EL “DIVINO FLÓREZ” / Por H.C. Roys

Julio Flórez Roa, conocido como “El poeta de Chiquinquirá o “El Divino Flórez”, nació en Chiquinquirá, Colombia un 22 de Mayo de 1867. Fue una de esas personas afortunadas que tenían determinado su destino desde el momento mismo de su concepción: ser poeta. Nacido en el seno de una familia consagrada a la medicina y la poesía, compartió con sus padres y sus tres hermanos la pasión por la literatura en general y por los poemas del vate francés Víctor Hugo, al que un joven Julio Flórez compuso algunas odas y poemas. Aunque inició estudios formales de Literatura en Bogotá, su carácter bohemio y liberal lo hizo abandonar pronto los estudios y concurrir desde muy joven a las tertulias y veladas literarias en las que departía lo más granado del ambiente literario de la capital. Ahí conoció a los grandes poetas y escritores de la época como Rafael Pombo y José Asunción Silva, quienes lo distinguieron con su amistad y cercanía.

También en aquellos círculos intelectuales se labró a base de tesón y talento innato el prestigio que le llevaría andando el tiempo a recorrer América Latina y Europa. Es en el año 1886, cuando su nombre aparece por vez primera en una antología poética denominada “La Nueva Lira”. De ahí en adelante no dejaría de estar presente para bién o para mal en los primeros planos del ambiente social e intelectual bogotano. Hasta que sus actividades liberales y nada convencionales, chocaron de frente con la intolerante y conservadora sociedad capitalina que presionó al gobierno colombiano para que exiliase a aquel bardo libertino y molesto, que gustaba de pasearse por los cementerios con una calavera en la mano a manera de un moderno “Hamlet” sudamericano.

Es entonces que, expulsado de Colombia, inicia su periplo por el mundo: Venezuela, Costa Rica, El Salvador y México, recibieron al “poeta maldito”. Fue en esos países, donde su poesía exaltada y romántica, con tintes necrófilos y blasfemos le granjeó el éxito y la popularidad que el gobierno y la iglesia católica le negaban en Colombia. Después llegó la oportunidad de viajar a Europa. Francia y España acogen al poeta exiliado y grandes exponentes de la generación del 98…, como la española Emilia Pardo Bazán o el mexicano Amado Nervo que residía en París, lo introducen en la vida literaria europea. Es en el Viejo Continente donde escribe algunas de sus obras más emblemáticas, como “La Araña”, “Gotas de Ajenjo” y “Fronda Literaria”. Pero algo cambió en ésa época dentro del poeta y éste decide volver a Colombia.   

Hastiado tal vez, de su vida disoluta o por haberle llegado la madurez, decide retirarse a un pequeño pueblo lejos de Bogotá, llamado Usiacurí. Ahí, una fuerza nueva, el amor, le insufla nuevos bríos y ganas de vivir. Petrona, una adolescente apenas, consigue que el poeta resurja como el Ave Fénix de sus cenizas y desate como un huracán en el Caribe, una era de actividad incesante, con presentaciones y recitales en Barranquilla y Bogotá. De ésa vorágine creadora data uno de sus mejores trabajos: “De pie los muertos”, una antología de relatos sobre la Primera Guerra Mundial. Por desgracia es también por esos años que su cuerpo empieza a gestar la enfermedad que lo llevaría a la tumba.

Vivió sus últimos años dedicado a la agricultura y la ganadería rodeado por su mujer y sus hijos sin dejar de escribir jamás sus poemas, alternando algunas presentaciones en Bogotá. Liberal empedernido, ateo confeso y rabioso, tuvo que ceder en las postrimerías de su fecunda vida a los dictados del conservadurismo rancio y religioso, accediendo a contraer matrimonio católico con su mujer, Petrona, ya que era un requisito “sine qua non”, sus hijos no serían reconocidos como legítimos y por ende se verían imposibilitados para heredarlo a su muerte que se vislumbraba ya próxima. Una vez cumplida la condición a la que el propio destino que lo había señalado como poeta lo obligaba, el gobierno colombiano lo promocionó a la categoría de “Poeta Nacional”.

Finalmente, con el cuerpo enfermo y el espíritu quebrantado por su tardía concesión al régimen conservador, “El Divino Flórez” subió al Olimpo de los más ilustres bardos de América Latina, un 7 de febrero de 1923 en Usiacurí. 

Su muerte, hasta cierto punto prematura no hizo sino agigantar su figura y proyectar su obra de manera imparable. Considerado uno de los últimos exponentes del romanticismo, su poesía resulta de una modernidad que sorprende por la sencillez y facilidad con que atrapa al lector, que se ve irremediablemente atraído por la cadencia de las rimas y la explícita rotundidad de lo que expresa. La poesía, como vínculo del ser humano con la realidad que lo rodea, como nexo entre el pensamiento y la acción, encontró en Julio Flórez a uno de sus máximos exponentes. Aunque al término de sus días esa misma realidad lo atrapase y sometiese finalmente sus ansias de libertad.

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Publicado por

Revista Los escribas

Noticias, Cultura y Sociedad

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