Dennis Rodman / Por Roberto Rosales

El espejo espera, Jaime está sentado sobre la cama, cada dos minutos escupe sobre el piso, dos minutos es el tiempo que tarda en acumular saliva, un minuto tarda en que esta se vuelva veneno, medio minuto y se transforma en el nombre de su mujer.

El nombre de su mujer se volvió impronunciable, aún así lo dice en sus pensamientos aunque solo sea para mentarle la madre.

Recuerda, mejora los momentos y avanza un poco más saltando el adiós que lo tiene despedazado, construye una vida donde están juntos y de pronto aparece otro hombre, el ladrón, el maldito que la sedujo , el cabrón que la convenció de irse con él.

Jaime cumplió su fantasía de entrar a la tienda de ropa, internarse en el departamento de damas, darse un festín visual antes de decidir que color de lencería comprar y estrenarla en una sesión amorosa con su mujer.

Llegó como la lluvia y golpeó y golpeó el techumbre que resistió hasta que una sonrisa abrió un agujero por donde entró gustoso, se transformó en río y se dejó navegar, removió piedras, alegró el canto de su caudal, se dejó reflejar en el pecho corriente el rostro de su amada y después…

“si resulta que sí, si podrás entender, lo que me pasa a mí esta noche;

ella no va a volver y la pena me empieza a crecer (adentro),

la moneda calló por el lado de la soledad y el dolor;

La canción de Calamaro le duele pero no apaga el reproductor de discos.

Quizá esa tarde de jueves en septiembre tuvo la culpa, él desprendió toda imagen de sus ojos y le entregó a ella el derecho, con un solo ojo aprendió a mirar su nombre, nunca se sintió un hombre incompleto, al contrario, ahora estaba lleno del color de sus blusas, sus pantalones siempre eran de color azul por una extraña fijación sobre un artículo que leyó en una revista y señalaba el color que favorecía para que sus glúteos lucieran perfectos según el signo zodiacal. Jaime aprendió a amar el color azul, cuando levantaba la cara y miraba el cielo, solo veía medio cielo, medio azul, era tan grande su enamoramiento que no puso atención a este mediomirar, medio cielo era suficiente si sabía que su amada sacaba a orear su otro ojo. Y éste lograba percibir la otra mitad.

Quizá esa tarde de viernes en diciembre tuvo la culpa, llegó a su casa y no encontró a su amada, sintió nostalgia de no poder abrazarla, sintió celos, sintió una mirada en la espalda que lo hizo voltear, era su ojo que lo veía fijamente desde la superficie del tocador, sintió nostalgia, sintió furia, sintió unas ganas enormes de ponerse el ojo y hacerlo reproducir todas las imágenes que guardó en el tiempo en que no lo tuvo, desechó ese pensamiento, no podía traicionar el juramento de confianza que le hizo a ella, se puso a llorar, lágrimas mojaban su mejilla izquierda mientras el ojo derecho lloraba dentro del alhajero.

Jaime está sentado sobre la cama, cada dos minutos escupe sobre el piso, la espera no termina porque los recuerdos llegan como autobuses a la estación, se levanta y saca el vestido de novia del ropero, lo extiende sobre la cama, le tiembla el cuerpo aún así se despoja de la ropa y a base de jalones se mete en el vestido con el que desposó a su amada, el cierre no soporta la presión del cuerpo y se rompe, un sentimiento morboso lo hace caminar hacia el espejo, la imagen que éste le devuelve lo hace pensar, “me parezco a Denis Rodman”.

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