Escribir ¿Para qué? / Por Agustín Cadena

Varias veces he oído la queja de que hay más escritores que lectores. Lo dicen como si fuera una señal de decadencia cultural, o como si pensaran que los lectores no van a ser suficientes para tanto escritor y que algunos se quedarán sin ser leídos. Yo creo que es al contrario: una sociedad en la que todo el mundo escribiera sería una sociedad maravillosa, donde todos se atreverían a expresarse sin temor a hacer el ridículo ni nada de eso, donde habría más creatividad, imaginación, pensamiento crítico, sensibilidad hacia los demás; donde habría menos temores soterrados, menos secretos de esos que se le pudren dentro a quien los guarda, menos odios inconfesados. Y menos gente olvidada. Por otra parte, puesto que se lee más rápido de como se escribe, es impensable eso de que alguien se quedara sin lectores. Al contrario, en una sociedad libre de prejuicios canónicos, libre de esos críticos sacerdotes que pretenden filtrar lo que llega a la gente, todo el mundo tendría un libro publicado y lectores para éste.

Es más difícil vivir sin escribir que vivir sin leer. Esto lo sabe el preso que cuenta su historia en los muros de su celda, el náufrago que traza palabras para sí mismo en la arena de una playa perdida, el enfermo que decide llevar un diario de su padecimiento, el enamorado que garabatea en el tronco de un árbol las iniciales de la amada, el adúltero que, no pudiendo callar más, deja testimonio de su pasión en la pared del cuarto de hotel.

Lo sabe el adolescente que se pasa horas texteando en el teléfono. Tal vez sea cierto que los amorosos callan, pero

lo hacen a su pesar. Todo amante quisiera gritar su amor a los cuatro vientos, que todos se enteraran, que quedara ahí para la eternidad. Quisiera escribirlo.

Será que la necesidad de expresarse es la primera necesidad no biológica que experimentamos al nacer y la última antes de marcharnos. Es que la vida exige ser expresada. El amor exige ser expresado. El deseo. Pero también el dolor, el miedo, el resentimiento.

He escuchado decir a algunas personas: “Escribir, ¿para qué? Yo no tengo talento”. ¿Quién habla de talento? Todo el mundo es capaz de escribir algo que le guste a otra persona. Tal vez “talento” simplemente significa poder escribir algo que les guste a muchas personas, o a pocas pero muy inteligentes o reputadas como tales. Bueno, ¿y? Todo eso es relativo. Además no todos tenemos que ambicionar lo mismo. Algunos escritos, como las cartas de amor, se satisfacen con lograr un efecto en un solo lector.

Borges decía que él escribía para si mismo y para un grupo selecto de amigos. Cioran, por su parte, usaba la escritura como remedio para el insomnio y para postergar su suicidio una noche más. Gabriel García Márquez escribe para que lo quieran. Hay tantos motivos. Personalmente, cuando empiezo a escribir un libro nuevo me siento como quien arma un rompecabezas de 1500 piezas: sé que me dispongo a hacer algo que me llevará muchas horas y requerirá una paciencia enorme y un cuidado extremo, sé que habrá momentos en que deba desbaratar lo hecho y comenzar otra vez, y que hasta es posible que tengas ganas de abandonar el proyecto y empezar otro. Pero sigo trabajando y la mayoría de las veces lo hago con gusto porque sé que cuando termine me dará una emoción enorme ver el rompecabezas ya armado. Esa satisfacción será mi recompensa, y claro, si alguien viene a la casa, me dará mucho gusto enseñarle lo que hice y que me diga que quedó bonito.

Creo que todos escribimos por motivos semejantes. Escribimos para que un día se nos pueda juzgar con justicia. Para que nos quieran, como García Márquez. Para demostrar nuestro cariño también. Para ganar nuevos amigos que vean la vida un poco como nosotros. Escribimos para dialogar con nosotros mismos y porque no todo está dicho todavía. Hay tantas historias que valdría la pena compartir, historias maravillosas, tristísimas, admirables, horripilantes, inspiradoras, deprimentes, asquerosas, cómicas, locas… eso es la vida. Y la vida es fascinante en todos sus colores: cuando es blanca y cuando es negra, cuando es color de rosa, roja, azul, dorada, gris… Escribir nos salva de olvidar eso.

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