DE CUENTOS Y REALIDADES / Por Filemón Zacarías García Tlapacoyan, Ver.

“Mexicaaanos al griiito de gueeeeerra, el acero aprestad y el bridoooón y retiemble en sus ceeentros la tieeerraaa, al sonoooro rugir del cañoon”…

Es un lunes de junio, húmedo a rabiar. Retumban en lo alto y descienden por la cañada las tesituras diferentes de 35 alumnos entre infantes y pubertos de 1º a 6º grado y de su maestro, Rafael, que con cara de circunspección, mueve en la diestra una varita de limonaria a manera de batuta.

   Subiendo el último tramo por entre los jarales y saúcos, escucho a Rafael dando las indicaciones con voz paternal: “Díganle a sus padres que lean junto con ustedes los libros que se llevaron y que llenen la cartilla de lectura para que veamos cuántos han leído en familia…” Sonrío complacido. A pesar de lo abrupto del lugar y de las carencias materiales, el universo de trabajo de esta escuela unitaria, me asombra siempre, la RIEB aquí, es un estandarte sobreentendido y sin burocracia. La competencia lectora es una tarea colectiva que irradia su semilla sin los engorrosos formatos obligatorios.

   Acá arriba, siempre me pregunto ¿A qué cabrones vengo en mi carácter de supervisor? Si sólo basta ver como circulan con desparpajo decenas de libros entre los niños. Si sólo basta ver al humilde salón de tejamanil reluciente de limpio y de cal, sus baños de barro, sus bancas de cedro, su cancha de tierra apisonada, lisa y retadora. Por doquier se aspira el sudor solidario de los padres convencidos de que la faena enriquece el bienestar de sus hijos independientemente de eso que el maestro intentó definirles como Consejo Escolar. Basta ver los rostros maduros y profundos de los niños para intuir que aquí se está gestando el cambio que queremos.

De pronto, mientras respiro y me recupero de la subida, descubro la verdadera y única razón por la que vengo a supervisar esta escuela: para oxigenarme los 30 años de servicio que me empiezan a pesar, a llenarme de la esencia de este centro de trabajo, para ver si puedo traspolarlo a otros lugares, para comprobar que el cambio está en la escuela y en los maestros, no en el titipuchal de circulares y memorándums que me tienen hasta la madre en la oficina… Sí, a eso vine. Pero en esta visita me enteré de algo que les debo contar para ver si logro hacer que la fuerza de los Rafaeles dormidos despierte, baje de la sierra e inunde su corazón.

   “Ese junio recién lavado. Los zapotes y los mangos hierven de vida. Y a Juanjo, el camino serpenteante de su casa a la escuela le perfuma el esfuerzo a tomillo, a malvas, a pubertad y a ilusión. Allá en el oasis escolar le esperan, no sólo la lección y los juegos, también María, con esos ojos de aceituna donde escudriña de cuando en cuando los albores de un amor de ópera prima. Los insectos que le brincan al pantalón no le molestan, le apresuran para gozar lo más pronto posible de la ineludible algarabía de los viajes imaginarios que emprende apenas abrir sus libros, o reflejarse en el ámbar de esos dos luceros aceitunados, de 12 años crecidos al viento.

—Buenos días les dé Dios —dijo, y saludó de mano al maestro.

—Buenos días compañero. —Se escuchó al coro desigual.

Colocó su mochila al fondo, en un estante improvisado con rejas de naranjas. Tomó una silla y se integró a la clase.

—Oye Juanjo —dijo el Profesor—. ¿Pudiste pasar el caño sin contratiempos o te tuvo que ayudar Don Lupe?

—Pasé sin problemas maestro —contestó presuroso—. Ora no creció mucho y yo siempre traigo mi vara para revisarlo —contestó con orgullo.

—Pensamos que no venías con el aguacero de anoche —medió otro niño.

—No me gusta faltar —concluyó Juanjo, mirando de reojo a la niña de al lado. Sus mejillas sonrojadas pasaron desapercibidas para los demás, pero no para el profesor que se apresuró a continuar la clase. Esa era la rutina del niño: un camino largo de ida y vuelta, sus clases, su almuerzo y de vez en vez sumergirse en esos ojos de alborada que le producían retortijones y un sudor inoportuno cuando “ella” se acercaba. De regreso. Al sopor del mediodía, le zumban los oídos y el sombrero de palma no basta para espantarse los zancudos y el canto de las cigarras. Camina y corre por tramos, baja, sube, atraviesa fincas de café, naranja y plátano y el sudor le refresca la expectativa para llegar a casa y saborear las cholotas con las que su mamá le recompensa la hora y media de aventura verde y exuberante que tiene que recorrer cada día.

Al ocaso, el cielo se puso denso, el cobalto de las nubes se desgranó en intenso aguacero iluminado por los relámpagos de mal fario que retumbaron en el río de allá abajo cimbrando a las hayas y los ahuehuetes. Sin embargo, el siguiente día amaneció claro y radiante. Algodones de niebla colgaban de las montañas y el humo azulado que salía de los jacales hacía cortinas al sol, que tímidamente regalaba su halo bienhechor por entre los altos encinos.

— ¡No vayas hijo! —Gritó la madre casi sin fuerzas, con las trenzas rozando el nixtamal en el metate—. El aire tuvo fuerte anoche y quién sabe cómo llovió pa’ rriba.

—No te preocupes amá. Mira el sol, ¡Va a estar bueno el día! —Le alcanzó a gritar Juanjo desde el portalito de tarro, pero con los ladridos de adiós de Cochiloco, ni madre ni hijo se escucharon claramente. Juanjo apresuró el paso, el sol bañaba su figura cada vez que aparecía entre las matas de plátano, y el olor a yerbabuena le abreviaba el apetito anunciándole que tenía que correr si quería llegar antes de la hora de entrar, para que le diera tiempo de saborear el café y los ricos tamales que tanto le gustaban. Eso fue lo primero que encontraron. Las hojas de maíz de los tamales flotando su mal agüero por entre los peñascos del río, el sombrero atorado en un tronco; y pasando los rápidos… estaba Juanjo, parecía dormitar en una cama de piedras, con sus ojos incrédulos mirando al cielo de ese junio inclemente, tan alto y azul… como su alma de niño. A un lado del cuerpo estaba la mochila escolar como si hubiera querido protegerla.

   Cuando sus amigos llegaron a llorar desaforados, alguien rescató de entre los libros, una flor ya seca, que ella le había regalado aquél día memorable de rezos y secretos en la capilla. Estaba atada a un sobre increíblemente seco que el profesor leyó más tarde en su cuarto, a la luz de un quinqué y con un vaso de aguardiente para mojar su impotencia y esconder sus lágrimas. Era un poema, sí, para la niña de los ojos de aceituna, escrito la víspera, por su alma ilusionada, cuyo espíritu parecía recitarlo entre los truenos y relámpagos que iluminaban la cruz y apagaban las velas…en el río de allá abajo.

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