela primaria con el maestro Aguilar quien tenía fama de ser muy enérgico, pero no imaginó que su muchito nunca le iba a simpatizar al profesor y que siempre iba a buscar una oportunidad para fastidiarlo y humillarlo: supervisaba con gran rigor su horario de entrada y salida de la escuela, en sus tareas, y su participación en clases, con cualquier pretexto le hacia llamadas de atención, burlas, le decía indio ladino y le aplicaba castigos como suspenderle sus recreos, pararlo en los rincones del salón con orejas de burro de cartón, le daba zoquetes y jalones de patillas y para colmo, siempre que encontraba a tía Carmela en el pueblo le daba quejas de la indisciplina de Ursulino.

Sus compañeros le decían entiéndelo, Ursu, de no quererte el maistro, de no quererte Ursu, por eso te hace muy feo. Pero ¡no te dejes Ursu!, ¡no te dejes!

Ursulino no contestaba, sólo pensaba en soportar ese infierno para no regresar a cuidar chivos.

Sólo a su burro Jirpo le contaba todo, le explicaba con gran de- talle las situación que vivía en la escuela y también le repetía las pláticas que oía de los adultos sobre todo las de su mamá Carmela.

Bajo el tejado, entre los olores a establo y tierra mojada y los cacareos de los pollos del gallinero cercano, Ursulino mientras sopeaba un pedazo de mamón en su jarro de chocolate de agua le decía a su burro:

-Mira Jirpo mi mamá Carmela platica con sus comadres y sus tías de muchas cosas, ayer contaban que tía Alma es muy recha, que quién sabe a quién saldría, y que anda de lendona buscando hombres, que eso si, cuidándose de su tío Juan que es taaan delicado, que es como la perra de tía Cuala cusca y miedosa.

Afigurate Jirpo que dijeron que Tía Toñita aparte de estar fierita, nunca le retobaba al hombre y el primer día que lo hizo le metió una pela que la puso en cama, que le pasó como a la perra de tía Cleta el primer día que ladró le rompieron el hocico.

Y de la ixtluda de Tía Eloina, a que no sabes, contaron que es muy absoluta, nojona, cosijosa y pleitista, que tiene boca de alambre y le retoba hasta su propia familia de que no tuvo hombre, por eso “de que la perra es brava, hasta los de casa muerde”.

Ursulino seguía sopeando su mamón y continuaba diciéndole a su burro: y el Tío Mario es muy hableque y voluble, por eso no lo ven en las fiestas que nada más anda en la disputa, que es como el perro de rancho, cuando hay fiesta lo amarran y cuando hay pleito lo sueltan.

Y del zonzo de tío Lalo dijeron que es como un perro fiel. Siempre quiere cuidar la casa, de no gustarle trabajar al talegón que disque prefiere disfrutar a sus hijitos.

Los días pasaron y Ursulino le contó a su papá Toño y a su mamá Carmela de los abusos del Maestro Aguilar y no le creyeron. Lo único que logró fue más regaños y mejor quiso huir con su burro Jirpo.

En esa tarde el aire cálido soplaba y las ramas de los sabinos se estremecían, a lo lejos se veían las tolvaneras. Ursulino y su burro iban sofocados camino a las minas donde se encontraron a tía Lucha bañadita en sudor que venía arreando sus chivos, quien le preguntó:

– y tú muchito ¿A dónde vas?
-Me voy perdido
– Que estás loco o qué cabrón tienes ¿Pero por qué te vas?
– Porque chinga papá, chinga mamá, chinga el maistro, mejor me voy a la chingada.

Tía Lucha después de escuchar sus quejas, tranquilizó su enojo y le dijo:
– Mira Ursulino tú eres todavía muy muchito para entender a la gente grande, no te debes de acobardar, además no hay ley para obligar a que la gente cambie, la gente es cosijosa y mal contenta. Eso no te debe afectar. Mira no debes de ser de mente débil ni jugarle al mártir. Más bien debes de ser un valiente y de mucho carácter. Y quiere que no confundas las cosas y tómate la vida a la chanza. Loco muchito carita de bule no seas indigesto, tu gente espera mucho de ti. Arregrésate y mejor dale su zacate a tu burro que se ve que no ha comido, no oyes como rebuzna de lo destragado que está.

Ursulino se regresó pero las cosas no cambiaron. Un día Ursulino planeó vengarse del profesor Aguilar al no poder soportarlo ni un día más. Aquel sábado mientras los sonidos de las chicharras se acompasaban con los rayos del sol y se escuchaba el campanario de la iglesia, el muchito vio a su maestro a lo lejos comprando pitayas entre los puestos coloridos de frutas del mercado.

Entonces con mucho coraje y todas sus fuerzas, arrió a su burro Jirpo y pegándole con una vara, al trote, le gritaba:

-¡Arre Jirpo, arre!, que la hora de la venganza llegó.

¡Arre Jirpo, arre!, que el pinche maistrito chiripero tiene que entender que de los muchitos no debe abusar.

¡Arre Jirpo, arre!, que el cabrón en lugar de enseñarme nada más me zoquetea y todavía se da el título de maistro.

¡Arre Jirpo, arre! que lo tenemos que chingar.
Jirpo embistió al maestro y con la inercia se siguió de filo hasta tirar un puesto de frutas de horno de tía Petra.

El Maestro Aguilar junto con tía Petra le fueron a dar la queja a los padres de Ursulino, delante de ellos, Tío Toño, lo insultó: ¡queteretecontraregranpario Ursulino! ¡tú no eres gente, tú eres anima! Chingao.

Después le amarró las manos al muchito y lanzó una cuerda en una rama del guaje, la jaló con fuerza y la amarró. Una pequeña bandada de zanates asustados abandono el árbol emitiendo fuertes graznidos. El muchito quedó colgado. Después con su cincho lo cintareó despiadadamente, a lo lejos sólo se escuchaban los rebuznos de Jirpo, hasta que intervino tía Carmela, quien también se sentía intervino tía Carmela, quien también se sentía culpable. Tío Toño desamarró la cuerda, Ursulino cayó desfallecido en la tierra, dicen que días después hasta el guaje se secó.

Tío Toño jaló a tía Carmela y se metieron a la casa. Tía Petra se fue contentota, el profesor Aguilar se acercó a Ursulino, se agachó y con ironía le dijo:
– Ya ves muchito que pela tan buena te metió tu padre para que entiendas cabroncito.

Ursulino adolorido entre sollozos le contestó: él me puede pegar todo lo que quiera y si quiere me puede hasta matar porque él es mi padre pero no usted, ¡pendejo!

2 comentarios sobre “URSULINO Y SU BURRO JIRPO (cuento) / Por Rodolfo Cisneros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s